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CRÓNICA SALIDA 222



Río Duero –  Corazón de los Arribes (Salamanca) 13-14-15-16/04/2017

Día 13/04/2017. Llegamos poco antes de la hora de comer. Nos tomamos un tentempié porque la cena prometía. La casita contaba con tres pisos sobre una escasa superficie. En el baño de abajo, si querías lavarte los dientes, necesitabas abrir la puerta y sacar el culo fuera.

Después de comer, realizamos la primera pateada los doce apóstoles. Salimos ya cargados con la mochila desde la casita de Masueco. En poco tiempo estábamos en Aldeadávila,  el pueblecito de al lado.  Confraternando con unas vecinas que custodiaban el pueblo sentadas en un banco a la sombra de la casa:
-  Buenas tardes señoras, les dice un vasco cuyo humor envidian los de Lepe, ¿Les apetece acompañarnos a ver el pueblo?
-  ¡Quita, quita!, ¿con este sol? “pa qué te dé algo”, le contesta la septuagenaria.
-  Sólo hasta el final del pueblo, la anima; pero tuvo que ceder. Aquél culo no pensaba levantarse.

Cruzamos el pueblo hasta la Fuente del Cabrero, que debe ser punto de referencia de la zona, seguimos por los caminos interiores hasta dar con  unos caminos cargados de polvo y luego con la ladera un pequeño río. Bajamos por el sendero hasta una minúscula catarata que conoció tiempos mejores. Pasamos por debajo del escaso chorro y continuamos por una ladera bastante arbolada o con matojos altos. Mucha retama de flor blanca.

Llegamos a un camino polvoriento repleto de coches y caravanas. Supusimos que ahí se cocería algo. Efectivamente los cerebros de los conductores. Camino abajo había  una piscina natural dentro del río, pero el agua estaba para las ranas exclusivamente. Tenía unos balcones creados para la contemplación y la foto. El salto de agua del río de las Uces es uno de los mas altos de España.

El tiempo amenazaba lluvia, así que volvimos a subir lo bajado y unas gotitas consiguieron levantar más polvo que regar el camino. Los más adelantados tomaron otra alternativa y llegamos casi a la par a la casita. Unos se duchaban, otros se comían pipas y, el que no tenía, las uñas.

Cenamos en el restaurante más ruidoso y con más ambiente del pueblo: Villa Vettonia. Menos mal que nos trataron como vips y nos habilitaron una mesa en un comedor vacío, exclusivamente para nosotros y una camarera dedicada con una familiaridad poco habitual.

“A ver -dice casi sin saludar-  el jefe me dijo que tenéis por 12€, dos primeros y dos segundos...”; elegir los platos nos fue difícil, no se hacía entender bien porque hablaba para sus brackets.

Nos tomamos el plato del día, por lo menos estaba calentito. Una vez terminado nos fuimos caminando hasta casa, unos tres kilómetros, y a dormir para madrugar.


Día 14. A las ocho de la mañana sonaba un gallo ronco. Después del trasiego del desayuno, nos montamos las mochilas y salimos del pueblo por el mismo lugar que el día anterior. Paramos en Aldeadávila, justo en la fuente del cabrero, para reponer el agua y encontrarnos con los demás. Nos adentramos hasta la catedral en dirección a Rupurupay. ¡Ya sé, suena raro!

Pronto divisamos al Río Duero. El camino nos dio para fotografías con el “regato” de fondo. Bajamos por una ladera que aún conservaba el color verde. Se observaban desde las alturas los meandros del río y un agua oscura. Sólo rompía la monotonía un catamarán que lo surcaba cada hora.

En la ladera, bajo la brisa que soplaba en una zona soleada, nos tomamos el plátano, seguimos un sendero numerado con pintura en la piedra cada kilómetro. Este sendero nos llevó al Mirador del Picón de Felipe.

Se trata de uno de los Miradores más espectaculares del Parque Natural de las Arribes del Duero, donde las rocas graníticas caen en vertical 500 metros sobre el río Duero, frente al pueblecito portugués de Bruçó. También se aprecia la Presa de Aldeadávila, construida en 1962.

En estos parajes se dan historias o leyendas de enamorados: como la de un pastor que se enamoró de una portuguesa. (No está muy claro si la portuguesa era una chica o una cabra), y desesperado, terminó tirándose al río (o a la cabra). ¡O algo así!

Otros dicen que era un pastor de Aldeadávila de la Ribera, llamado Felipe, que acudía al paraje con sus cabras. Estaba enamorado de una muchacha del pueblo portugués de Bruçó, a la que no podía acercarse, porque en el medio estaba el inmenso vacío del Duero. Desesperado, se dedicaba con las manos, y pequeñas herramientas, a picar y cortar la roca para realizar un puente que le permitiera cruzar el río y reunirse con su amada; al no poder, se arrojó al vacío.

No lejos de aquí está el paraje denominado "Salto del Gitano" donde se afirmaba que en el siglo XVIII un hombre de raza gitana, pudiera haber salvado el enorme cañón del río de un salto, para librarse de las tropas perseguidoras. ¡Si lo amenazaban con bañarlo en el río, me lo creo!

Para evitar más desgracias de desamor, los miradores, están protegidos por barandillas de hierro atornilladas a la sólida roca. Estas precauciones, permite arriesgar más con las fotos.

Volvemos al polvoriento camino hasta las dos del mediodía, que nos encontramos con un ruidoso parque merendero. En unas mesas a la sombra, tomamos los bocatas. Allí, un aprendiz de asador de churrasco, creía que su objetivo era ahumar a todo el personal y estaba haciendo un buen trabajo.

Aun no estábamos al punto de humo cuando tuvimos que irnos. El camino nos estaba esperando con sorpresas, parecía que lo había trazado un mago: ahora aparece, ahora desaparece. En alguna ocasión pasamos por más zonas de reactivación de pantorrillas de lo que sería deseable.

Cruzamos por un campo de flores silvestres de gran altura y belleza, la jara o “Cistus ladanifer”. No podíamos tocarlas porque eran tan bonitas como pegajosas. Este paraíso finaliza en un campo de olivos. Lo cruzamos y logramos encontrarnos con el GR.14 La Senda del Duero.

En el mismo camino, en una subida, nos paramos para contemplar una réplica de casa de pastores y observar la técnica que empleaban para construir casitas de lascas de piedra. Las sitúan en abanico formando una construcción tipo iglú de nieve, pero todo de piedras y sin mortero.

Desde aquí, nos hizo falta una hora de monótono sendero hasta llegar a Aldeadávila. Unos locos velocistas lo hicieron en menos tiempo. Algún bicho les picaría y salieron en estampida, para luego esperar en una fuente, no potable, a la entrada del pueblo.

Aprovechamos para cenar en el mismo sitio. Entramos a tropel en el comedor como si fuese nuestra casa. Juntamos las mesas y nos acomodamos. Ya éramos casi de la familia.

La camarera, ya sonreía a pesar de los brackets. Farfullaba igual, pero con una sonrisa. Repetía con risueña vergüenza el plato del día, mientras iba anotando a los que consiguieron entender algo. A los que no, le espetaba: “Tú, empanao, ¿qué quieres? No sé qué pedir, si un “mfrms” o un “frmss con queso”, se decía el empanao.



Día 15. Peña de la Ribera. Después de admirar la iglesia fortificada, nos dirigimos a la Gran Cascada, que destaca como uno de los lugares de mayor atractivo turístico dentro del Parque Natural de Arribes del Duero.

Antes de comenzar, un congostreño cambió su maltrecha caña por un robusto palo, que devolvería al final del día.

Cascar, cascaba, pero de grande tenía poco. Mientras unos la admiraban, otros otearon un camino de bicis que parecía llevar a alguna parte. Sorpresa, a la ladera del río pero más abajo.

De la cascadita, partimos hacia un supuesto mirador que no encontramos, a pesar de los esfuerzos de los más curiosos. Cedimos, volvimos por dónde habíamos llegado. Tomamos el plátano en una sombra de una encina, un poco alejados del polvoriento camino.

Como era temprano, nos dirigimos al Castro de las Merchanas. Estaba mejor unos años antes. Todavía conservaban un letrero que decía: “Te damos la bienvenida al Castro de las Merchanas. A partir de aquí un sendero musealizado te acompañará, en un corto viaje, por el territorio de los poblados fortificados y en el tiempo.”
El viaje era corto, y estuvo musealizado (consistía en miradores ópticos dentro de cajas y botones que activaban una explicación sonora), pero si pulsabas en el botón que indicaba para cualquier acción, como oír música o una explicación, dicho botón no tenía efecto. Llevamos dos vascos que pueden certificar que pulsábamos fuerte.

Un claro ejemplo era el molino del tío Justo, que iba justo de funcionamiento. En su jardincito, sobre un puente de piedras, tomamos el bocata. Serían sobre las tres de la tarde. Alguien pulsó un botón oculto, y un vasco enseñaba a una gallega beber por una bota: Primero le situó una bolsa plástica de babero y luego le aupó la bota por encima de la cabeza con el chorro hacia su boca.

También disfrutamos de medio pastelito que no sé cómo lo llamaban: algo de arruguillas tenía, y en el centro una almendra.

A la salida del poblado, encontramos un pedrusco sujeto por dos extremos. Dicen que alguien vio en esa piedra, un cerdo verraco.

Por el camino, nos encontramos con un bicho. Era un escarabajo alargado de color negro con listas naranjas o rojas. Nos preguntábamos de qué insecto se trataba. Pues parece que debido a su aspecto cardenalicio, lo llaman curita o curilla, menos conocido por “Meloe majalis”

Eran tantas las ganas de salir del poblado a pleno sol, que cuatro congostreños apretaron el paso y se perdieron una pequeña parte del caminos cargado de maleza, una delicia que permitían rascar los brazos a su paso. En los coches fueron reprendidos por caguiñas.

Las cañas las tomamos en la fortificación de Ciudad Rodrigo, en una cafetería llamada La Cocina de José. La camarera, un poco empaná, nos pregunta: ¿Qué van a tomar? Cerveza, le contestan. Ok, ir pidiendo, dice mientras saca el boli para tomar notas. Yo una San Miguel, yo una caña, ¿Tenéis tostada?  Le preguntan antes de pedir, No, de cocina no tenemos nada, contesta la camarera. ¿Tenéis Súper Bock? Es portuguesa, le espeta otro en mitad de la nota anterior; digo, ¿que si tenéis cerveza tostada? Le replica el agraviado. No, es rubia como yo. ¿Tú también eres portuguesa? No, me estoy liando… (Normal, es rubia, la cerveza, ¡eh!).

Trepamos los muros y fotografiamos las fachadas y las vistas, luego, cenar en el bar Hospital. Supongo que lo llaman así por tener como especialidad un chorizo que no es chorizo sino harina con grasa y sangre y mucho picante, frito empapado de aceite… conocidos como farinatos.

El farinato es un embutido español típico de algunas comarcas de las provincias de Salamanca, Zamora y León, en las que se elabora con manteca o grasa de cerdo, pan, harina, pimentón, cebolla, ajo, sal, anises y aguardiente. Es especialmente popular en Ciudad Rodrigo, donde forma parte de su cultura etnográfica, hasta el punto de que en 2007 se reconoció la Marca de Garantía “Farinato de Ciudad Rodrigo. Lo cierto es que es un producto típico de la matanza del cerdo es el chorizo, y no hay como el gallego, por mucho que se inventen historias…

Pasando el mismo mal rato en la cena, teníamos en la mesa de al lado a un tal Juan, de Cruz y Raya, (el feo) pero no le pedimos autógrafo. Todos pedían el dichoso farinato, y todos dejaban parte en el plato, a menos que consiguiesen endosárselo a otro.


Día 15. El último día nos dedicamos al turismo. Visitamos Salamanca. No recuerdo cuantos edificios y fachadas ornamentadas vimos. Incluso encontramos la rana de la fachada de la universidad. Y el astronauta en la catedral. ¿Un astronauta? Pues sí. A pesar de que la parte más nueva fue construida entre 1513 y 1733, es decir mucho más antigua que la llegada a la luna, en realidad las leyes del Patrimonio Histórico Español hace referencia que cuando haya alguna restauración se debe dejar alguna evidencia de que fue restaurada. Esta figura fue incorporada en la restauración de 1992, con motivo de la exposición temporal “Las Edades del Hombre”. Se continuó la vegetación original e incluyeron las esculturas de un astronauta, un dragón con un cono de helado, un lince y una cigüeña.

Han montado un merchandising alrededor del batracio que copa toda la ciudad. Parece ser que el escultor puso una rana sobre una calavera y esto fue adquiriendo diferentes interpretaciones. La más popular es que si vas a un examen y encuentras la rana, apruebas. Otros dicen que es un símbolo de la muerte. Seguro que el escultor estaba “empanao”.

Mientras paseábamos por sus calles, nos abordaron de frente, unos señores vestidos muy raro y unos cientos detrás. Traían una caja a hombros y oscilaban cada paso al son de la música. Al principio pensamos que venían de una boda y estaban haciendo el tren para largarse sin pagar, pero me parece que era una procesión religiosa.

En las plazas se ensayaban bailes. Dos congostreñas se acoplaron e intentaron acompañar el ritmo. Daban el pego. Las plazas estaban a rebosar, como curiosidad vimos un perro labrador durmiendo en un cochecito de bebé y la madre tirando de él. También nos hicimos una foto con verraco, es un cerdo negro con asiento en la chepa.

En El Don Quijote comimos muy bien. Hay precio especial si llegas antes de la una y media. El café en la Plaza Mayor.

Bajamos hacia los coches por una calle con una inscripción en una fachada de un bar: unos leyeron El Barco de Aníbal, otros El Arco de Caníbal. Lo real es El Arco de Aníbal.

Atravesamos un puente romano que cruzaba un escaso río y llegamos a los coches. Desde aquí algunos alargaron más el sacrificio yendo a ver las Lagunas de Villafáfila, y otros directos para casita.

Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,

¡Hasta la próxima! Agur…

CRÓNICA PATEADA 221



Río Maneses – Carballeira de San Xusto (Pontevedra) 01/04/2017

Llegamos al punto de encuentro puntualmente a las diez. (Leer bajito: todos menos la tardona que cada vez trae una excusa nueva y llegó a las diez y dos minutos). Salimos, cruzando “a carballeira da Capela de San Xusto”. Primera mentira, salir salimos, eso es verdad, pero de “xusto”, nada, nos prometieron lluvia hasta el mediodía y cargamos con el paraguas, pero la lluvia no apareció. Todo lo más, hierba mojada y un poco de llovizna, orvallo, sirimiri o la mejor: calabobos, que es como quedamos todos, “calabobados”.

Bajamos por la pista asfaltada y tomamos la senda del Río Lérez. A las orillas del río había unas instalaciones de un balneario, creo. La zona del parque de recreo tenía una construcción reciente que daba pena,  no te lo perdonamos Manuela Carmena !! Se trata de unos baños públicos con mesitas de merienda en el patio y dos bañeras de cemento imitando piedra o cerámica. Si analizas bien, podrías pensar que rinden culto a la digestión y sus procesos; ya que cuenta con cinco dispensarios con placas turcas oxidadas y adornadas con telarañas; para utilizarlas debes manejar bien el equilibrio y los malabarismos. El equilibrio se desarrolla sobre dos pisadas del número cuarenta y uno. Para ello, se ocupan las dos manos manteniendo la ropa a una altura superior al suelo mientras te sitúas en cuclillas. Debes guardar silencio si ayudas la sujeción con la boca. Algún parlanchín se dio cuenta tarde y...

Lo que ya no estaba es el supuesto balneario, ya que lo único que encontramos es el esqueleto de piedras colonizadas de vegetación. Desde aquí comenzamos una subida por un estrecho sendero en fila india. Este sendero nos comunica con otro, más ancho pero de las mismas características: muros de piedras recubiertas de musgo y repletos de hojas secas que almohadillan el paso. La verde vegetación es una constante en todo el camino gracias al ambiente húmedo que proporcionan los riachuelos.

Bajamos casi una hora, cuando nos topamos con un puente romano que atravesaba el Río Lérez, pero no lo cruzamos, desde el otro extremo sería desde dónde volveríamos de regreso. Seguimos bajando por el margen izquierdo hasta Cotobade. Cruzamos un puente que sostiene la carretera y cambiamos de margen del río.

En el primer contacto con campos de cultivo, nos encontramos una solitaria vaca desayunando. Tenía buena estampa, más grande y nutridas que las portuguesas pero con menos cuernos. A pesar de lo ruidosos que somos, no despertamos su interés.

El camino comienza a enfangarse, que consigue mayor concentración sobre dónde pisar y menos en hablar. Subimos hasta la carretera de Cutian. Durante la subida, una congostreña, sufrió un ataque de fe y se arrodilló de repente llamando la atención de los presentes. Parece que se le apareció la Virgen, o eso creí oír en forma de grito (no sé si era ¡Ay, La Virgen! O ¡Ahí, La Virgen! Acudieron numerosas compañeras para constatar la aparición y ayudar en el trance.

En la carretera, esperamos a reunirnos todos: los creyentes y los ateos;  y continuamos otra vez monte arriba. Desde lejos, a lo lejos se divisaba un prado, alguien dijo: mira, un caballo y ¿un potrillo?,¿un perro?. No, no, es Superman, dijo alguien con peor vista. Ninguno acertaba, era una familia monoparental que estaba constituida por una yegua y un cabritillo. ¡El mundo, que está cambiando!

Seguimos alternando caminos entre terrenos de cultivo y monte sin limpiar. No pocas dificultades tuvimos que pasar para sortear troncos, ramas y barro que parecía puesto a propósito para no dejar pasar. No conocen la tenacidad de los contostreños, sí, sí, también las congostreñas, para que no se enfade Sanchez.

Llegamos a un sendero caballar y lo seguimos a orillas del río hasta una carretera que lo atravesaba en los límites de Cotobade con Campo Lameiro. Llevaba berreando media hora un famélico que quería comer, cuando acampamos en la playa fluvial que ofrece el Lérez.

Está playa, está dotada de mesitas de piedra con sus bancos y un bar en las alturas que permanecía cerrado. Dos acalorados, en menos que canta un gallo, se tiran al agua y hacen un exhibido largo cruzando el río (kikirikí, uno bañado, kikirikí, el otro también). Los demás, más cuerdos, se toman el bocata descansados.

Desde este merendero, comenzamos la ruta del Río Meneses. Salimos por un puente de madera húmeda que tenía su intríngulis el cruzarlo. La congostreña cuya visión de la Virgen no le fue productiva, decidió que ya que arrodillarse no le reconfortó, realizaría la petición, de culo y a ello se puso: alza los brazos al cielo, emite un sonido de trance y se sienta repentinamente en la rampa del puente. Levantó la misma expectación entre los asistentes pero no oí si se le apareció alguien, seguramente a juzgar por el braceo. No sé si quería transmitir algo o si quería espantar la aparición. Prometió un tercer intento, así que supongo que tampoco hubo fruto a sus oraciones.

Salimos del molino de Constantino del Río Meneses y seguimos la orilla. Este tramo está mejor documentado y señalizado. Hay a lo largo del camino unos letreros plastificados con los nombres de la vegetación más destacable. El Meneses no tiene nada que envidiar al Lérez, salvo el caudal.

Durante el recorrido, encontramos a dos vacas, apáticas, como arrepentidas de ser vacas. Como hechas a toda prisa. Una tenía incluso los cuernos al revés apuntando a un ojo, lo tenía cortado para que no le hiciese daño.

Nos reagrupamos en un camino asfaltado y de ahí bajamos una pequeña cuesta. Un congostreño de fe dudosa, animaba a la solicitante de milagros a que lo intentase una tercera vez, pero ésta no tenía el cuerpo para milagros.

Nos encontramos a una pareja multirracial de vacas de cuernos cortos. Una negra y otra castaña. La castaña era del campesino y la negra… también. Parecían llevarse mal y estaba cada una en un extremo del campo.

La atención a las vacas y las ramas y troncos del camino hacen retrasar a algunos del grupo que tienen que acelerar el paso. En uno de estos pasos conflictivos, una congostreña con poco equilibrio, decide sentarse a pesar de la humedad, y así pasar más segura. Un congostreño le advierte: “vas a manchar el culo” ¡Qué le den! Responde airada, como si no fuese suyo.

En un cruce en pleno monte, entran las dudas de la dirección. No había visibilidad y no se apreciaban ruidos. En busca de indicios de paso, encontramos en el suelo, un sello en forma de lacre con una pisada sobre una pasta verduzca aún humeante que nos indica la dirección. ¡Mucha mierda! Será por eso que lo dicen, así no se pierden.

Un camino acotado con muros de piedras repletas de musgo, nos lleva a las puertas del Parque Arqueológico de Arte Rupestre de Campo Lameiro. Avistamos las instalaciones poco antes de las dos de la tarde. La cita era para las dos y media.

Utilizamos las instalaciones de la cantina rupestre: Tuvimos mala suerte, estaban fuera de temporada y no pudimos probar los platos típicos, que seguro que serían costillas de mamut a las brasas, entrecot de brontosaurio o quizás ciervo con castañas sobre petroglifos, pero tuvimos que conformarnos con las mesas y la máquina de refrescos a base de monedas. Cómodos y calentitos se nos pasó la media hora en apenas treinta minutos.

Mientras no era hora de la salida guiada, nos recorrimos el centro, interpretando cada uno lo que veía. Lo más destacado era un habitáculo con unos seres en movimiento vistos a través de una cristalera. El centro estaba poco iluminado y sonaba una música ambiental que sugestionaba a sentirse como en la época. Una congostreña llama la atención a un compañero diciendo que hay un ser que se parece mucho. Al fijarse con más detalle, uno exclama: ¡coño, si es un espejo!

A las tres en punto salimos en grupo con guía para visitar el parque. Lo primero que probamos como niños revoltosos, fue un laberinto de planchas de hierro en forma de espiral. Era más difícil salir que entrar.

La segunda figura era un petroglifo trampa, lo habían construido unos empleados para comprobar la técnica. Luego pasamos a un recinto llamado Outeiro das Ventanillas. Se llama así porque los más claro de aquellas rayas  que hicieron unas gallinas escarbando para localizar grano, se encontraban dos perfectas ventanitas. El siguiente es Laxe dos Carballos, esta piedrecita la encontraron unos vecinos que intentaban arreglar el camino. Lo más destacable era un gran ciervo que podría ser de ese tamaño por tres motivos: por cercanía con respecto al artista, por importancia de la caza, o quizás por se le acabó la tinta para pintar al cazador. El siguiente es el Outeiro dos Cogoludos. Consistía en un montón de laberintos circulares y animalitos que corren hacia un lago. Está situado como viñetas de un tebeo y hay que interpretar cada viñeta. A lo lejos había otro dibujito que parece ser que eran unos cazadores esperando la llegada de los ciervos. Si se trata de interpretar, también podrían ser unas cocinas con vitrocerámicas y unos niños jugando en el parque.
Lo más vistoso era el poblado de casetas con techo de paja. No las había en ese lugar, pero lo acondicionaron para ambientar el lugar. A las puertas de la caseta más grande del poblado, nos hicimos las fotos de grupo como auténticos cuaternarios.

Salimos al mundo real por o Laxe dos Cabalos. Hasta las cercanías de Lamosa y volvimos a las orillas del río. En un momento dado, el guía se queda reparando los bajos. El grupo va adelantando y sigue por dónde no hay marcas. Un grupo toma un sendero hacia arriba entre los tojos con resignación. Al llegar a un claro, se ven como van surgiendo congostreñas de entre un matojo de tojos, como si de un nacimiento de congostreños se tratase. Lo más bonito llegó cuando nos comunicaron que había que desandar el camino para volver al sendero correcto.

El camino entre monte y campos nos lleva a Fentáns, luego monte vecinal hasta alcanzar el sendero caballar. Visitamos los petroglifos de esta localidad, (Pedra das Ferraduras y Laxe dos Cebros). Ya veíamos surcos en cada piedra que nos cruzábamos.

Llegamos a la ermita de N.S. de Lixo, pasadas las seis de la tarde. Un bulto con patas nos hace acelerar el paso y cada uno se va rascando la urticaria que produce la noticia. Así conseguimos llegar al puente romano desde la otra orilla y nos sentamos en sus muros. Algunos aprovecharon para liberar tensiones líquidas. Luego subir y subir.

Un congostreño reciente no controló el consumo y se había quedado sin combustible. El motor no subía. Unos compañeros lo conducen por un atajo entre campos con ortigas para reanimarlo. No consiguieron el objetivo y perdieron el grupo. Aceleran el paso en dirección hacia los coches. Cuando llevamos unos metros de asfalto, vemos a alguien que berrea y agita los bastones. ¡Coño, serán los vecinos cabreaos por haberles pisado las ortigas! No, era así, era el resto del grupo que había cambiado el trayecto sin que pudiesen verlos los últimos. Moraleja: no pierdas el culo del de delante y si es bonito no te despegues !!
 
Las cañas son en el Bar Manolo. Uno de los pocos bares dónde podemos encontrar cintas de casete con los grandes éxitos de Sergio y Estibaliz...

Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,
¡Hasta la próxima! Agur…