CRÓNICA PATEADA 233




Caurel (Lugo) 01-02-03/12/2017

Reencuentro: viernes día 1.

Llegamos al albergue en un par de horas. Nos encontramos con algunos madrugadores. El albergue tiene un aspecto híbrido entre albergue de montaña y colegio mayor. La estancia es agradable.

El reparto de literas se realiza según la confianza o el género. Los que no gozaban de ninguno de estos privilegios, se unían al grupo mixto. En este último, había un reciente congostreño que manifestaba tímidamente que podría molestar con sus ronquidos. ¡Cómo se nota que es nuevo, no sabía cómo se las gastan en Congostra!

La cena era libre, pero casi todos terminamos en el Chapacuña3 tomando las cervezas, agua de sopa y lo que añadió cada uno. Nos fuimos a dormir rapidito para estar frescos para el día siguiente. No hacía falta dormir para estar fresco, al levantarse, los -0,5ºC ya te ponían fresco.

O Mazo-Montouto: sábado día 2.
Sonó el quiquiriquí sobre las ocho menos cuarto. El desayuno se había pactado a las ocho, en el Chapacuña3, pero algunos madrugadores estaban a las puertas diez minutos antes. Como el bar no daba señales de vida, se fueron a la pastelería que abría antes. Volvieron a tomarse otro al abrir, para no perderse el compadreo.

Salimos de “O Mazo”, sobre las nueve y media atravesando el pueblo de tejados de pizarra. Pronto tomamos sendero para abrirnos camino entre el gélido frío a orillas del Río Soldón. Seguíamos la “Ruta da Devesa do Cervo”. El bosque estaba ya marchito, las hojas ya pasaban más tiempo en el suelo del que estuvieron en las ramas. El camino era continuado y sin complicaciones.

En la cascada del río, nos tomamos un descanso y el plátano. Hacía frío y el cuerpo pedía marcha y nos marchamos pronto. Llevamos subiendo algún tiempo y hacíamos paraditas para refrigerar despojándonos de la capa sobrante. A poco más de las doce, pudimos levantar la mirada para contemplar a lo lejos el Montouto, final del sufrimiento. Pero aún quedaba un poco. Era el momento de “crestear” subiendo. Cada pequeño remonte, era toda una conquista. Algunas subidas costaban más de lo deseado, había caído un poquito de nieve y al pisar se resbalaba, pero era subir o pasar frío, así que todos arriba.

Poco antes de la una y media, hacemos cumbre, esto quiere decir que llegamos arriba del todo del Montouto (1.541m). Aunque nos acompañaba Lorenzo, no era una estancia agradable, corría un viento “jodón” que con las bajas temperaturas, invitaban a salir pitando.

La bajada se hace más interesante. La mayoría bajaba agachado como si tuviese dolor de barriga, algunas consideraban que el camino estaba hecho un desastre y lo iban limpiando arrastrando el culo. El efecto contagio hacía que algunas imitasen a otras, ¡qué demonios, si ella puede, yo también!, pensarían.

A pesar de que nadie se había quejado, sobre las dos, en una ladera cara al sol comimos el bocadillo. Buscamos un sitito con la menor humedad para sentarnos y nos tomamos el merecido descanso.

La bajada se realiza cresteando hasta un sendero pedregoso y desde allí hasta los coches. Una vez en Quiroga, algunos se van directos a la ducha, otros con mochilas al hombro, se dirigen a la cafetería Felix a tomarse la cañita que simboliza la celebración del final.

Durante el recorrido desde los coches a la cafetería, un congostreño aprovecha la presencia de una papelera, para deshacerse de una lata de cerveza y un pañuelo usado, muy usado. El pañuelo sobresalía del agujero de la lata, dándole un aspecto de “coctel molotov”. Fue casi un acto reflejo: ver la papelera y depositar la lata, un acto limpio y sin fisuras, pero llegado a la cafetería, y despojarse de la mochila, la lata seguía estando allí, por lo que exclama: “¡Entón que tirei!” y con la lata en la mano, corre a la papelera, mientras va reconstruyendo mentalmente todos los movimientos anteriores. No encuentra explicación. Al llegar a la papelera, revisa todo su contenido sin encontrar nada conocido que pudiera sustituir a la lata. ¿Qué podría haber tirado en su lugar? Al no encontrar explicación, vuelve a tirar la misma lata, pero esta vez despacito y concienciándose de que la tiraba. Y ordenando bajito a la lata: ¡quédate ahí, coño! Y mientras se alejaba veía para atrás por si lo seguía. Al regresar al bar, entre risas se lo cuentan. La explicación era más sencilla: un gracioso que iba detrás, cogió la lata de la papelera y volvió a meterla en el bolsillo de la mochila.

La cena nos esperaba en el Chapacuña3, a las nueve. Cómo la puntualidad es una norma del bar, nos acercamos hora y media antes para jugar unas partidas a las cartas y tomar unas cañas. Jugamos al tute cabrón y casi siempre gana el mismo. Conclusión que no quiero desvelar.

Nos sirvieron entremeses de tortilla fría y salada, “concretas” calientes y revuelto de una verdura verde que podrían ser espinacas, caliente y rico; también había caldo que contenía verdura, patatas y algún anillo de chorizo flotando bajo la verdura. El segundo era jamón cocido muy jugoso y apetecible, acompañado con patatas. Todo muy rico.

Durante la sobremesa, entre el postre y el café, una congostreña a la que no le quedaba ya licor café, comentaba con la que tenía enfrente, lo gracioso que resultan algunos chistes cuando te encuentras un punto. Entre los más significativos están:
-          Una madre pregunta a su hijo: ¿cariño que quieres desayunar? ¡Colacao, mecajoendios! Contesta el niño.
-          La madre se lo cuenta a su marido y éste decide darle el desayuno al día siguiente, para reparar esos malos modos…
-          A ver niño, ¿Qué quieres desayunar? pregunta el padre, ¡Colacao, mecajoendios! Contesta el niño. El padre le da dos tortas mientras le dice: ¡Que sea la última vez que contestas eso!, y el niño asiente.
-          El padre cuenta a la madre que el tema ya está arreglado, así que al día siguiente, la madre vuelve a preguntar al niño: ¿cariño que quieres desayunar? ¡Colacao NO, mecajoendios! Contesta el niño.
Los comensales que lo habían pillado se reían mientras querían meter su propio chiste.
Entre dos cazadores se establece este dialogo:
-          ¡Véndoche un can!
-          ¿E que fajo con un can vendado?

Unos se acostaron pronto mientras que otros fueron a tomar unos chupitos por el pueblo. En una habitación cualquiera ocurrió un evento: Un congostreño reciente, preocupado por no molestar con sus ronquidos, les comenta a los otros dos compañeros en un tono casi avergonzado: tengo que comentaros algo… El congostreño más cercano se pone en guardia para recibir la noticia. A lo mejor, no os dejo dormir, les dice, porque que yo he bebido un poco y cuando bebo, se me levanta. El congostreño que esperaba la noticia, no se imaginaba esa noticia. Con los ojos totalmente abiertos y el culo apretado, le pregunta: ¿Qué? Mientras el tercer congostreño más veterano hace esfuerzos por no atragantarse de la risa. El avergonzado, atónito por la risa del tercero, vuelve a repetir la frase, sin entender por qué se ríe. Le vuelven a hacer la pregunta pero sin casi querer saber la respuesta: ¿Qué se te levanta?, pues el ronquido, contesta, ¿qué va a ser? El tercer congosteño ya explota a carcajadas. Creí que querías proponerme matrimonio, dice el segundo congostreño, joder que susto me has dado. Una tímida sonrisa se esboza en la cara del que se le levanta.

Es lo que tiene la riqueza de culturas, unos emplean los verbos con un significado y otros le dan otro. (Dile a un taxista argentino que lo quieres coger).

Seara-Lagoa Lucensa: domingo día 3.
Nos levantamos con el quiquiriqui a la misma hora del sábado. El desayuno esta vez es más informal y en la cafetería Felix. Nos piramos a la parroquia de la Seara para dar la salida. Dejamos los coches en la carretera de Vieiros y comenzamos la ascensión.

La primera parada es en la catarata de Fondo de Petoda, allí se hacen fotos con el chorro de agua a las espaldas. Media hora más tarde nos encontramos en el centro de la laguna Lucenza. Estaba cubierta con una capa de nieve, pero sin una gota de agua. Una congostreña amontonó un poco de nieve, lo decoró con un gorrito verde, se parecía a un muñeco de nieve o a un gnomo. Haciendo piña, nos colocamos para la foto de grupo con la cabeza en el centro. Había un perrito empeñado en tumbarse justo en las narices del Noel improvisado. Costó pero conseguimos la foto.

La nieve nos alfombró todo el camino y el sol calentaba a ratos. Mirases donde mirases la imagen era de postal, todo recién nevado. Llegamos a Devesa da Rogueira, estaba tan blanco como el lago, los carteles indicadores tenían cristales formados con el frio y la nieve. Es el efecto “cencellada”, se da cuando la niebla húmeda es empujada por la brisa y choca contra una superficie sólida a bajas temperaturas formando plumas y agujas de hielo. Toda la devesa sufría este efecto en cada hierba o matojo.

Cruzamos un bosque arbolado decorado de blanco para ponerlo acorde con las fiestas. Nos llevó este camino, hasta “a Fonte do Cervo”, manantial que de una misma roca brota en dos hileras, de aguas ferruginosas y aguas calcáreas, muy útiles para estimular el apetito. 

El siguiente punto es el Formigueiro, todos menos cuatro conseguimos llegar. Se estaba bien, calentaba el sol y no hacía aire. Como aún era temprano para comer, decidimos crestear hasta el camino y reencontrarnos con los prófugos. Durante la bajada, un desperdigado toma un atajo, pero como no hay atajo sin carajo, tuvo que volver sobre sus pasos y correr para alcanzar al grupo. Sobre las dos, en pleno camino, en una ladera soleada, nos recreamos con la vista y saciamos el estómago.

Seguimos bajando por un sendero recién descongelado y el suelo era un firme deslizante. Este sendero nos llevaría  justo al grupo de casitas que componen Vieiros. Al atravesar la carretera asfaltada y adentrarse en Vieiros, el de los atajos, retrocede unos metros para cerciorarse de que no queda nadie atrás, y cuando entra en el pueblecito había dos posibilidades para ir a “Fervenza de Vieiros”. Cómo no es asiduo de las apuestas, erró en la elección, yendo y viniendo por todos los caminitos del pueblo, para luego intentarlo por el correcto, pero ya con mucha desventaja. Iba berreando con su ya conocido grito de pastor, pero no había contestación. Del otro lado, también hacían lo propio, pero no había cobertura. El grupo, una vez llegados a los coches, toman uno y retroceden por la carretera. A unos pocos metros ven a un senderista que se tapaba los ojos para no ser deslumbrado y jugando con un bastón como si fuese una hélice o imitando a una vedette. Por otra parte, el aventurero veía unas luces que se acercaban, y con su suerte, pensaba que era un ovni y que venían a abducirle. (Le consolaría si por lo menos fuese una marciana negra y una rubia). No fue así, salieron del coche unos ogros roñosos que le echaron la bronca.  Este percance acortaba el tiempo de las cañitas, por lo tanto una vez en Quiroga,  uno para el albergue para cambiarse y otros para casita…

Esta vez sin abrazos, besos ni despedidas…

Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,

¡Hasta la próxima! Agur…

FOTOS PATEADA 232










Fotos por gentileza de Antonio Vidal

CRÓNICA PATEADA 232


Río Deva (Pontedeva - Ourense) 18/11/2017

El día comenzaba con incidencias: pasadas las nueve, llega un veterano congostreño, contando los desacuerdos que ha mantenido con su despertador intentando justificar que llegaba tarde. Contaba con él como refuerzo y le falló. Habitualmente su despertador integrado y moldeado en las C.O.E.S. le es suficiente, pero a ciertas edades, todo falla.

Llegamos a la escondida capilla que era la referencia para comenzar la pateada. Los doce congostreños nos acoplamos las mochilas y ajustamos las botas; en el momento de salir, se oye una exclamación de lamento: ¡las llaves! Me han quedado dentro del maletero. Era el mismo que se había enemistado con su despertador a primeras horas. Estaba claro que hacía grandes esfuerzos por arrebatar a otro congostreño el título de “empanao”.

Menos mal que ahora contamos con grandes tecnologías de la comunicación para conectarse a internet con el teléfono y consultar otras experiencias y posibles soluciones. Su teléfono tenía vida propia. Parece que tenía una grieta en la pantalla y los electrones daban saltos para sortear la grieta y tropezaban unos con otros, formando una cadena de órdenes contradictorias que hacían secuencias de entradas y salidas de los programas del teléfono. ¡No es su día!

Se barajan varias teorías: la del cordón, la de la chapa, la del destornillador, e incluso la del móvil en  paralelo, pero todas anticuadas que no afectan a un coche de hoy. La mejor y más efectiva fue la típica no basada en internet: una amiga llama a otra amiga que conoce a la sobrina de otra amiga que va a comer a casa de su mamá que vive cerca del punto de salida de la pateada: Se consigue poner en contacto a la mujer del damnificado, que da la llave a su hijo para que se la dé a la sobrina de la amiga para que se la entregue a su madre, luego la primera amiga pasa a recogerla y entregársela al nuevo “empanao”. Todo muy claro, ¿no?

Ya pasaban de las diez y media cuando conseguimos arrancar cuesta arriba. Caminamos bajo la niebla y el clima humedecido que ésta deja. En poco rato llegamos a una pequeña ermita. Estaba cerrada y lo único que pudimos ver era el exterior de estilo románico con contrafuertes.

Diez minutos más tarde estábamos en el Mirador de Padrenda. Desde un banco (de sentarse) del monte Lodairo, se pueden divisar dos países: España y Portugal. Cuentan que en sus proximidades, un labriego mató al último oso pardo de Galicia. Fue en 1946, en Couceiros, allí un vecino llamado Camilo Lloves, acompañado de un niño de catorce años, se encararon con un oso que no los veía con buenas intenciones. Camilo, tuvo que defenderse con una horquilla de la paja, que era lo único que tenía. La suerte lo acompañó y consiguió herir al oso y neutralizar los efectos de sus garras. Finalmente lo remató un guardia civil del  puesto fronterizo de Ponte Barxas. Los periódicos de la época, se hicieron eco de la noticia y publicaron que era el último oso gallego. (Nunca supieron si subía o si bajaba).

Con el acondicionamiento del mirador, cómo labriegos hay muchos, se decide hacer un homenaje al oso, para ello atornillan sobre una roca, la silueta de chapa pintada de negro y así cuando se visita, se ve la sombra del oso para recordar que no hace más de sesenta años había osos  por la zona.

Continuamos por senderos anchos de tierra hasta  la capilla de la Virgen de Portela, era del mismo estilo que la anterior, pero de mayores dimensiones. Alguien advierte gritando: no toques la campana, que te conozco. No había campana que tocar.

Se habían oído ya varios gritos de un famélico cuando paramos sobre un depósito de agua de grandes dimensiones. Fue el lugar elegido para tomarnos el plátano. Poca ceremonia. Lo de siempre, sacarlo de la mochila, pelarlo en dos o tres tiras, según la habilidad del pelador, comérselo y finalmente deshacerse de la cáscara.

Media hora más tarde llegamos a la población de Trado Pequeno. Ahí había un lavadero con una fuente que sirvió para reponer agua. Justo en el cruce había una pequeña construcción típica de Galicia: un “peto das ánimas”, una de las manifestaciones materiales del culto a los muertos, generalmente, sencillos monumentos de piedad popular asociados a la idea del purgatorio. En Galicia es frecuente encontrarlos en caminos, encrucijadas, atrios de iglesias, etc. Su finalidad es la de ofrecer limosnas de todo tipo a las ánimas del Purgatorio, siendo su castigo temporal y pudiendo así alcanzar el Cielo. En compensación, una vez liberadas intercederán por quienes realizaron las ofrendas. La precuela de la caja “B” de la iglesia y tráfico de influencias.

Antes de salir del pueblo tuvimos que probar la calidad de unas manzanas que nos llamaban desde el purgado árbol totalmente deshojado. A la salida, entramos de lleno en un tupido bosque de castaños y robles. Atravesamos la carretera que va a Pontedeva y seguimos las indicaciones del PR-G 175, Ruta do Monte de S. Xusto enlazado con la Ruta del Río Deva, justo en el punto del Puente Ballote, uno de los muchos puentes que cruzan este río. Seguimos el río por el margen derecho hasta Ponte. Allí cruza el puente que da nombre a la localidad y cambiamos de orilla, que no de acera. El entorno está formado por árboles predominantemente caducifolios, como arces, robles, castaños, sauces y abedules, unidos a una frondosa vegetación arbustiva y herbácea, mezclándose constantemente con el encanto de los sonidos del agua siempre peinada por los helechos de río y musgos, lo que hace de este sendero un verdadero placer para los sentidos.

Llegamos al Área recreativa de Freans de Deva; como parecía un gran lugar para tomar el bocadillo y aún era temprano, decidimos recorrer lo que faltaba de rio y volver para el ágape. Un famélico, picado por otro menos hambriento que iba por la otra orilla aceleran el paso y cruzan el puente de la carretera que va de Trigueira a la Aldea de Deva para intercambiar de orilla. Casi sin darse cuente el recorrido que requeriría una hora lo hacen en apenas veinte minutos. Al hambre solo le ganan los huevos, cocidos eh.

Un poco más tarde, llega el resto del grupo, sin muchas prisas, como alimentados de la belleza del lugar. Tomamos posesión de las mesas y bancos de piedra para preparar el almuerzo. Los bancos estaban fríos y cada uno lo acolchó según sus calenturas. Unos al sol otros a la sombra, dimos cuenta del aperitivo.

El regreso se hace de forma tranquila, coincidiendo con un sendero portugués llamado “Camiño Miñoto Ribeiro”. Pasamos por A Corredoira y seguimos hasta Trado. Allí, en una fuente, se hace tiro al blanco, bueno para más claridad diré que se hizo tiro del palo a la manzana. No todos tuvieron suerte.

Rodeamos el parque industrial para llegar a un mirador con vistas al Miño. En este punto se hace una foto de grupo para la posteridad. Desde aquí nos dirigimos a la pequeña capilla de San Xusto y desde aquí al final del recorrido.

Mientras nos cambiamos de ropa, dábamos tiempo para que trajesen la llave prófuga. Una congostreña que se prodiga buena repostera, ofrece un bizcocho cortado en trocitos. Ante el alago de su gran sabor, la repostera contesta que el secreto está en los huevos de su padre. ¿y aún le quedan? Le pregunta otro congostreño. ¡Buenooo! Contesta la huevera con cara de risa, le quedan huevos para muchos más.

En apenas veinte minutos teníamos la segunda copia recibida con aplausos al abrir el maletero y encontrarse con la culpable.

Las cervezas se toman en el mismo lugar que la anterior, en la tapería San Caetano. Nos repartimos en las pequeñas mesas del interior ¡Ah!, esta vez, la cañita con limón, viene en el orden correcto. Al no haber tortilla debido a la anarquía del teléfono del nuevo empanao, nos calmaron el hambre con bocatitas de bacon con queso.

Todo muy rico.
Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,

¡Hasta la próxima! Agur…

CRÓNICA PATEADA 231

Río Gorgua- Esmoriz
Padrende (Baixa Limia - Ourense) 28/10/2017

Salimos del cruce de San Amaro hacia Padrende sobre las diez y veinte, lo hacemos por un camino asfaltado franqueado por vegetación seca y árboles pelados. Atravesamos un lugar con algunas casas y una carretera, para adentrarnos ya en el bosque del lugar.

La primera visita está en las alturas. Se trata de un mirador en ofrenda al Arcángel San Miguel. Además de las vistas, contiene una pequeña capillita, cerrada al público, que custodia sus reliquias.

La siguiente parada se hace atendiendo a una lugareña de Monterredondo de Padrende, según ella dijo con voz orgullosa. Nos comentaba las delicias de su pueblo y cómo los jóvenes no sabían apreciarla y se marchaban de él. Ingratos !.

Después de despedirnos de la buena señora, nos refrescamos con el agua de una fuente falangista construida en 1961. Su escudo con flechas entrecruzadas estaba recién pintado de color rojo. Ya fresquitos, el guía quiso explicarnos con el ejemplo, por qué se llamaba Monterredondo: dimos una primera vuelta para ver no sé qué roca con aspecto extraño que emanaba de la tierra justo al lado de una casa, con la que compartía pared; la siguiente vuelta fue para comprobar si sabíamos orientarnos. Cuando quedó claro que estábamos en Monterredondo, tomamos la verdadera salida.

Volvemos a caminos asfaltados que atraviesan zonas boscosas, para incorporarnos ya al bosque con caminos alfombrados de hojas secas. Cada núcleo de casitas que pasábamos, encontrábamos la misma estampa: hórreos enormes que tuvieron mejores tiempos, casas que ahora no son más que un montón de piedras que conservan aún la estructura, y alguna casita rehabilitada de gente que añora su tierra.

Uno de esos núcleos de casitas es Quintana, allí solamente nos llamó la atención una sombra de oso que asomaba en las alturas. Se trata del mirador, que como no tendría muchos visitantes le incorporaron varios tiros de escaleras para vagos. ¡Ah! y a mitad del recorrido de las escaleras, añadieron una fuente y un banco, no vaya a ser…
En este mirador, cobró protagonismo una plancha negra con forma de oso; todo el mundo quería hacerse una foto en su compañía.

El próximo punto de interés es un bosque caducifolio, autóctono de Galicia,  que habitaba una ladera casi impenetrable, entre el río y el camino que pisábamos. El guía tuvo que enfatizar este hecho, para que no pasase desapercibido por los despistados caminantes.

En un tramo del camino en pendiente, clavado en un árbol a la altura de la vista, de la gente de altura media, claro, había dos letreros: uno decía sin más: “ZONA PELIGROSA”, el otro hacía publicidad de una ruta con el tipo de letra que mete miedo: “Ruta do Inferno. BAIXADA INFERNAL”. Coño, que razón tenían, el camino estaba lleno de hojas y de vez en cuando había piedras separadas. A nadie en su sano juicio se le ocurriría meter por allí, sin la debida advertencia, una ruta del IMSERSO. No quiero ni pensar en los atropellos de viejecitas con andador, atascos de los más adelantados con el bastón entre las piedras, e incluso alguna fractura de cadera con un tropezón con los agachados buscando su dentadura.

Este infernal sendero nos remite a un pueblo llamado Gorgua, creo. En él había un merendero cerca del río, situado a la sombra, que parecía llamarnos para comer. Ya eran las dos de la tarde y había partidarios de tal menester, pero el guía pretendía alargar un poco la distancia y que ganásemos el sustento, así que le seguimos carretera arriba y cuando todo el mundo se resigna, se da la vuelta y vuelve al merendero, no para comer, sino para tomar un sendero que partía de allí rio abajo.

El sendero nos lleva otra vez al mismo pueblo, pero con entrada por otro extremo. Pocos se fijaron en un portal de un escultor de reciclaje. Tenía en cada columna del portal una obra de arte, creada con piezas de reciclaje soldadas para formar la figura.

Daban ya las dos y media en el campanario, cuando llegamos a una zona del río que parecía propicia para comernos el bocadillo.  junto a un molino, con una pequeña mesa solo para dos. No tenía  las mesas ni bancos como la anterior, pero no sería lo mismo si no comemos sentados en el suelo, o los más afortunados en una piedra. Afortunados no por la piedra, sino porque no esté afilada, porque la cosa no tiene gracia, pero podría partirse el culo.

No tenía mesas, pero a su favor, tenía un puente romano milenario, en el que nos hicimos varias fotos simultáneas de grupo, anverso y reverso, cara y cruz, de cara y de culo.

El camino que nos esperaba, era muy otoñal, transcurría a los márgenes del río Gorgua. Estaba plagado de hojas y a los márgenes había árboles enormes que ya estaban huecos. Atravesamos alguna pasarela de madera y caminos señalizados con troncos que dibujaban el camino. Contemplábamos pequeñas cataratas aunque no estaban en su esplendor.

A la altura de Freáns, había un enorme arco que soportaba el puente por donde transcurría la carretera. Estaba construido en arco de medio punto y con piedra, al estilo romano. El arco daba paso al tímido Gorgua que apenas llevaba agua.

En las cercanías del puente, había una iniciativa de parque que se quedó en palco y mesas. El palco fue aprovechado por un espontáneo que se dirigió a las masas con profundos razonamientos filosóficos. Parece ser que en el 2005 había que gastar pasta del Fondo Social y no se les ocurrió otra cosa (estaba subvencionado por la Consellería de Traballo e Benestar y cofinanciado en un 80% por el Fondo Social Europeo, según un letrero pegado a un derrumbado molino.)

En un momento del camino, apareció un batracio camuflado en el verde musgo del muro. Unas decían que era un sapo, otros que era una rana. Dudaban de si un beso conseguiría arrancar de su conjuro a Angelina Jolie o si el atrapado sería Brad Pitt. Todos quedamos con la duda.

Fue en Gresufe, donde unos recolectores de madroños rompieron la continuidad de la fila de caminantes. Un irresponsable se queda a esperarlos para indicarles por dónde continúa el camino y consigue que solo se extravíen cuatro, incluido él.

En la tapería San Caetano, el guía tenía negociadas unas tortillas para acompañar las cañas. Nos repartimos en las pequeñas mesas que había fuera y entre pullas y risas, algunos conseguimos probar la tortilla y el embutido de chorizo y salchichón que adornaba cada plato. ¡Ah!, si eres de los que toma cañita con limón, corre y pídelo de primero. Parece que hay un acuerdo de camareros, no escrito, que obliga a dejarlos para el último.

Todo muy rico.
Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,
¡Hasta la próxima! Agur…