FOTOS TEIXEDAL CASAIO

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CRÓNICA PATEADA 225



9-10 y 11/06/2017 Peña Trevinca (Ourense)

Viernes día 9, la llegada:

Llegamos el viernes demasiado temprano. Supongo que en temporada baja, el albergue lo utilizan familias de arácnidos que campan a sus anchas. Tuvimos que iniciar un expediente de desahucio por el trámite de urgencia. Unas dispuestas congostreñas y algún voluntario, desalojaron a las okupas y a todos sus enseres.

El local tenía aspecto de nuevo e infrautilizado. Los pomos de las puertas, debió colocarlos un gracioso. Cuando intentabas abrir una puerta desde dentro, te quedabas con el pomo en la mano y la puerta riéndose de ti. Las duchas estaban pensadas para desplumar a los pollos, no se conseguía bajar la temperatura, solamente salía caliente, más caliente y muy caliente (al revés de otros locales).

El albergue está estratégicamente situado para que no lo utilicen los peregrinos. Unas congostreñas que venían desde Coruña, llegaron a las zona, pero no localizaban el punto exacto. Menos mal que llamaron al congostreño más responsable. Fueron necesarias unas pocas instrucciones precisas para que se perdiesen del todo. El método más eficaz fue salir a buscarlas con un coche para traerlas al redil.

La cena estaba apalabrada para que cada uno se zafase, y así fue, ¡cómo se zafa la gente! Parecía que tuviesen miedo a quedarse incomunicados por una helada: que si tortillita, que si empanada, que si bica, que si empanada, que si fiambre. Ni fi, ni hambre pasamos. (En casa con una frutita o un yogur, ya ceno) ¿Qué pasa en el monte se despierta la bestia tragona?

La dormida se organiza por géneros, el buen género para la derecha y el resto a la izquierda. Las literas están distribuidas en dos alturas y separadas entre ellas. Todas las de arriba tienen escalera menos una,  que al final la encontramos oculta por los trastos de otro.

¡Nadie roncó, pero algunos respiraron un poco fuerte!

Sábado día 10, Peña Trevinca, techo de Galicia.

Quedamos en despertarnos a las 7:00, así que sobre las 5 y poco ya empezaron a montar bulla, parece que hay alguien al que le hormiguea el culo a partir de las cinco y tiene que levantarse para rascarlo contra el muro de la fachada, digo yo, eso o contó dos veces las campanadas.

El desayuno se toma en las mesas distribuidas en dos grupos de tres para dar cabida a todos. Cada uno desayuna con la parsimonia que está acostumbrado, incluso hay alguien que se trae su propia granja o huerto, no sabría catalogarlo. Se trata de unos minúsculos seres blancos que viven en la cuajada o leche pocha o queso líquido o algo así, se come con indiferencia y sienta muy bien.

Después del madrugón, conseguimos llegar sobre las nueve, al refugio de Fonte da Cova para recoger a otros congostreños que allí se alojaban.

Salimos en coche hasta las canteras, punto de salida. Dejamos los coches en un lugar, donde no impidiese el paso a los descomunales camiones que circulan por aquellas pistas. No era por estorbar, es que pasarían por encima como si aplastasen cucarachas.

Cargados con las mochilas, cruzamos una zona de la cantera. Nos cruzamos con un camión de ida y otro de vuelta. Los conductores, muy amables, se apartaban lo más posible y esperaban para no llenarnos de la polvareda que levantaban, aun así no nos libramos.

Por fin salimos de la cantera y nos encontramos con senderos medio ocultos por carqueixa, luego tomamos ladera abajo, casi abriendo camino o rediseñándolo. Alguien dijo que abría que marcarlo para futuras ocasiones y una congostreña no lo pensó dos veces, plantó su culo en el suelo a modo de sello. Fue repitiendo el sello cada vez que lo consideraba importante.

El grupo se detiene en una zona fresca con un buen chorro de agua para esperar a los más lentos. Se aprovecha la zona para tomar el plátano.

Pasaban de las once cuando llegamos al único bosque de tejos que hay en Galicia y uno de los mejor conservados de toda Europa, conocido por “O Teixedal de Casaio”. Su buen estado, quizás se debe a que está en un lugar de difícil acceso. Bosque relicto, es decir que queda como vestigio de conservación de los únicos ejemplares que existen. La sensación que produce en su interior, es que se está en un subterráneo dónde sólo hay raíces. El lugar está sombrío y fresco, no crece nada más que los propios árboles. Los hay centenarios e incluso dicen que entre dos pueden ser milenarios.

Si entrar en el bosque costó un poco, salir no fue un paseo. El sendero se había mezclado con la naturaleza y seguimos la intuición del guía. Éste nos lleva por una preciosa zona de suelo alfombrado con hierba larga hasta un mar de retama (xestas) que crecía en cascada.

El guía abría camino como un niño jugando en el patio a que va buceando. Con la mano izquierda apartaba las ramas y con la derecha también, introducía su cuerpo y volvía a repetir los mismos movimientos una y otra vez. Los demás lo seguían incondicionalmente. Los que portaban bastones, tenían que elegir, si morder las ramas o sujetar el bastón. En una zona ya libre de ramas, pero con rocas en vertical, el guía se para para ayudar a los más desfavorecidos por la naturaleza. En un movimiento instintivo, se toca el bolsillo donde acostumbraba a dejar las llaves. Un escalofrío recorre su cuerpo al tiempo que se toquetea todos los demás bolsillos. Había perdido las llaves del coche y casa. Una de las ramas, traicionera, le había rajado el bolsillo dejando libres a las llaves para una excursión no autorizada.

Mientras no fraguaba una idea clara de cómo resolver el problema, seguimos subiendo hasta un pequeño lago que esperaba mejores tiempos. Refrescamos un poco los pies y como había mucho sol subimos la colina para sentarnos en una modesta sombra que arrojaba una roca. Una vez incómodos, sacamos los bocatas y dimos buena cuenta de ellos.

Con la tripa llena, se vuelve a pensar en la mejor solución a las llaves extraviadas. Entre todas las ideas que se barajan, cobra más fuerza la de ir a casa a recoger una copia. Así que un grupo de cansados y dos veteranos regresan, mientras que el resto continúa a Trevinca.

Ahora, descabezados, fuimos dando bandazos tirando unos de otros según la intuición y las marcas. Una congostreña reciente, pero veterana en la montaña, toma altura para ir cresteando, pero el resto del grupo sigue otro camino y ella decide bajar para ir todos juntos. Casualidad, el sendero tomado bajaba al valle y volvía a subir hasta dónde estaba la veterana. ¡Qué putada! A pesar de esas menudencias, una vez identificado el monte, fue fácil llegar; lo difícil fue llegar con aire.

Como sabíamos que no nos creerían, nos retratamos todos los que hicimos cumbre. Después de unas risitas y unas fotos, tomamos el camino de regreso. El paisaje debía tener un encanto especial, dado que una congostreña se empeñaba en quedarse para siempre. Una congostreña reciente, a la que no le parecía buena idea, le dio la mano y tiró de ella hacia abajo para arrancarla de allí.

Al llegar a los coches, los encontramos como el sueño de cualquier soltero, irreconocibles de tanto polvo. Nos distribuimos entre los coches que quedaban y dejamos el que no tenía llaves. Nos tomamos unas cañas en el refugio Fonte da Cova, nos despedimos de los residentes y nos largamos hasta el albergue, pero antes pasamos por El Barco a recoger las llaves, esta vez las del albergue. Las tenían las que no se sentaron en la cumbre, pero sí frente a una bebida fresquita. Dos congostreñas de muy al norte, se despidieron porque no podían quedarse, al parecer tenían un evento en el muro de no sé quién.

La cena:

Los que fueron a buscar la llave que todo lo abre, llegarían tarde, así que los pobres tenían que cenar la empanada que había sobrado y poco más. Al resto del grupo, con cargo de conciencia, les apetecía comer algo fuerte, después de tanto bocadillo: un cordero asado, entrecot, costillas a la brasa, algo así. Nos pusimos bonitos y salimos al Barco a cenar.

Recorrimos todo el pueblo, chiringuito por chiringuito, pero no apareció ni Valdeorras ni su barco. El topónimo de Barco, podría surgir por la derivación de una palabra pre-latina, que llamaban barc o barg a una concavidad, que es la configuración del terreno donde se encuentra.

Estaban en fiestas locales y en cualquier parte que fueses parecía que ya habían jugado a las sillas, ya sabéis, suena la música y la gente se mueve alrededor de un grupo de sillas hasta que para la música, el más lento se queda sin silla. Los que se habían quedado sin silla éramos nosotros. No había un puñetero lugar donde sentarse doce cristianos a cenar.

Cada vez que preguntábamos en un bar ¿tendría mesa para doce?, abrían tanto los ojos que pensábamos que querían verlos a todos de un vistazo, luego respiraban y contestaban: noo, que va.

Un hábil congostreño, vio en la terraza, a un joven camarero que dejaba de hablar con una clienta y se dirigía al interior del bar, lo intercepta y le pregunta: ¿sabrías donde podemos cenar por aquí? El camarero lo ve con indiferencia y le responde: aquí, mientras señala con el dedo hacia el local (el congostreño pensaba que intentaba favorecer su negocio). Ya, le comenta, ¿pero servís cenas o solamente tapas? Ya con aire de incredulidad, el chico responde: y a mí que me cuenta, pregunte a un camarero, que yo voy al baño.


Queríamos cenar fuerte, y lo más fuerte que conseguimos fue la salsa picante de una de las tres pizzas que tomamos.

Encontramos una terraza con el espacio suficiente para alojarnos todos. Preguntamos a un camarero (identificado por llevar bandeja), si podíamos sentarnos y nos serviría. El camarero, muy amable y profesional nos contesta que sí. El negocio consistía en dos locales, una pizzería y un bar de tapas que compartía los clientes. Las cañas nos las trajo y nos indicó que las pizzas habría que ir a pedirlas al otro local. Más tarde nos trae una tapa de jamón para cada uno.

Enviamos a un congostreño familiarizado con las pizzerías. El sistema de pedido imitaba al de la ITV de los coches; se hace el pedido al que le asignan un código, y ese código a un dispositivo que debes llevar a la mesa y esperar a que suene, cuando estén listas te envían una señal al dispositivo que emitirá un pitido. ¡Ya está listo el pedido! significaría. Por si te sientas muy lejos y no te llega la señal, te cobran por adelantado, como la ITV.

Pasaba un buen rato y comenzábamos a desesperarnos. Una pizzera husmeaba por entre las mesas en busca de algo. Después de otear todas las mesas, ve a nuestro congostreño del pedido y le comenta que ya estaban listas las pizzas. ¡Joder qué sistema de llamada! ¡Quizás habría que darle una vuelta más y perfeccionarlo un poco! ¿No? La pizzera se deshace en explicaciones: es que perdimos el código y no sabíamos a quién llamar, perdón.

Domingo día 11 jabalí con castañas.

No se madruga tanto esta vez, desayunamos y recogemos todo, dejándolo todo preparado para los arácnidos. Llegamos al punto de la ruta sobre nueve y media. Lo primero que llamaba nuestra atención, era la cantidad de cerezas que colgaban de los arboles sin que nadie las recogiese. Eran de todas las clases: pequeñas y amargas, grandes y rojas, negras, e incluso amarillas. Cada una con su particularidad, pero todas riquísimas. Incluso cortaron una rama a un cerezo del camino y lo dejaron tirado y cargado de fruta.

Cruzamos el pueblo para llegar a un sendero que transcurre entre un bosque de encinas. Tanto por “encina” como por debajo, se ve lo mismo, un sendero polvoriento con gran luminosidad y un sol radiante, radiante y bochornoso, que nos dirige a un mirador. Lo más destacable era un joven cerezo con cuatro cerezas preparadas para el consumo. ¡Ah! También se veía un valle y unas casitas a lo lejos.

Al regreso, hicimos lo que pudimos para aliviar de carga a los afligidos cerezos, luego nos refrescamos un poco y nos dirigimos a Salcedo, a la Cantina de Julia, lugar donde nos tomaríamos pitu (pollo) con patatas y jabalí con castañas.


Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,

¡Hasta la próxima! Agur…

CRÓNICA PATEADA 224

Penalba (Ourense) 20/05/2017

Esta fue una pateada un poco accidentada. Se sale tarde por culpa de un conductor, demasiado dependiente del Tom Tom y algo se le pega. Creyendo que sólo él va en la dirección correcta, cambia la dirección para reconducirse, pero como los demás son muchos, no le queda más remedio que seguirlos. A la llegada al punto de encuentro tarde, el congostreño que se había quedado a esperar por los tardones ya estaba desesperado. Guiado por los nervios, abronca al conductor tardón y le da dos palos. El conductor tardón, admitiendo su responsabilidad, abre el maletero para coger la mochila y guardar los palos, que se había olvidado en el otro coche la pateada anterior. Además de tardón, despistado.

Casi arrastrados de las orejas, comienzan a subir por un bonito sendero pero demasiado inclinado para los primeros pasos. El que se siente responsable de la tardanza, sube como si no le costase nada, dejando a los demás atrás. A poca distancia estaba el grueso de la tropa esperando. No lo hacían por solidaridad, sino porque había un cruce y dudaban de por dónde seguir. El que se había quedado a esperar a los tardones, era quién sabía el camino.

El sendero era bonito y la vegetación crecida hacía presagiar que no estaba muy transitado; sin embargo algunos puntos estaban recién limpios para hacer destacar las antiguas construcciones comunales, como los lavaderos. Limpios de vegetación se notaba que había muchos años que no se usaban.

La ruta estaba muy bien señalizada con carteles de madera donde figuraba “RUTA”, unas líneas blanca y verde con la dirección y unas huellas de botas en miniatura de color blanco.

Había tres rutas que teníamos la intención de entremezclar, pero dado el percance del retraso, y la poca disponibilidad de algunos… nos quedamos con dos.

Principalmente nos quedamos con la del contrabando, haciendo incursiones en la del Farricoque. La primera lleva el nombre por coincidir con la ruta que se seguía para ir a Portugal a comprar harina y revenderla en España en los tiempos de la posguerra. La segunda lo tomaba por la abundancia de los farricoques en ese lugar.

Los farricoques, también se conoce en otros lugares por: campanillas, tróqueles, estalos, deladeras… son unas plantas con flores acampanadas con varias utilidades principales: se utilizan para medicamentos del corazón (¡cuidado! es muy venenosa) y como no, de toda la vida, duendes y hadas la han utilizado de sombrero. En la infancia, ¿quién no ha pillado una campanilla, le tapaba la entrada y la golpeaba contra la palma de la mano para que explotase haciendo ruido y asustar al compañero? Lo gracioso era cuando pillabas una abeja dentro y el que se asustaba eras tú… Las niñas metían los dedos dentro y jugaban a que tenían las uñas pintadas. La infancia y la falta de recursos, es lo que tiene, agudiza el ingenio.
Tambíen se hizo un pequeño tramo de las tercera ruta, La de Maquino Largaño, que significa «camino largo» en barallete, la jerga gremial de los antiguos paragüeros y afiladores. Esta era tierra de afiladores y encontramos algún tributo a dicho gremio. 

Pasamos por Sobrado sobre las doce y veinte, en dirección al Mirador da Lampa. Después de mirar el paisaje y las vistas sobre el Miño, nos tomamos el plátano. Salimos casi atragantados, alguno con la boca llena se ponía la mochila y salía pintado para no perder al grupo.
Pasamos por o Penedo do Trigo sin pararnos a verlo, ocurre lo mismo con o Penedo Rufino. La próxima parada fue delante de un espantapájaros creado con una cruz de palo clavada en el suelo y un saco vestido, por cabeza un cojín de paja y un sombrero caído. Era la referencia para Pedra Longa. Se trata de un peñasco en forma de garrote como  As de Bastos enterrado por la parte más estrecha. Dada la fragilidad aparente, tres congostreños intentaron empujarlo simulando que querían tirarlo, pero sin éxito.


El siguiente punto para visitar era el Castro da Moura, un castro que no era un castro como los conocemos, sino una montaña llena de rocas situadas por puro azar. No disponía de restos de civilización antigua, pero sí de preciosas vistas.

En un momento dado, se presenta una vista digna de fotografiar y una congostreña le dice a su compañera: cógeme de aquí el móvil que no le llego, indicando la dirección con la mirada. Los congostreños que iban delante, oyen que la compañera le dice: ¡¡pero no te muevas, coño, que se te cuela por la raja y no le llego!!

Los congostreños que iban delante, giran la cabeza para comprobar si habían oído bien. Efectivamente habían oído bien. Alguna congostreña que quiere mucho a su móvil, lo guarda en la mochila lo que le da difícil acceso y al mover la mochila se introducía por una abertura hasta el fondo y no era fácil alcanzarlo.

En el camino hasta Vidueco, se nos presentan una montañitas en una planicie repleta de hierba, se trata de las mámoas das Cabanas ou de Moura, tampoco nos paramos a verlas, ni paramos en Biduedo, estaba en un estado ruinoso, aunque alguna casa la estaban reconstruyendo. Parece ser que el nombre se lo debe a los bosques de abedules o bidueiros.

La siguiente población era Paradela y después el Monasteiro de Santo Estevo. Ya llevaba tiempo oyéndose que había hambre, así que a las tres en punto nos sentamos en un murito cerca del aparcamiento para papear los bocatas. No visitamos el interior del monasterio pero sí la cafetería y sus baños.

La subida fue un poco pesada, el bocata fermentaba y se llevaba la mitad de la fuerza. El firme cimentado no ilusionaba, pero al llegar a la zona arbolada el ánimo cambia, las fuerzas no, pero se sube más animado. Con razón al camino siguiente se le llamó “Camiño da Amargura”. El camino de la amargura nos llevaba hasta el mirador del Castro. Desde este mirador, nos recreamos con las vistas y hacemos fotos de grupo con el monasterio al fondo. 

El sendero se nos llena de agua, no podemos pasar, pero alguien encuentra una ruta alternativa bordeando el camino. Solo hay que subir un pequeño muro de piedras y continuar por la zona de fuera del muro unos metros hasta encontrar zona seca. Parece fácil, pero en un tramo de vegetación enraizada, algunos dan unos traspiés, así que una congostreña que venía por segunda vez, consideró que aquello merecía una buena caída, y se cayó, nada vistoso, no grave, pero queda anotada para un posible concurso de caídas.

Nos paramos en un pueblecito para reagruparnos, Pombar, creo que era. Una congostreña pregunta, al único vecino que vimos, por la existencia de una fuente, éste la acompaña casi a las afueras del pueblo para indicarle con el índice justo a un metro de distancia. Su mujer, que había quedado sola, veía con recelo la situación. Pasaron ya muchos años el tener motivos de qué preocuparse para empezar ahora. Con una indicación directa ya bastaba, no hacía falta llevársela hasta allí. Una  vez encontrada agua fresca, otros se aprovecharon para rellenar.

Seguimos hasta conectar otra vez con el camino del contrabando por los alrededores de Luintra. A la salida, nos encontramos con unos caballitos que se mostraban cariñosos. Algunos se hicieron fotos con los animalitos.

Sobre las seis de la tarde, estábamos bajando por la zona de los molinos. Una rueda de molino estaba pegada en una gran roca, justo al lado del cartel que lo anunciaba. Hubo quién intentó llevarse la rueda para hacer un pin o un llavero, pero había prisa y no quiso pararse.

En el descenso de la zona de los molinos, había un letrero que indicaba “A SERPE”, intentamos encontrarla buscando con un palo entre las hojas, pero se trataba de un saliente enorme de una roca en la que el liquen dibujaba la cara de una serpiente.

También había un letrero clavado en un árbol que no presentaba ninguna característica. El letrero decía “ABRAZA O TEU ARBORE”. No vamos a entrar en si está bien o mal, lo cierto es que alguna congostreña se abrazó para la foto.

Las fotos traen algún disgusto a los forofos. Descuidan la seguridad en aras de una mejor foto. En este caso hay alguna congostreña que hace fotos que no muchos ven como posibles. En una de estas sesiones, después de una sonrisa de satisfacción por la foto, ve a su alrededor y no ve a nadie. Pasaron unos minutos de incertidumbre antes de que viese a otra persona que la buscaba.

Unos llegaron a los coches por el mismo sendero por donde se comenzó, por lo que se perdieron la casita del árbol. La casita que cualquier niño de diez años estaría orgulloso de tener.

Las cervezas las tomamos en el Remanso dos Patos. Tuvimos que desplazar al grupo anterior que habían acabado con las cervezas frías. En vez de una cerveza teníamos que tomar dos pequeñitas.


Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,


Hasta la próxima , agur !