CRÓNICAS



Congostra en el 15 aniversario


Sábado día 17, Castro Landín, Cuntis.
Llegamos con el tiempo justo al gran aparcamiento de O Ferrancho. Paramos lo justo para saludar y volvimos al pueblo que habíamos dejado atrás. Aparcamos en pleno centro de Cuntis, ¡que gustazo!

Lo primero que visitamos fue un habitáculo de piedra con un montón de pilones de piedra en muy buen estado de conservación; no es de extrañar, no parecían usados desde hace mucho. Bueno, seguramente lo usaba un señor de chanclas que pasó por allí tan fresquito saludando a la concurrencia.

Una vez limpitos, nos pasamos al Centro de Interpretación de Castro Landín. Lo interpretaba una chica, que aunque parecía joven, estaba en plena faena de restauración y dejó su quehacer para darnos una amena charla.

Nos dirigimos a Castro Landín que estaba a kilómetro y medio. Puede resultar curioso, pero precisamente tenía un castro antiguo, lo que viene siendo, un montón de piedras amontonadas formando muros en círculos para conseguir un habitáculo. Su recinto aún tenían los cercos que recordaban las grandes hogueras de los antepasados. Si se da una vuelta al castro por encima de sus murallas, se goza de un año libre de “meigallo”. Una vez caducado hay que renovarlo. Como el jubileo.

Seguimos por el sendero llamado “Roteiro de Senderismo no Entorno do Parque Eólico do Monte Arca”. El nombre lo hicieron acorde con la distancia del sendero que seguramente también se cobraba por metro. Su acondicionamiento tiene un precio simbólico de 37.166,50€. Los 0,50€ ni para café, pero le da un aire de calculado al céntimo.

La siguiente parada fue en unos lavaderos de piedra, pero éstos estaban a cielo descubierto. Sus aguas estaban frescas y claritas.

Luego atravesamos varios tramos de bosque autóctono de pino de la casa. Nos paramos en varios miradores para curiosear. Uno de ellos estaba coronado con una extraña bandera reivindicativa. A la salida había una trampa para cazar pardillos. Al salir del mirador, el grupo volvía sobre sus pasos, pero había entre ellos alguno que cayó en la trampa: al pasar por un tojo sospechoso, el pardillo quiso desviar su ataque, fue entonces cuando un eucalipto lo atrapó entre sus ramas. Al verse indefenso, intentó liberarse girando sobre sí mismo. La conclusión es que hizo jirones la manga de la camiseta. Salió asustado pero ileso de la aventura. Pudo ser peor, pensó bajito. Pudo romper las dos mangas…

Apuramos lo que pudimos, pero corría el bulo de que había un oteador de viajes del IMSERSO y todos hacían méritos para ser candidatos al próximo viaje. Se quejaban diciendo que tenían prometida una pateada facilita y que, a traición, les habían incluido dos subidas “técnicas” de agárrate y no te menees, que ya te menea el viento. Pero como todo tiene su fin si se sabe esperar, al fin llegamos a la ermita, donde nos tomamos el merecido bocadillo. La ermita consistía en una pequeña edificación custodiada por un frondoso árbol, en una bonita finca. En su balconada y tirados por la hierba, comimos a gustito.

Pasada media hora, retornamos al bosque que daba paso al sendero del Rio Umia, bajamos por el margen derecho contemplando su esplendor. El guía nos llevó a un lugar del río dónde, con mucho misterio, (esto hay que leerlo en bajito), nos indicó que había una piedra en forma de rana, que si alguien la veía no lo dijese, para no quitar el placer de su descubrimiento a los demás. La piedra, llena de liquen verde, vista después de comer, si has tomado caña blanca con el café y te caes sentado en un determinado lugar, puedes verla como una rana, (o también podría ser tu abuela con el pañuelo a la cabeza). Pero a las horas que eran y con el cansancio, la piedra llena de liquen marrón, se parecía más a un mojón, digo montón de hojas, o quizás un sapo.

Seguimos por un estrecho sendero a orillas del río. Cuesta seguir al guía. Seguramente había pasado toda la noche con el cargador puesto y tenía energía rebosante. No sabría definir si era el eco o es que había entrado en bucle. En los tramos con arbustos altos, no se veía, pero se oía, daba seguridad. Era tan paciente, que no le importaba volver a repetir la historia, para estar seguro de que todos la compartían.

Pasados unos kilómetros, hicimos una parada técnica sobre la planicie de unas rocas sobre un meandro del río, así consiguieron refrescarse los más calurosos y descansar los más cansados.

Volvemos al camino en contemplación de las caprichosas formas que adoptan los árboles y plantas para ganarse la vida. Llevábamos con nosotros un niño de nueve años muy dicharachero y andarín. Como niño que era, daba rienda suelta a su vitalidad. En uno de sus entusiasmos, se torció un pie y reclamaba atención. Una tobillera solventó el problema.

Llegamos a los pasos de Meira, de antes del siglo XIX, humilde estructura para cruzar el río. Son como unas muelas de piedra clavadas atravesando el río para facilitar el paso a los vecinos cargados con sacos de harina. El río casi no llevaba agua, por lo que perdían su gracia.

Pasaban de las seis y media cuando llegamos a los coches. Al llegar se puede comprobar que hay enchufe en todas partes. En los juegos de la cena se prometía “rusa segura”, por el camino, algunos se entretenían con las moras, y sin embargo sé, de buena tinta (de calamar), que alguien tiene pedida “unha nejra” con abanico desde hace tiempo y nada de nada. Ya le repitieron en varias ocasiones que “nejra non hai”, la tienes clara. Así  que se conformará con una clara de limón.

La cena se hizo desear. Los camareros concienciados de la importancia del evento, querían escenificar las vicisitudes de la época. Mientras, cuando consiguieron poner el local ahumado, hicieron pasar a los comensales. El jamón y el queso de los entrantes, muy ricos; la ensalada estaba riquísima, las patatas estaban riquísimas, incluso el churrasco cuando apareció, también estaba riquísimo. En su punto, en el del cocinero. Cada uno tiene su propio punto, claro.

Se hizo un intento de solemnidad para la entrega de unos diplomas conmemorativos en reconocimiento de las virtudes de algunos congostreños, pero era evidente que todos estaban más interesados en saber que había dentro de los paquetes de los regalos “PONGO” que deberíamos traer empaquetados. Pero eso también debía entrar en concurso del IMSERSO y costaba trabajo.

La cuestión tiene tanta miga como una hogaza de pan. Se trata de exponer todos los regalos sobre una superficie a la vista de todos. Una mano inocente reparte tantos números en papelitos, como regalos hay. Luego el que ha tenido la desgracia de sacar el uno, prueba suerte. El segundo puede escoger del montón o quitarle el del primero si le gusta más. En ese caso el primero vuelve a escoger del montón. Con los siguientes ocurre lo mismo hasta que llega el todopoderoso último que se queda con el que quiere…

La pelea estuvo en una lamparita, que fue disputada entre los que menos luces tenían y querían alumbrarse. El segundo premio consistía en una botella de licor amarillo de dudosa procedencia. La nota discordante de gracia fue a caer en unas manos inocentes: un casca nueces con un mango muy ancho y dos bolas en el otro extremo, para golpear.

Se termina la fiesta con unos minutos de música atronadora que mueve el cuerpo de algunos bailarines. Algunos tienen faena al día siguiente, por lo que se piran a su casita, los demás pernoctan en el edificio por gentileza del guía. Así pueden disfrutar, al día siguiente,  de un pequeño paseo de diez kilómetros a las orillas del río.

Domingo día 18, Petroglifos de Cequeril.

El domingo dejamos los coches a orillas de la carretera, junto a un puente oculto por el asfalto: “A Ponte do Ramo”. Allí, el guía quería contarnos una historia que ocurría justamente bajo ese puente. Pero las interrupciones en su discurso le producen problemas con el menaje de cocina (según sus propias palabras, se le va la olla y tiene que empezar). Por tanto se hace necesario una estratagema. Consiste en sacar de una cesta, un higo por cada uno de los oyentes, así mientras comen, él puede hablar libremente, sin interrupciones.

La historia que contó, decía que las mujeres de los pueblos de los alrededores, que perdían un hijo en el parto, en su segundo embarazo, iban al puente, y al primer transeúnte, hombre o mujer, le pedían que apadrinara al futuro hijo. El rito de bautismo o “enxembramento” del hijo no nato, se celebraba bajo el puente, vertiendo agua del río a la embarazada sobre los pechos y el vientre. La hora efectiva para esta celebración era a las doce de la noche. Como todos los festejos, se remataba comiendo y lo que sobraba se arrojaba al río.

Pero los higos estaban tan ricos que se terminaron antes de rematar la historia, con lo que las interrupciones eran frecuentes. Por lo que la historia creo que quedó así:

Las descuidadas mujeres de los alrededores, que perdían al hijo que mandaban a por esparto, iban al puente a buscarlo. A los que pasaban, le preguntaban por su hijo Donato, que era así como se llamaba el niño perdido. Y se quedaban bajo el puente, comiendo higos y echándose agua por los pechos (inicio de las camisetas mojadas), hasta las doce de la noche, a ver si aparecía. Si no aparecía donato, hacían otro, y los higos que sobraban los tiraban al río.

Fuimos a ver un camino romano, de esos empedrados con las piedras originales. En la explicación del guía, se mencionó que el camino era románico, por lo que su pareja le corrigió, que no es igual romano que románico, que los separan unos cuantos siglos. El guía, con un tono que convence más que la que corregía, dice: “mira que eres puntillosa, agora non imos entrar en detalles por uns siglos máis ou menos”.

Por el camino, encontramos una manada de caballos que hicieron las alegrías de algunos; mientras los contemplaban lo más cerca posible, uno, nota el suelo resbaladizo. ¡Pisé una mierda!, exclama. ¡Ala, alegría y buen rollito!, le dice otro miembro del grupo.  Dicen que se trata de un síntoma de suerte (supongo que para los demás).

Este desparpajo despertó el interés del niño de nueve años, y en un momento dado, nos sorprende con una pregunta mientras señala una boñiga con un palo clavado: ¿esto es una mierda pinchada en un palo?

A lo largo del camino la gente iba comprobando si había puntos de recarga de la suerte, pero eran respetuosos con ellos y su generosidad hacía que los dejasen para los más necesitados.

En otra parte del camino, el guía nos muestra una ristra de troncos plegados sobre el río, se trata de un puente de procesión. Se utiliza y se renueva cada año. La riada se lo merienda en cuanto llueve un poco.

Había en el recorrido, una piscina repleta de agua y alguna maleza. Posiblemente para el disfrute de los lugareños, pero no debían tener tiempo y se la cedieron a las ranas.

Sobre las doce, nos encontramos con la fuente de Conles, una pequeña construcción fundida en un lugar sombrío. Casi pegado había un gallinero con la ventana cubierta de alambrada, y sobre ella, una lima. Un congostreño hace una observación: ¡tienen una lima y no se van!. El guía, que estaba a todo, busca entre sus alimentos y dice, “no, no, es agua y grano, no creo que le pongan lima a las gallinas” . “No hombre, digo que tienen una lima en la ventana para escaparse, como los presidiarios, y no la usan”, dice el congostreño. “Ya veo, para protestar, tienen mucho pico, que si cocorocó, que si cacaracá, pero a la hora de la verdad, son unas gallinas”, añade. “¿Qué?”, pregunta el guía.

Por fin llegamos a los yacimientos de petroglifos. El primero que vimos fue el Campiños. Dicen que representa un conjunto de Cequeril. Representan unas cazoletas antiguas de ritos paganos, a las que quisieron cristianizar posteriormente, imprimiéndoles una cruz. Estaban conectadas entre sí para dar la sensación de la conexión con lo divino. Yo creo que era un dibujo de un visionario que predijo que se utilizarían en las cocinas artilugios en espiral, lo que ahora conocemos como vitrocerámicas.

El siguiente representaba a dos marcianos con una cruz en la barriga, solamente tenían dos patas. Uno contaba con rabo, de ahí la confusión con un gato.

El tercero, comenzó con un rectángulo, del que fueron sacando rayas, como cuando estás hablando por teléfono y te pones a jugar con el bolígrafo. Al terminar la conversación, si te fijas queda algo así.

Posteriormente fuimos a visitar la iglesia de Cequeril. Seguramente los artistas y familiares, descansan bajo las grandes losetas que cubren el patio.

Salimos de la iglesia por un sendero bajo los racimos de uvas. Degustamos unas cuantas y seguimos por un sendero que nos devolvió al río. Caminamos solemnes por su ladera y volvimos a encontrarnos con el puente. Donato seguía sin aparecer.

Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.

¡Hasta la próxima! Agur… 

CRÓNICA PICOS EUROPA

Congostra en los Picos de Europa 13 al 16 de agosto/2016


Sábado día 13, Cañón del Río Cares.
Sobre las seis de la mañana, tres coches cargados con cuatro congostreñ@s cada uno, salen de distintos puntos para encontrarse de camino a los Picos de Europa. Se hace una parada técnica para reunirse y tomar un desayuno a horas más decentes. A la llegada, los domicilios temporales aún no están preparados, por lo que se continúa camino hasta la salida de la primera pateada.

La Ruta del Cares está situada en el Parque Nacional de los Picos de Europa. Transcurre a lo largo del desfiladero que sigue el río. Conocida como la “Garganta Divina”, está tallada literalmente en las rocas de las montañas, es un trayecto de poco más de once kilómetros de distancia entre el pueblo de Caín (León) y Poncebos (Asturias).

Es una ruta muy popular y fácil, no por eso carente de peligro. Es aconsejable llevar agua suficiente y no realizarla a las horas centrales del día si hace calor. Aquellos que desoigan estas recomendaciones, se darán cuenta cuando caminen bajo la rabia de Lorenzo, sin poder esconderse en varios kilómetros y con el agua a temperaturas más altas que la de la ducha.

Pasaban de las doce del mediodía cuando comenzamos, todos, la ruta desde Valdeón; un congostreño veterano, que ya había realizado esta ruta, se va a explorar nuevas posibilidades. Los demás, nos reunimos para comer, sobre las dos y cuarto,  en un lugar con sombra y una fuente de agua fresca. ¡Creo que es la única del camino!

Se veían vigilantes del recorrido, disfrazados de cabra, situados en los puntos estratégicos, incluso una becaria de reducido tamaño iba advirtiendo de los peligros caminando a la par de la gente. “Bee, bee, bee,”, que en el idioma de los vigilantes sería más o menos: “cuidado de no caerse”. El encargado se distingue por tener dos protuberancias óseas adornando la frente, peinadas hacia atrás.

A mitad del recorrido hay una modesta construcción, que deben utilizar como invernadero. Si entras para refugiarte del sol, debes tener cuidado de no pisar el curioso cultivo: se trata de unas hojas blancas de pasta de celulosa a modo de flor sobre un fertilizante pastoso. Si vas a colaborar en el cultivo, debes tener cuidado de no superponer el tuyo en el trabajo de los anteriores.

No todos los congostreños terminaron la ruta de ida y vuelta. Los que lo consiguieron, pasaron los rigores del calor, sobre todo al iniciar la cuesta de Los Collaos y hasta Poncebos. Se trata de una prueba de fuego. Tu propia sombra no se proyecta más que dos centímetros debido a la altura del sol. No hay una puñetera sombra y a las horas que pasamos no daba ni una mísera brisa, el aire caliente carece de oxígeno y el esfuerzo favorece el mareo. En Poncebos había un bar, donde poder beber un refresco y dar la vuelta. A la subida de retorno, te das cuenta de que deberías traer agua para el camino.

Cuando se consigue superar la maldita cuesta, comienza el descenso hasta la primera aparición de agua. Allí se concentra la gente en busca de refresco; sin ser una fuente, el agua transcurre entre las piedras. Un congostreño acalorado, toma su sombrero a modo de vasija y se lo pone repleto de refrescante agua. Siempre había querido hacerlo desde que vio una película de vaqueros que lo hacían. Poco dura ese refresco, pero alivia.

A la llegada al punto de dónde se sale, estaban esperando unos resignados compañeros tomando una caña a la sombra. Una vez reunidos todos, nos desplazamos a nuestros refugios para darnos una merecida ducha y comer algo.

Unos se alojaban en Sta. Marina de Valdeón y otros en Posada de Valdeón, en una bonita casita que alquila habitaciones con desayuno incluido. El único inconveniente es que hay un baño para cada planta. ¡Ah! Incluye frisuelos hasta que te aburras. (Frisuelos: tortitas, filloas, fritos, tortilla de maíz, chulas).

La cena corre a cargo de la comunidad en el Tombo la Risa, la casa de Sta. Marina. Unas son más predispuestas que otros. Aunque sencilla, se disfruta una barbaridad, sobre todo del ambiente y la tertulia, aunque sea desde la altura de un sofá y la nariz al ras de la mesa.


Domingo día 14, Ruta del Mercadillo.
Pasaba poco de las ocho de la mañana y estábamos subiendo por la carretera de Sta. Marina dirigidos a Fuente De (no preguntéis ¿de qué? porque no hay respuesta).

El pueblo va quedando pequeño a la vista. Antes de llegar al Collado Remoña, tuvimos la oportunidad de saborear arándanos salvajes que crecen en el camino. Descendemos por el sendero del otro lado del camino, contemplando las montañas y rebaños de aburridas vacas. Las mamás vaca, habían dejado a sus terneritos a cargo de otra en una improvisada guardería, unos tumbados y otros correteando, nos observaban con el mismo interés que nosotros a ellos.

Sobre las once y media, llegamos a un pueblecito que antaño debió ser de curas a juzgar por el nombre: Pido. Seguimos bajando y nos cruzamos con una gente enferma pedaleando agónicamente la pendiente que nosotros bajábamos. También nos cruzamos con otros más cuerdos montados a caballo.

Sobre las doce, estábamos en Fuente De. Aquí el grupo se reparte en tres; unos locos por subir la montaña por Vega de Liordes; otros prefieren subir al funicular y ver la montaña más descansados, a pesar de las dos horas de cola; los últimos prefieren visitar el pueblo para ver si encuentran de qué es la fuente.

Los más osados fueron subiendo la cuesta en zigzag según sus propias energías. A la única congostreña que se atrevió, se le agotaron las pilas. Los dos congostreños más veteranos fueron animándola y haciendo experimentos: sacaron de la mochila una manta térmica y se la colocaron atada al cuello a modo de capa de Superman. No funcionó, no cayeron en la cuenta de que sin el peinado con rulo de la frente y el calzoncillo por fuera del pantalón, la capa no funciona.

Utilizando el método de la observación, vieron que la susodicha, caminaba de puntillas, cosa que le cargaba los gemelos y los mellizos. Subsanada esta fea costumbre, consiguió llegar a la cumbre.

Llegamos al collado Remoña: Una planicie entre montañas con aspecto de volcán relleno con la hierba seca y apenas una fuente escondida debajo de las piedras. Había también una cueva natural fresquita y una casita pequeña para el pastor. Hay que seguir subiendo un poco más. Una cancilla con un letrero, corta el paso. Advierte que dejen la puerta cerrada. El refrán dice que no se le pueden poner puertas al campo, pero no dice nada del monte.

Al llegar al supuesto punto de encuentro, se repone el agua en un abrevadero de vacas, pero del chorro, ¡Eh! Una vez contactado con los demás y constatar su retraso, se continúa camino.

Entre los primeros, que llegaron pasadas las seis y media, se encontraba un congostreño al que le faltaba la pareja. Decide salir a su encuentro. Cómo se encontraba aún con humor, se esconde detrás de un árbol para darle una sorpresa-susto. Cuando sale de detrás del árbol emitiendo un sonido “asustador”, los componentes del grupo reaccionan de forma diferente: las últimas se asustan, la pareja del asustador le reprende, y el cabecera del grupo salta escapando  sin mirar para atrás. “¡Sí,oh, o que tiña que protexernos ahí o vai”, dice una voz.

Ese día cae un chaparrón que dura apenas diez minutos. A unos los pilla en casa, a otros en el desplazamiento a la casita para ducharse. Una vez en la casita, el cansancio les había mermado el oído. Una inquilina francesa atisba por la puerta del baño común y grita bajito. Un congostreño mantiene un dialogo de besugos con ella:
Franchute: “Ramón”
Congostreño 1: Aquí no hay ningún Ramón
Franchute: “Mamut”
Congostreño: Tampoco hay un mamut. Si te conformas con un elefante grande…
Congostreño 2: Calla hombre, que está llamando a la madre. Y, dirigiéndose a la tímida cabecita que brotaba de la puerta preguntó: ¿llamo a la puerta?
Franchute: ¡No, por dios! Con un gesto que se interpretaba: no me la lieis más.

Subimos a dar cuenta de las judías con lomo. La butaca seguía ahí, no había crecido.


Lunes día 15, Ruta del Collado Jermoso.
Comenzamos más tarde que los días anteriores. Subimos sendero para coches todo terreno, durante un buen rato. Nos adelantaron algunos coches dejando el aire cargado de polvo. Llegamos al mismo Collado que habíamos pasado el día anterior. Bajamos durante un buen rato y comienza lo bueno. Hay que subir por unos senderos con una buena inclinación. Se va subiendo en zigzag. Después de una hora de subida, se busca desesperadamente una sombra para sentarse y tomar el plátano.

Seguimos las marcas hacia el Collado Jermoso. Algunos nos preguntábamos para qué habían hecho un refugio tan lejos y si querían clientes para qué lo esconden tanto y por qué no hacen un camino decente. Y collado, lo será pero jermoso… para gustos.

En el camino nos encontramos con otros caminantes en sentido contrario, que nos animan a subir. Rompe la rutina un trío de mulos, dos comen hierba, aburridos, el tercero, de dos patas, hace ñoñerías para que le saquen fotos. Los cuadrúpedos continúan, pero el bípedo se va sustituyendo. (Bípedo quiere decir de dos piernas, no de dos pedos, que sé que los hay mal pensados).

Deben ser las alturas o el porcentaje de oxígeno, que sé que afecta de una forma diferente a las mujeres. A unas, con sólo oír un trueno, se le despierta un instinto de competición y no hay quien las pare hasta llegar a la meta; en cambio otras se vuelven cariñosas y buscan el contacto humano.

La subida hasta el dichoso Jermoso, se fue llevando con resignación, aunque alguien dijo “dijeron que esta era media alta, pero a mí me tocó el panty”. Pasaba de la una y media cuando avistamos una casita en medio de la nada. Esto crea un estímulo para seguir caminando. Se huele la cañita a kilómetros. Media hora nos llevó desde que la vemos hasta que la tocamos. Algo menos para alguna que había oído un trueno y se le aceleró el paso.

Este refugio, a 2.064 metros de altura, está situado sobre la canal de La Sotín y bajo las principales Torres del sector del Llambrión, en un lugar rocoso. Las piedras se aprovecharon del lugar, pero las vigas de madera se subieron a lomos de seis trabajadores por viga. Su inauguración fue en 1940, y se añadió la guardería en 1944. En 2008 se rehabilitó variando su forma.

Hoy se ve una casita de piedra con tejado a dos alturas. La piedra a tono con las del lugar, y la techumbre no es teja, está compuesta de láminas negras impermeabilizadas, moldeadas con calor.

El servicio es agradable. Tienen una lista de productos de consumo de precios no tan altos como su ubicación. Disponen de una familia de gallinas que corretean libremente por el lugar. Un congostreño se jactaba de comer un bocadillo de “juevos de jaliña do Collado Jermoso”.

No podía ser menos, a las horas que eran, las seguidoras del “trueno” tomaron por asalto una mesa de la terraza, el resto se situó donde pudo.

Antes de bajar, nos aprovisionamos de agua en un grifo exterior de la casa. Había, al lado, otra curiosa fuente que consistía en un recipiente con un pulsador en su interior. Debajo había un letrero que indicaba “BEBEDERO MULAS – NO USAR”. Para tener que poner ese letrero, es evidente que los hay tercos. Alguno se hacía el gracioso llamando a otro, indicándole que le habían construido una fuente dedicada. 

La bajada no se hace esperar. Una vez abandonada la confortable silla de la terraza, comienza el descenso. Esta bajada tiene más pendientes que las sevillanas en la Feria de Abril.

El cariño y la ternura surgieron, así, de repente. ¿Me das la mano, por favor?, dice una congostreña al guía. El pobre, mira a los lados para comprobar si hablaba con él. Llegados a un acuerdo cariñoso, bajaron media ladera de la manita. Iban hablando de varios temas: pon el pie aquí, ahora aquí. Los hombres siempre pensando en lo mismo. No te me alejes. Lo típico en las parejas recientes. Detrás de la parejita, venía otro congostreño de carabina, para evitar que las cosas fuesen a mayores.

En un momento dado, el trio se cruza con otro caminante que asciende aplastado con una enorme mochila derrapando en la roca. El guía cruza unas palabras con el caminante y se toma un descanso. El sediento caminante pide agua. El guía le da el agua en la que disuelve una pastilla que le da un sabor asqueroso que, según el guía, aporta minerales y sales que dan energía al que la bebe. Yo creo que se la echa para que no se la beban. Solamente le gusta a él.

La congostreña cariñosa, decide aventurarse y dar unos pasitos, pero al verse comprometida, solicita ayuda al carabina: ¿Me das tú una mano?, a lo que contesta en el tono cariñoso que lo caracteriza: “Nada de manitas, que soy un hombre casado, yo te indico cómo tienes que situarte y dónde poner los pies, pero nada de mariconadas… ¿Pero tú crees que a estas alturas voy a querer algo?” dice sorprendida. “Ni a estas alturas ni allá abajo, tienes que aprender a apañarte”, contesta el carabina.

Volvió a recuperar la manita que ya conocía por el tacto. El retraso del trío despertó la curiosidad de otro congostreño veterano, que al ver la situación, también quiso participar. A la cariñosa, no le importó cambiar de pareja, pero el carabina seguía siendo el mismo. Aprovechaba para sacar fotos de las situaciones para documentar en caso de reclamación. La nueva pareja reaccionaba de dos formas: él se reía constantemente, minimizaba la percepción del riesgo y daba ánimos; ella, cuando conseguía sacar los ojos de las piedras, maldecía al fotógrafo.

El carabina pasaba el rato en sacar fotos de distintas perspectivas. Hubo un momento, que en una fracción de segundo, se le ocurrió un nombre para una casa rural. Si ya existía una que se llamaba “El Tombo”, otra “El Tombo la Risa”, siguiendo la secuencia, esta podría ser “El Tombo la Risa y Dolor de Culo”. Claro que estaría repartido en dos plantas, la risa es para unos y el dolor de culo para otros.


Cuando consiguieron llegar abajo, soportaba las risitas sabiéndose intacta, veía desde donde y por donde bajó y no daba crédito. No era cariño lo que sentía, era terror a las alturas. Agradecía a los dos contostreños que la hubiesen ayudado, y no como el “otro” que la asustaba más.

Tanta emoción hizo que la congostreña de la capa de Superman, se dejase llevar e intentase darse un revolcón. Menos mal que allí estaba su marido para pararle los pies. Se trata de una mujer de pata corta que se dejó llevar con el calor de la emoción y , ahora que sabe pisar bien, entre risas, dio una zancada que creía suficiente, pero no lo fue, lo que la llevó rodando al suelo. Su marido que estaba muy cerca, reacciona, suelta todo lo que tiene en sus manos y, con la efectividad de un portero de la liga de primera, se lanza a sus pies y logra detenerla. Tal fue la cuestión y tan rápida, que todos se quedaron helados, sin saber si gritar o aplaudir. Ese hombre tuvo que jugar de portero en su infancia, sinó no se entiende. Las preguntas no eran si se habían lastimado, sino la felicitación por aquel paradón.

Por el camino nos sorprende un chubasco que apenas le da tiempo a mojar. Los conductores se adelantan para recoger los coches en la zona de partida y venir al punto de llegada.

Durante la ceremonia del preparado de la cena, la congostreña asustada por las alturas, baja por unas escaleras más pendientes que la montaña. Lo hace ataviada con un vestido de verano blanco adornado con unas flores que rompían el monótono color, que provoca comentarios en la vecindad. Desciende en perfecto equilibrio y sin “manita”, lo que hace preguntarse si el miedo sería a las alturas o a las piedras.

Martes día 16: el retorno.
Dada la dureza de las pateadas, se decide hacer un regreso pausado. Nos levantamos más tarde y tomamos camino de retorno. Visitamos León a lo turista japonés. Paramos después en Sanabria  para comer. Durante la comida, un congostreño visitó el baño. Mientras utilizaba el urinario enganchado a la pared, se apaga la luz. Creyendo que llevaría un sensor de movimiento, el desesperado congostreño, mientras con una mano mantiene la direccionalidad del chorro, con la otra intenta activar la luz haciendo movimientos para captar el sensor. En un momento dado, se abre la puerta y con el reflejo exterior, se ve a un señor bajito con cara de susto contemplando  un individuo montando el urinario como si fuese un toro mecánico a oscuras. Cuando el jinete intenta excusarse, no le da tiempo. El bajito, con los ojos como platos, cierra la puerta y desaparece del baño, del comedor, y del edificio.

El tímido congostreño calla su aventura y salen al exterior para despedirse y dirigirse a casa. Al jinete de urinarios, le parece ver al pequeñín escondido detrás de un árbol esperando a que se piren…

Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.

¡Hasta la próxima! Agur…