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CRÓNICA PATEADA 218



Circular Morrazo III (Moaña) – 04/02/2017

Llegamos al Mirador de Chans, lugar de reunión; allí estuvimos haciendo tiempo por una tardona que al final apareció en Chans de Cela, justo dónde estaba el punto de salida.  Es lo que tiene el GPS, te lleva a un punto, pero para dos, hay que hablar su idioma.



Había alerta amarilla, por eso, cuando apareció la de amarillo, todos mirando de reojo para intuir porque alertaban sobre ella. Al final parecía normal, resultó que la alerta había cambiado y ahora era naranja. Respiramos profundamente con alivio.



Salimos sobre las diez y media, catorce pirados bajo la lluvia. Dejamos a la derecha, el campo de entrenamiento de todas las categorías del “Cela”. Está situado al lado de un merendero vallado con entrada anti vacas, lo cruzamos, algunas vacas pasaron, las sagradas.



A la salida, había un rótulo con aspecto rudimentario, pero estaba muy trabajado, donde ponía “Roteiro Chans” y un gráfico de un recorrido en amarillo. Se destacaban en blanco, un túmulo una capilla y una mámoa. Alguien le añadió posteriormente un letrero con una tabla clavada donde ponía: “Tumba do portugués”.



A partir de aquí, comienza la selva. ¡Qué desastre!, todo desordenado, palos tirados por el suelo, caminos encharcados. ¡Como para llevar visitas!



El guía se paró al lado de una piedra con una pequeña cruz blanca tallada y una maceta con una pequeña planta de aloe vera delante. “Esta é a Tumba do Portugués”, dijo. Todos quedaron viendo el improvisado sepulcro. Supuse que sabrían que era portugués, por el feo tiesto en forma de orinal, o quizás por la planta de aloe vera, con propiedades limpiadora facial y exfoliante que ya llegaba un poco tarde.



Caminamos unos pocos metros más y nos volvimos a parar; el guía decide esperar a que se reúnan todos. Había unas piedras amontonadas que requerían la atención del grupo: “Este é o Dolmen de Cela” probablemente da época megalítica. El término procede de las palabras griegas mega, grande y lithos, piedra. ¿Cantos megas ten? pregunta un anacrónico congostreño. “Conta as pedras”, le contesta el guía. “Jo, cinco megas, ten máis co meu móvil”, dice bajito el anacrónico.



Otro congostreño comenta que este tipo de construcciones se suelen orientar al este. El entendido guía, hace uso de su experiencia de marinero y concluye que no debe ser el caso, pues la puerta no tenía esa dirección.



Aunque no es relevante, os diré que en la puerta tenía plantado un pino, de los de verdad, no de los que sale humo al plantarlo en días de frío.



La mayoría de los dólmenes se encuentran orientados con su corredor dirigido hacia la salida del sol en el solsticio de verano. Los ciclos astronómicos eran importantísimos en las comunidades de la Antigüedad ya que marcaban los ritmos de la vida: las cosechas, las estaciones o los rituales de la muerte. En algunos casos, esta orientación es totalmente anómala en este contexto cultural, se debe a alguna causa puntual, como orientarla hacia una montaña sagrada, planicies de caza, alguna estrella, etc.



La próxima construcción megalítica, tenía muchos más megas, se trata de una iglesia que tanto podría estar en proceso de ser desmontada para su traslado, o sin terminar de montar. Sus muros levantaban poco más de un metro. Esto no era obstáculo para que las fieles ofrendasen flores frescas en la parte del altar. Creo que era la Ermita de San Lorenzo, del siglo XVII.

Esta capilla, foi un convento”, dijo alguien. “Sería onte pola noite, hoxe con vento no, con chuvia”. ¡ala, xa apareseu o jrasioso!



El siguiente megalito, era una fuente que vertía sus aguas en una presa con matrícula. En el frontal figuraban los números 36026-002. Esta presa fue una premonición.



No había un camino decente por donde pasar. Con la alerta “naranja” o “amarilla”, no recuerdo, los duendes del bosque se dedicaron a obstaculizar nuestro paso. Lo hicieron aposta: llenaron de ramas los caminos, encharcaron algunos pasos, e incluso cruzaron árboles.



Sobre las once y cuarto, paramos en un cruce, creímos que para tomar el plátano, pero no, era para consultar un GPS vintage, (con valor añadido por su utilidad y antigüedad) tenía forma de hoja cuadriculada con notas manuscritas. Una vez reubicados, seguimos cantando bajo la lluvia, digo, caminando.



Legados al paraíso de los eucaliptos, el sendero era ancho, pero tenía zonas inundadas de extremo a extremo. La mayoría le mostraban cariño a las “silvas” y tojos arrimándose más de lo que les gustaría para evitar mojar las botas, algún loco tiraba recto haciendo olas. Resultaba curioso como alguno se cubría con paraguas y metía los pies en el agua hasta los tobillos.



Cruzamos un bosque de robles vestidos de verde musgo y alfombrado con hojas secas empapadas y con un montón de ramitas, ¡malditos duendes del bosque!  Pasaban de las once y media, cuando llegamos al mirador de Chans de Cela, con una altitud de 353 metros, utilizado para mirar y de pista de despegue de parapente. Desde aquí se podrían ver las playas de Bueu, con nombre de súper héroe: Lapamán, Agrelo Portomayor… también veríamos las bateas de la Ría de Pontevedra y a lo lejos, Portonovo y Sanxenxo, nos comenta el guía, pero como había niebla… lo intuimos y nos lo creímos.



Bajamos por la pista de despegue de parapente haciéndonos la idea de cómo salían los kamikazes desde allí. En el camino de salida, al final, había un árbol de considerables dimensiones tirado atravesando el camino, ¡condenados duendes!  Lo saltamos sin problemas y continuamos. El encargado del abastecimiento hidrográfico estaba viendo el futbol o era un atolondrado, nos enviaba la lluvia sin medida, tanto descargaba un chaparrón que no dejaba visibilidad como goteaba jodonamente o paraba unos instantes. Los paraguas eran de todas las medidas y estilos, llamaba la atención uno que parecía robusto y se quedó como un sombrero con dos alas aplastadas. Conseguimos llegar a un punto que llamaban el mirador del castillo. Se identificaba por un palo alto y delgado con una banderita el extremo.  Parecía un punto estratégico para dominar todo el litoral, pero eso sería si no hubiese niebla.



Bajamos nuevamente por terreno pelado de árboles. Otro árbol cruzaba el camino, este incluso tenía arrancadas las raíces. Querían intimidar. Intimidar no, pero trastornó el raciocinio de algunos. Llegamos a un camino más parecido a un río que a un camino, el guía busca alternativas, otros congostreños buscan por su cuenta, al final consiguen subir el monte y trazar un sendero alternativo sin encharcar las botas.



Los que se habían quedado a la espera de resolución, quedaban atónitos al ver un congostreño de dudosa cordura, como caminaba, sin paraguas y las botas inundadas hasta la rodillas. Otro contagiado por el virus de poca cordura, lo sigue, pero éste con más precaución, tenía paraguas.



Al encontrarse los cuerdos con los otros, comentaban las razones de su decisión, estaban en posesión de unas zapatillas mágicas, su especial tejido transmitía el líquido en una sola dirección, de dentro hacia afuera, con lo que conseguían tener los pies secos en cualquier situación, por difícil que fuese. Creo que lo que pasaba es que eran unas zapatillas de color  azul fosforito, tan feas que repelían todo, incluso el agual.



El menos cuerdo, sin paraguas, volvió a meterse en un pequeño río y esperó allí observado por todos con cara de incredulidad, pero él con cara alegre hasta que se le sacase una foto para demostrar su hazaña.



Volvemos a la cordura subiendo entre las hojas hasta una zona de fincas de cultivo tapiadas por cancillas hechas con somieres reciclados. Un pueblo estaba cerca, la lluvia no paraba, era la una y media y no parecía que encontrásemos un lugar seco para poder tomar el bocata. Se discuten las posibilidades y se concluye ir hasta el pueblo en busca de algún alpendre donde comer.



Antes de entrar en el pueblo de Pastoriza, había una endeble construcción de paredes plásticas y madera, sus inquilinos eran tres caballos que asomaban por una ventana creada al efecto. El pueblo estaba casi desértico, solo una señora curiosa y muda asomaba por una ventana con rejas. Se despliega el grupo explorador, uno habla con un vecino, que después de concretar, nos acompaña a algún lugar que no conocemos. Toma su paraguas y se hace seguir, andamos, andamos y andamos, comenzamos a pensar en alto de si nos quería llevar a las afueras del pueblo por algún tipo de política de expulsar a la gente que afea sus calles, pero no, después de algún tiempo, parecía que llegamos al destino.



Esperábamos un cobertizo para guardar paja, leña o los aperos, pero no fue así, la edificación en muy buen estado, la pared del fondo era de madera y tenía un banco adherido, las paredes laterales eran de cristal que daba sensación de amplitud y facilitaba la visibilidad de toda la calle. El techo, impecable de tejas curvas. Una silla era el único mobiliario. Un inconveniente era el tamaño. Dimos las gracias al amable vecino y lo despedimos. Se comenta que hay pocos vecinos tan amables que ceden de forma tan altruista, a catorce caminantes,  la marquesina del autobús del pueblo.



Comer el bocadillo se volvió un juego de tetrix, si lo tenías con los brazos estirados abajo, para llevarlo a la boca, tenías que girarte hasta encontrar un hueco entre otros dos y levantarlo. Los del fondo lo tenían más difícil, los de la zona de entrada tenían que comer hacia adentro para no mojar las galletas. También había unos privilegiados, uno sentado en un extremo del banco y otra en la única silla que había.



Retrocedemos el camino y volvimos a cruzar Pastoriza, hacia el monte de arriba por unos caminos llenos de agua, hay verdaderos lagos a lo largo del camino que agudizan el ingenio para no pasar la línea de flotación. Solo dos parecían inmutables al agua tirando constantemente en línea recta. Incluso se oía el viento como movía las copas de los árboles con sonidos propios de una película de terror.



Los desperfectos habían cambiado el norte, por lo que el “vintage” no giraba correctamente. Dos congostreños deciden tirar por un atajo, el resto continúa fiel al guía, que nos lleva sin percances hasta la zona donde estaban los coches.



Las cañas se tomaron en la “Taberna A de Lino”, un lugar entrañable que han conseguido rehabilitando una cuadra de los bueyes y el carro, para construir un lugar acogedor y enxebre de buen trato.



Volvimos a esperar a la tardona, que nuevamente se hace esperar. Le rechifla hacerse esperar y hacer una entrada triunfal…



Después de los abrazos, besos y despedidas…

Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,

¡Hasta la próxima! Agur…


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CRÓNICA PATEADA 217



Corno do Bico - Paredes de Coura (Portugal) – 14/01/2017
Llegamos a Vascões sobre las nueve y media. El pueblo estaba recién ventilado y hacía algo de fresquito: dos grados bajo cero. La gente parecía contenta, no dejaba de aplaudir y patear el suelo. Eso o estaban exterminando una plaga de hormigas a pisotones.

Abrigados como osos polares, salimos en busca “do Corno do Bico”, a una altitud de 883 metros. Comenzamos por una carretera asfaltada poco transitada. Un congostreño veterano, decidió que tomaría el camino original, que consistía en subir un pequeño muro y atravesar una finca recién quemada y cubierta de escarcha. Los demás continuaron por el asfalto unos metros más hasta el cruce. Este desapego de grupo, sentaría precedente en toda la pateada.

Son innumerables los caminos posibles para llegar “o Corno do Bico” y creo que los recorrimos todos…

Existen en la zona una serie de miradores, de los que se puede observar un panorama amplio: o Cotão, la Laguna de Cima, el Gran macizo de la Sierra de Soajo y la Peneda, más abajo el valle de Lima. Las sierras del Gerês y Cabreira. Finalmente podemos ver la Sierra de Arga y a lo lejos, el mar.

La zona está repartida por “Trilhos do Sistema Solar” el primero que nos encontramos fue Urano. Detrás se encontraba con un tupido bosque de robles que fuimos atravesando por el sendero endurecido por las bajas temperaturas. Este camino nos llevó al refugio del guardabosques que permanecía cerrado. Se trata de una casita blanca que destaca en un claro entre los árboles. En la misma zona, había dos construcciones de piedra un poco perjudicadas. Una de ellas era un asador al que sólo le faltaba la mercancía para disfrutar de una merendola.

Lo más destacado estaba casi escondido: consiste de una estancia a las orillas del camino en forma de planta circular de unos dos metros de diámetro, como paredes, plantaron árboles a corta distancia, consiguiendo un túnel vertical de gran altura hacia el más allá. Alguien contó que había una creencia en el lugar sobre esta atípica construcción: Estaba destinada a aportar fertilidad a las mujeres que deseasen ser madres. También se extendía a cualquier otro deseo que se pidiese con devoción.

Desde la antigüedad se ha dicho que Dios es un círculo, cuyo centro está en todas partes, considerándolo como la figura geométrica perfecta. Así, el círculo siempre ha representado conceptos en torno a lo sagrado y lo divino. Se dice que del círculo han salido el compromiso manifestado en las alianzas matrimoniales.
El más experto y devoto del grupo, pidió que entrasen los que quisiesen experimentar las vivencias de aquellos tiempos en los que funcionaba esta particular fábrica de deseos.

Tenéis que arrimaros de espaldas a los árboles, dijo, y ver hacia arriba, con los ojos cerrados concentrándose en pedir el deseo, entrareis como en trance y el deseo se cumplirá. (Dada la edad de las participantes, no sería un deseo cumplido, sería un milagro).

Una voz en off comento: no olvidéis cerrar los ojos y abrir las piernas, sino lo de ser madres es más difícil. Se desatan unas risitas y el guía al ver la falta de fe, rompe el estado de trance y todos salen a tropel.

Seguimos sendero abajo sorteando cancillas en el camino para evitar que pasasen los animales. El sendero continuaba entre bosques de robles deshojados con sus troncos vestidos de verde musgo. El frío no nos dejaba, aunque nos compensaba el sol con algún rayo de vez en cuando. Estábamos pensando si Portugal estaría deshabitado, si los alienígenas se llevarían todo ser vivo para su estudio, cuando nos encontramos con una atónita vaca, que con desgana levantó la mirada. Seguro que se preguntaba: “¿Que farão estes bichos por aquí com o frio que faz hoje?”. Tendría que pensar en portugués porque es una vaca portuguesa, ¿no?
Para entablar confianza, un congostreño con el mismo gusto que los toros, se acercó y le ofreció frutos secos. La vaca en un principio estaba recelosa, pero pronto aceptó la comida. Desde lejos no se oía lo que hablaban, a juzgar por la cara de alegría del congostreño, se dieron el Facebook y quedaron.
La dirección era un mirador o el parque de meriendas. No conseguimos llegar a ninguno, ya eran las doce y algún roñoso reclamaba parada para el plátano, así que en cuanto encontramos una calva con sol, (sin vegetación, se entiende) nos asentamos, y a papar.

Los senderos estaban bien marcados con letreros que indicaban los distintos “trilhos” o caminos, pero ocurre como con las rotondas cuando vas en coche en una ciudad desconocida: tienen muchas salidas, pero ¿cómo sabes cuál es la buena? Muchos letreros decían “Corno do Bico”. Cuernos había pero los tenían puestos las vacas, y “bicos” sólo teníamos los morros de las mismas vacas…

El guía optó por tirar para abajo. Después de unos kilómetros, al llegar a un cruce, alguien dijo: ¡Cómo me suena este sitio!, fuimos a parar al mismo cruce del que ya habíamos partido, pero del cuerno, ni la sombra. Volvimos a intentarlo por el “Trilho dos Miradouros” con igual suerte. Hicimos una visita “O Lameiro das Cebolas”, un lugar explotado hace mucho tiempo para la creación de turba, un sucedáneo del carbón. Atravesamos un puente de madera y subimos por un cortafuegos hasta un mirador, digo que lo sería porque desde allí se miraban cosas, y también sería un “sentidor”, porque se sentía un aire frío de lo lindo. Bajamos por el sendero que parecía más probable durante unos metros. Nos topamos con que era un sendero de tractores para limpiar la maleza, pero no tenía salida. Nos faltaba uno que se había quedado a contribuir con la reforestación, plantando un pino. ¿Cómo sabemos dónde está? Preguntó alguien. Con este frío, si buscas dónde sale humo, allí estará. Y estaba.

Volvemos a subir lo bajado y cambiar la dirección hasta el puente de madera. Unos opinaban que habría que bajar por el caminito antes del puente, otros decían que por el de después, lo que provocó una división del grupo. Llegamos a una especie de lago. Ya calentaba el sol, así que esperamos a los desafortunados y continuamos camino. Pasados unos montículos de madera situados a los lados del camino, había un letrero que decía: “MIRADOIRO>”

Una plataforma de hierro galvanizado, nos dio una pista. Un letrero en esta plataforma nos confirmaba que era un mirador. Aquí mismo nos hicimos una foto de grupo con un peinado de pelo al viento.

Tras unos kilómetros volvimos a un cruce conocido, ¡cómo  me suena este cruce! Dijo una voz con tono de sorna, el camino que ya podría llamarse “pañuelo” dado que le sonaba a todo el mundo. Damos unos pasitos más, y sobre las dos, en una zona soleada, decidimos comer el bocata. El gran compañerismo hizo que el dueño de una lata de sardinas, las repartiese según el gusto fuese cabeza o colita. El frío agarrotaba la mente y contestaban risitas nerviosas al ofrecimiento.

Luego en un nuevo intento, nos topamos con un faro atómico. Estaba en un estado deplorable, no tenía ni un cristal entero. Entre el faro y el mirador, había un merendero que cruzamos pero ya no lo usamos. Antes de entrar en el mirador, encontramos unos escaladores portugueses que hacían prácticas en una roca. No sé si querían subirla o comérsela, insistían en echarse harina en las manos y pringar la roca subiendo. Nosotros pasamos al mirador e hicimos fotos. El frío viento nos larga rápido.

El caminito nos volvió a llevar al centro de fertilidad y a la casita del guardia forestal. Un congostreño reclamó el churrasco depositado en el horno pero se lo había comino el dios de la fertilidad. Puñetero.

Volvemos al sendero entre el bosque de robles. El suelo está totalmente alfombrado de hojas secas que ocultan el camino, así que los recorrimos todos. ¿Es por aquí? Preguntaba un congostreño adelantado. ¿Está pisado? Le contestan con otra pregunta. Si no lo está hay que ir por ahí.

Había congostreños adelantados, entre ellos una primeriza, que al decirle que había que retroceder la cuesta y cambiar el camino dice bajito: “si esta pateada es fácil, preferiría venir a una más difícil”.

Finalmente, tomamos el único camino que había sin pisar. Bajamos y bajamos pero el camino se perdía entre matojos y alambradas. De repente varios congostreños se vuelven guías y oteadores de caminos. ¡Por aquí parece que hay camino! Todos en tropel hacia allí. ¡Por ahí no, allí se ve camino! Dice otro, el tropel cambia de dirección… Así, se volvió a dividir el grupo. Dos atravesaron los campos de labradío y el resto volvieron al camino “pañuelo” que a todos les suena. Llegamos a los coches sobre las cinco.

Las cañas y los cafés, se tomaron en un bar de Paredes de Coura, creo. El camarero se vio abrumado cuando entramos todos en tropel. Había un espacio tipo reservado donde estaba una pobre clienta merendando, como se vio acorralada, que se vio obligada a tomarlo a todo trapo y abandonar la mesa. Algunos pidieron “cerveja preta sin alcohol” con un dominio del idioma que da cruzar la frontera a menudo. Dos congostreñas, que no frecuentan el país, también piden cerveza. El camarero pregunta: ¿preta?. No sé, la de siempre. Yo que sé si tienen que apretarla o no, yo la quiero de botella. Una vez retirado el camarero, preguntan, ¿qué es eso de preta?, negra, le contestan. ¡Ah! dice, yo creía que la apretaban para quitarle el alcohol…

Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,
¡Hasta la próxima! Agur…