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CRÓNICA PATEADA 325

 VIEJETES A LA FUGA

Después de desayunar en el comedor, los viejitos de aquella residencia de mayores
pasaron a la sala donde les administraban su medicación. Pastillas para el reuma, para la
tensión, para los huesos. Que si el ácido úrico, que si el colesterol, que si el riñón. Cuando las
enfermeras terminaron con la medicación, la mayoría de los ancianos fueron a un salón a jugar
a las cartas, ver la tele, leer la prensa o hablar mal de sus nietos. Pero hubo tres que se
quedaron en la sala de la medicación. Sea porque esa sala tenía vistas a la ría, porque se
llevaban mal con los demás o porque les dio la gana, lo cierto es que allí se quedaron.
No tardaron en juntarse frente a las vistas a las Cíes. Absortos como estaban en la
contemplación de las gaviota, el oleaje, los barcos mercantes y los furtivos en los acantilados,
aún les llevó un tiempo empezar a hablarse.
—¿Os acordáis de cuándo éramos jóvenes? Qué tiempos aquellos.
—Yo ya ni me acuerdo —decía Eusebio, a sus 96 años—.
—Ah, pero ¿fuimos jóvenes alguna vez? —dijo Serafín— Yo pensaba que nací así, con
91 años. Debe ser por la medicación.
—Es una gaita esto de la medicación —terció Esteban, de 87 años—.
—No te quejes de las pastillas —susurró Edelmiro, de 91 años—, peor sería si nos
pusiesen supositorios para todo.
—Entonces no irías tanto al médico a por recetas ¿a que no?
Después de unas risas, Eusebio les propuso un pequeño reto.
—¿Cuál es el mejor recuerdo de vuestras vidas?
—Pues yo…—empezó a contar Esteban—una vez que le arreé a mi suegra con el
rodillo de amasar.
—¡Coño! Pero… ¿Cómo tuviste valor para algo así?
—Cuatro vasos de vino te hacen muy valiente.
—¿Y tú, Edelmiro?
—Mi mejor recuerdo es haberme escapado de casa cuando mi mujer dijo que su
madre se venía a vivir con nosotros. Dije que me iba a por tabaco. Igual pensaron que el
estanco estaba lejos.
—¿Y tú, Eusebio? ¿También te llevabas a matar con la suegra?
—Qué va. Yo con la suegra me llevaba muy bien… desde que murió. El mejor recuerdo
de mi vida fue una vez, cuando era joven, que fui con Congostra de ruta a…
—¿Congostra? ¿Eso no es para el dolor de estómago?

—No. Lo confundes con Constella, las pastillas que tomas. Pues eso, que iba yo con
Congostra por Riveira nada menos. Eran las 9:48 de la mañana cuando empezamos a caminar.
Con retraso, porque el guía espiritual se retrasó.
—Pues vaya un ejemplo.
—Lo primero que hicimos fue subir a un mirador desde donde se veía el mar. Y a unos
10 metros, un dolmen o mámoa, que parecía una cabañita. Empezamos a caminar monte
abajo hasta adentrarnos en Riveira. Me acuerdo que pasamos junto a una ventana donde el
panadero dejó depositada una bolsa con barras de pan. Y claro, la tentación de llevarnos el pan
para los bocatas fue grande. Hubo un intercambio de miradas. «¿Nos lo llevamos o no nos lo
llevamos», parecían decirse con los ojos. Hasta que un congostreño repuso: «se non teñen
chourizo, non se collen». Y así fue como nos quedamos sin pan recién hecho y gratis.
—Eso sería echarle mucha jeta. Entrar en Riveira trincando pan… Vaya forma de
empezar una ruta.
—A eso siguió un recorrido por el paseo marítimo de Riveira. Un mar amplio, con rocas
por todos los sitios y la carretera a nuestra derecha. Éramos 14 congostreños más un perro
peludo recorriendo la costa. Algunas gentes se nos quedaban mirando como diciendo «¿de
dónde habrán salidos estos hippies?». En algunos momentos, el perro se sentaba y como que
aullaba. Se le hacía larga la caminata y quería descanso. Y así, kilómetro tras kilómetro, fuimos
avanzando hasta que, al llegar a unas mesas y bancos de madera, un congostreño de camiseta
belicista dijo: «¿aquí no se come hoy o qué?». En vista de lo cual, se aceptó la propuesta e
invadimos las mesas para hacer la parada del plátano. Soplaba un aire molesto. Minutos antes
habíamos tomado por asalto una parada de autobús para quitarnos los forros polares, porque
ya no se aguantaba con el calor. Pero ahora, parados comiendo el plátano, hubo que volverlos
a poner.
«El guía espiritual fue sorprendido de espaldas por dos congostreños con mucha jeta.
Tenía tras de sí sus mondas de mandarina. Y aprovecharon los dos congostreños con mucha
jeta para colocar junto a sus mondas las suyas de plátano y mandarina. Al darse la vuelta el
guía espiritual se sorprendió. «¡Coño, cuánto he comido! Y no parecía». Pero su mirada
denotaba que desconfiaba de alguien. Por suerte, la sangre no llegó al mar.
«Ya caminando de nuevo, recuerdo como un congostreño le decía a otro «tes que
promocionarte mais; ti eres moi cortado». A lo que el otro congostreño respondía, socarrón,
«eu non son cortado, son con leite».
«Unos kilómetros después, resulta que se nos acabó el paseo marítimo y llegamos a
una zona con naves industriales dedicadas a las conservas de pescado y depuración de aguas.
Menudo cheiro que soltaban. Aquello como que estropeaba un poco el encanto. Pero por fin
pasamos esas naves mal cheirantes y llegamos hasta unos penedos junto al mar. Era un
espectáculo precioso contemplar aquellas rocas en medio del mar, las olas batiendo con fuerza
contra ellas y al romper el mar contra las piedras, se levantaban unos chorros de agua a gran
altura.

«Y nos encontramos poco después con que un regato cruzaba el paso. Llegaba hasta el
mar. Era muy ancho y un pelín profundo, de modo que no nos quedó más carallo que
descalzarnos, mojar los pies y cruzar aquello botas en ristre.
—Manda truco. Los pies a remojo con el frio que hacía. Se os debieron quedar tiesos.
—Por suerte, no fue para tanto. Hasta vino bien refrescar un poco los pinreles en
mitad de una caminata. Luego, dejando atrás la costa y metiéndonos tierra adentro,
avanzamos por unas pistas forestales que nos condujeron hasta una cafetería. Gran alegría en
el grupo. Nos las prometíamos muy felices pensando en tomar cervezas, cafés, infusiones y
demás. «Parece que está cerrado», se lamentaban algunos. Una congostreña curiosa abrió la
puerta y preguntó. «¿Podemos comer bocatas aquí fuera mientras tomamos un café». «De eso
nada, monada», le debieron contestar. Así que, con gran disgusto de toda la congostrada, nos
fuimos rabo entre piernas hasta los bancos que había unos metros más allá. «¡Qué xente mais
ruin, mira que non deixar comer o bocata!», decían unos. «Por parvos, deixaron de gañar 30
euros polo menos, que se jodan», se lamentaban otros.
—Joder, qué gente; pues ya sabemos dónde no hay que parar a tomar algo.
—Tras terminar de comer el bocata, nos pusimos en pie. «Venga, vamos, que llegamos
tarde a misa», se cachondeaba uno. «Yo, que saqué sobresaliente en latín y ya no me acuerdo
de nada», se lamentaba otro. «Tranquilo hombre, que las misas ya no son en latín; se nota que
hace tiempo que no vas».
«El guía espiritual le hacía una recomendación a un congostreño: «lo rácanos que son
esos de la cafetería deberías dejarlo reflejado en lo que escribas después». «También los
podemos dejar mal en las reseñas», le contestaba al guía.
«Unos kilómetros después de los cafés frustrados, llegamos hasta un pueblito donde
había una casa con unos naranjos exuberantes, muy frondosos. Muchas de las naranjas
sobresalían el muro de la casa y llegaban hasta la cuneta. La tentación de trincar naranjas fue
masiva entre la congostrada, que se lanzó sin dudar. No les echó para atrás el que los perros
de la casa ladrasen como descosidos; las naranjas estaban estupendísimas y parecían decir
«cógeme».
—¿Y no salió el dueño con la escopeta?
—Por suerte, no. Y así, con las mochilas llenitas de naranjas recién trincadas, que son
las que mejor saben, llegamos hasta una gran piedra, que llamaban Pedra da Ra. Tenía una
barandilla desde donde se podía contemplar el mar. Una estampa muy chula.
«Dejando esa piedra atrás, el guía espiritual se lamentaba de una mala experiencia que
había tenido no mucho tiempo atrás: «Me cago en to lo que se menea. Hace un tiempo fuimos
a Boiro a tomar algo, y donde paramos no nos puso tapas el muy maricón, ¿te lo puedes
creer?».
«Un congostreño, libreta en mano, tomaba notas. El guía espiritual, al cacharlo de esta
guisa, le advirtió: «cuidado con lo que anotas. Yo tuve un primo que allá por agosto del 1936

iba por Galicia anotando dichos típicos de la gente para un estudio. Se fue a Portugal y allí lo
trincó la policía portuguesa y lo entregaron al bando franquista. Pasó 3 ó 4 años en prisión
hasta que lo liberaron por unas recomendaciones. A ver si vas a acabar tú igual por estar
anotando tanto».
«Y así fue como llegamos al final de la ruta. Como de costumbre, nos tomamos unas
cervecitas en una cafetería. Pero chicos, no sé qué coño pasa con las cafeterías, que en aquella
donde paramos al final, también hubo problema: «no ponemos tapas; la cocina cerró a las
cuatro y media». Y colorín colorado, sin tapas nos hemos quedado.
—Joder, cómo está el servicio.
Hubo un momento de silencio, como pensando en revivir experiencias pasadas, como
pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor (a pesar de la ausencia de tapas), como
decidiéndose a lanzarse a algo nuevo…
Lo cierto es que, unas horas después, cuando la cuidadora les llamaba para comer, los tres
viejetes ya no estaban. Les buscaron en sus habitaciones, en los baños y en todas las salas de la
residencia de mayores. Ni rastro de ellos. Hasta que, tras mucho buscar, hallaron en la sala de
medicación, que era el último sitio donde se les había visto, una notita que decía: «nos vamos
de ruta; no nos esperen para comer… ni para dormir… ni para medicación… bueno, ni para
nada. Marchamos, que tenemos que marchar».
No se volvió a saber de ellos, pero dicen las malas lenguas que se les vio con mochilas y
bastones por el paseo marítimo de Riveira.