CRÓNICA PATEADA 215

Bueu – 03/12/2016
Nos reunimos en  el recinto de festejos delante de la Iglesia de Cela. Poco antes de las diez, comenzamos diecisiete pateantes y el de las chanclas, que no sé si cuenta como senderista.

Comenzamos atravesando el pueblo por una serie de cuestecitas asfaltadas, subiendo y bajando. En este lugar, es casi imposible encontrar una carretera nivelada. Este desnivel favorece que casi todas las casas gocen de una claridad y unas vistas de la ría, que no interrumpen las viviendas de los vecinos.

Llegados a un punto, el guía nos para para que disfrutemos de las maravillosas vistas de la ría. Mientras estábamos parados intentando identificar todo lo que se podía divisar a lo lejos, una congostreña imitó el sonido del burro. Dice que lo hace porque es una “rebuznancia” que Bea vea las vistas.

Pocos vecinos se divisaban, y los que se veían estaban a su bola, como tristes. ¿No sería porque les han puesto a la entrada y salida un letrero que pone “A PENA” y lo llevan interiorizado?

Ascendemos por un descuidado camino  entre las lindes de los muros de dos vecinos. Nos adentramos en zona alterna entre tierras de cultivo y bosque de pinos, robles y otros. Al ver el primer camino embarrado, a la mayoría les vino un congostreño a la cabeza. “a ver cómo te apañas, pensaban”. Se apañó sin problemas. El camino continuaba por zonas de vegetación tupida, pero despejado. Dicen que hay un grupo que lo utiliza para senderos de bici y lo tienen muy cuidado.

Sobre las once, nos encontramos una casa ecológica en medio de la nada, entre árboles,  a pocos metros de una carretera poco frecuentada, que atravesaba el bosque en dirección a Ermelo, creo. Después de cruzar esta carretera, los ciclistas se olvidaron de nosotros. El camino ya no estaba tan limpio. Subimos un sendero entre árboles, para luego bajar por una zona a la que le habían cortado los árboles recientemente, dejándola hecha una pena. Luego volvimos al bosque encantado, bueno, encantado estaba yo, de ver esos caminos de toda la vida que cruzan todo el bosque sin desentonar con el paisaje.

Llegados a un camino sobre las once y media, el guía dio síntomas de estar buscando algo. Alguien le comentó no sé qué, entonces el guía parece que se picó y nos condujo por entre la maleza, lo que en Congostra conocemos como “el camino del jabalí”. No se va a picar hombre, si va provocando, mira que salir al monte con pantalones cortos… cualquier ortiga o tojo que se precie, tienen que hacer su trabajo. No sólo se había picado él, algunos también sufrimos la ira de los tojos.

Este improvisado sendero sobre hojas secas y helechos marchitos, nos llevó a un camino marcado como tal. El vigilante del horario de comidas reclama que ya son horas, y la zona se prestaba, así que allí mismo tomamos el plátano. No todo el mundo respeta la tradición y sacan otras exquisiteces impropias de montañeros. No es de extrañar que ni puedan protestar cuando se continúa la marcha, sólo pueden emitir sonidos guturales como hmm, hmm, y des pues de tragar… ¿yaa? Daban las once y media en el campanario más próximo, cuando levantamos el petate para continuar. Media hora más tarde, estábamos cruzando el Río Bouzós y adentrándonos en un bosque de robles casi deshojados para que  finalmente  llegásemos a Ermelo. Allí, visitamos la iglesia. Un congostreño que colecciona sonidos de campanas, tiró de la cuerda para quedarse con otro más para su colección. Visitamos la Cruz de Ermelo desde aquí, pero dando un rodeo.

Subimos al monte de la Esculca en busca de la cruz. Le llaman esculca porque les servía de punto de vigilancia. Al ver desde lejos la cruz clavada en la piedra, lo primero que viene a la mente es “Escalibur”, la espada legendaria del Rey Arturo. Aquí, los caminantes re revolucionan y se mueven de un lado para otro. Alguien grita: ¡foto de grupo! Dos fotógrafos improvisados ponen temporizador a las cámaras y corren para situarse. A lo lejos llega corriendo un tardón que quería encajar en el grupo. Hubo que repetir por si acaso.

Aprovechando la aglomeración, un espontáneo nos cuenta que en un principio la cruz estaba destinada para albergar una luz y hacer de faro y como justificación muestra unos surcos a cada lado que se supone eran para pasar el cable. No sé cómo interpretarlo, pero esos surcos los tienen las espadas cristianas para dar salida a la sangre y dar una muerte rápida a cada embestida.

No tienen iniciativa, si lo que querían era dar luz, podrían negociar con Fenosa y si eso falla,  con los paritorios,  para que las embarazadas fueran a dar a luz allí. Algo es algo.

Volvemos al bosque por zonas libres de vegetación y alfombrado de hojas secas. Tuvimos que continuar por un camino repleto de vegetación. El camino paralelo estaba más transitable. Lelo no había venido, así que tomamos su camino el camino que nos llevó a un lugar diseñado como merendero, con mesas y bancos de piedra. No eran horas, apenas la una y media, así que allí se quedaron y seguimos por una pista claramente para ciclistas. Estos caminitos nos llevan a la Cruz de Paralaia. Corría un viento ya legendario en la zona. Las vistas, preciosas. Se toman fotos panorámicas y de postureo. Ya eran casi las dos y no parecía haber mejor sitio en el camino para zampar el bocata, así que nos repartimos por  una enorme roca en pendiente, imitando las gradas de un estadio o las butacas de un cine. Alguien dijo: ¡Aquí, en la fila cuarta tienes una butaca libre! El lugar estaba situado hacia el sur, al abrigo del viento.

Llevamos las botas otra vez al camino. Volvemos a los mismos bosques pero por otro camino. Más tarde supimos de la habilidad del guía para conseguir que en un bosque de poco más de un Kilómetro en diagonal, consiguiera tenernos entretenidos andando casi veinte kilómetros. Menuda empanada tenía el guía.

Al llegar al punto de salida nos tomamos las cañas en el Restaurante Iglexario, allí el guía nos trae la empanada de zamburiñas. La troceó en veinte cuadraditos de los que no quedaron ni las migas. La camarera, se sintió aludida y también trae raciones de empanada y tortilla. La tortilla, a pesar de no estar caliente, era mejor que la del guía, pero la empanada, ni la sombra.

Cuando entramos en el bar, no se oía ni el sonido de las moscas al volar. Es un bar de carácter íntimo, silencioso y acogedor. Después de entrar nosotros, tampoco se oían las moscas, ni la gente, ni la tele. Sólo se oían los gritos de reclamos de la cerveza y de alabanza la empanada mientras se masticaba.

Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,
¡Hasta la próxima! Agur…


FOTOS REDES

CON UN POCO DE RETRASO LLEGAN LAS FOTOS DE FONSI, VALIÓ LA PENA ESPERAR !!!FOTOS FONSI

ENLACE FOTOS REDES

PINCHAR

CRÓNICA PATEADA 214

Soto de Agues (Parque Natural de Redes) Asturias: 18-19-20/11/2016

Viernes 18
Llegamos el viernes por oleadas. El bar, a la hora de la cena estaba “petao”. Había habido una confusión de grupo y la cocinera alimentó al grupo equivocado. Algunos congostreños tardones tuvieron que conformarse con un bocata (de su macuto) y una cervecita, arrimados al pequeño mostrador. Una congostreña, ya veterana, a pesar de su corta edad, apenas pasa de veinte años dos veces, imitando al cuco, se sienta entre los comensales, en un banco de la mesa “desbancando” a otro que ya había terminado, consiguiendo un espacio calentito donde paparse unas “almondigas”.

En el reparto de literas, se sigue la discriminación de género: los niños con los niños y las niñas con las niñas, pacto tácito debido a la sensibilidad que muestran algunas, a los sonidos arrítmicos que entonan otros en su fase rem. Eso mientras se pudo, pero al final algunas se colaron.

Las literas estaban distribuidas de dos en dos con dos alturas y un pasillo de separación del ancho de una alfombra de tamaño medio.

Cuando parecía todo en calma, llega un par de tres. Desconozco exactamente dónde se estaba produciendo una batalla entre un hombre y una cremallera, de algún sitio salía una voz que decía en tono conciliador, algo así: “Carambas, no puedo cerrar la cremallera. Ves, empujo pero no sube, está atascada, Debe estar defectuosa, no cierra”…

Seguramente estos comentarios iban en solicitud de ayuda de alguna experta en cremalleras, que responde con cariño: ¡Cállate, coño,  metete en el saco de una vez y deja de dar el coñazo!... O algo así.

Se hace el silencio un ratito, luego, una litera de las altas comienza a emitir durante un buen rato, unos ruidos curiosos: ñiñi, ñiñi, ñiñi. Estos sonidos provocan incertidumbre en los vecinos de las literas de abajo: Uno se preguntaba: ¡coño!, ¿ahí no había subido una chica, cuándo subió el otro? El segundo pensaba con cara de envidia: ¡Cómo aguanta el tío!

Ganó la cremallera, por la mañana apareció el valiente guerrero durmiendo medio destapado con aspecto de rendido.

Sábado 19 (Retriñón, Ruta del Alba)

A las siete ya estaban sonando las alarmas y comienza el movimento en las literas. Caras perezosas y cuerpos zombis se mueven sin mucha coordinación. Sin ducha y sin café, no son personas. Cada uno prepara su mochila y acomoda la leonera mientras espera por el desayuno.

El día amanece estrellado y frío. Pasan de las ocho y media cuando estamos atravesando el fantasmal pueblo. Ni un alma se cruzó a esas horas. Nos dirigimos, los veinticuatro integrantes, al Desfiladero del Alba.

La primera parte del sendero está acondicionada para domingueros y niños con bicis. Su ancho y liso cementado facilitaba la recogida de castañas. Algunas vacas solitarias nos observaban con resignación desde grandes prados. También nos observaba un puente de madera no muy fiable, tenía un letrero que advertía: “No pararse, una persona cada 5 mts. El camino era tan largo y bonito, que los forofos de las fotos se paraban a cada paso, tuvimos que reagrupar con frecuencia.

Básicamente, el sendero transcurría paralelo al Río del Alba hasta el Refugio de Pastores del año 1965, que queda al final del sendero dominguero. Alcanzamos este refugio sobre las diez y media. Estaba bien cuidado y gozaba de una terraza privilegiada, alfombrada con verde hierba, y unas mesas de madera. Lo aprovechamos para tomar el plátano. Aquí, nos despedimos de dos congostreñas, una porque estaba mal y otra que estaba bien, pero quería acompañarla.

El camino ahora ya es para senderistas. Se estrecha y se cubre de tojos. Los acebos muestras sus verdes hojas en contraste con los rojos frutos. Alternamos caminos estrechos con calvas arboladas repletas de hojas secas. También topamos un árbol hueco que aprovechamos para hacer fotos típicas.

A la Collada Felguera llegamos sobre la una de la tarde. Aquí una congostreña reciente, quiso probar un walkie-talkie que le habían dejado para darle confianza, pero no recibía respuesta. Se habían olvidado de avisarle que si uno está apagado se necesita gritar más para conectar. También se aprovecha la parada para tomar algo que caliente el cuerpo.

Entre la Collada Felguera y la Collada Valencia, había unos puntos del camino de un barro muy blando. Unos lo sorteaban,  otros lo saltaban. Según parece, una pareja que caminaba junta, ella rodea el barro, mientras él lo salta, coincidiendo en el punto final. Él, que había saltado, para no tropezar, se queda en equilibrio con una pierna y la otra levantada preparada para continuar el paso. Ella, tarda en dejar libre el camino, así que él intenta mantener el equilibrio aleteando con los brazos durante unos instantes, para finalmente sentarse en el barro. Ella le dedica unas palabritas de ánimo.

Desde la Collada Valencia, comenzamos la subida al Retriñon. Cinco congostreños ya desistieron de la salida. Deciden comer al abrigo de una casita de la collada. El resto tira para arriba.

La subida va consumiendo la fuerza de los caminantes. Subimos en zigzag con la mirada en el pico del horizonte. Cuanto más subes más lejos parece el pico. Seguro que hay algún asturiano detrás, que va tirando del pico más lejos cuando nos pilla despistados.

Los que van llegando a la cima, se ven premiados con una ventisca fría y fuerte. Unas congostreñas no tienen la precaución de meter piedras en la mochila para compensar fuerzas con el viento y se ven vencidas y casi por el suelo. Después de un duelo con el viento, se decide bajar por dónde se había subido, gesto que se ve agradecido por los que les faltaba unos cuantos metros por llegar.

Pero si subir era una hazaña, bajar no era menos. Otros asturianos, mientras estábamos subiendo, seguramente fueron sembrando de piedras sueltas la ladera de bajada, para facilitar el concurso de caídas de culo, pero hubo recuento porque hacían trampa.

Al final, siete valientes subieron la cima y continuaron el camino cresteando por la parte trasera, los demás querían participar en el concurso de caídas de culo y volvieron por donde habían subido.

La lluvia, que estaba encargada para las cuatro, según unos y a las seis según otros, apareció cuando faltaba media hora para llegar.

La faena no había terminado, no todos tienen el suficiente equilibrio para mantenerse en bolas, sobre unas zapatillas en un charco de agua y con los brazos ocupados con la ropa limpia. Las duchas eran tan justas que no te podías secar dentro sin desollarte los codos. Era digno de ver como algunos, con escaso equilibrio, intentaban ponerse los pantalones sin caerse.

Después de la pelea con la ducha, bajamos a cenar. Comentamos las hazañas de cada grupo. Esta vez ocupamos todas las mesas. Nos sentamos en dos grupos. Sopita caliente, empanadillas “automontables”, pitu a la naranja y a la cama. Esta vez ya rendidos y más silenciosos. Algunos forofos del ajedrez se quedaron a matar el gusanillo, pero un par de partidas, nada más.


Domingo 20 (Soto Agües-Pico Cogollu)

A las siete de la mañana, suenan dos despertadores: uno con el sonido típico el ti-ti-ti, ti-ti-ti. El otro personalizado: “Joder, con lo bien que dormía ahora, coño”, seguido de un ñiñi, ñiñi, ñiñi, mientras cambiaba de postura.

Aún faltaba un poco para la hora acordada, pero algunos tienen el sueño corto y el culo inquieto. Tardaron un ratito en ponerse a tono. Se recoge sin muchas ganas porque nos daban permiso para volver a ducharnos antes de comer en el albergue.

Esta vez amaneció oscuro y con el aire caliente. Antes de cruzar el puente se queda medio grupo para fotografiar un hermoso árbol. Como si no hubiese bastantes en el monte.

Tomamos la misma parte del camino que el día anterior, pero a mitad del recorrido dominguero, tomamos una pequeña cuesta que no se terminó hasta que llegamos al puñetero cogollu.

Los que podían respirar, sacaban fotos del espléndido contraste de colorido que da el otoño a esta zona. Otros sólo tienen tiempo para tomar aire y preguntarse si falta mucho. El camino está totalmente alfombrado de hojas caídas. Conseguimos llegar a un repecho que parecía el final. Ahí, después del fiasco de los que esperaban que fuese el final, tomamos el plátano para reponer fuerzas. Eran sobre las diez y media. Hacía frío y volvimos rápidamente al camino. Esta vez por el lado contrario al camino de subida. Cresteamos un poco para llegar a la campa a los pies del pico Cogollu. No todos tenían la fuerza para subir.

La bajada se realiza casi por el camino del jabalí. Bajamos por una ladera entre los helechos y tojos hasta encontrar un camino que no era el que buscábamos. La dirección era la correcta. En una parada para repostar, nos encuentra una pareja de senderistas lugareños que nos indican por dónde deberíamos haber pasado, pero a lo hecho, pecho.

A partir de aquí no había pérdida. Nos encontramos con una estampa preciosa. Los más imaginativos dijeron que eran las casitas de Heidi y Pedro en una gran parcela cada una. La lluvia nos visitó a partir de las doce para dejarnos después de las duchas.

A un congostreño que partía de atrás, le entró la prisa, a saber por qué. Iba rebasando caminantes mojados, caminantes bajo paraguas y de repente, se ve sorprendido al ver unos fantasmas de sábana roja que oscilaban por el camino. La curiosidad le hace apretar el paso. Al llegar a su altura se dio cuenta de que tenía gente dentro. Se trataba de dos congostreños con un poncho de talla única. La lluvia distorsionaba la imagen.

Las duchas seguían en el mismo sítio. La aventura se repite. Se cargan los coches para adelantar tiempo, antes de la comida.

La comida consistía de un manjar de ensalada caliente con champiñones o pote. El segundo era jamón al cabrales  o pitu de corrales.  Cuando sirven el pote, (una especie de cocido de grelos y garbanzos en un puchero), una congostreña estratégicamente situada, bloquea la olla y se la queda, a pesar de haber pedido ensalada. Quería probar, se sirve y  ofrece a los demás muy educada ella.

Unos congostreños situados al fondo comienzan a gruñir y a gesticular. Jo, como se ponen porque era lo que habían pedido ellos. Pero si aún quedaba un garbanzo para cada uno.

Después de los abrazos, besos y despedidas…


Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.

¡Hasta la próxima! Agur…