CRÓNICA PICOS EUROPA

Congostra en los Picos de Europa 13 al 16 de agosto/2016


Sábado día 13, Cañón del Río Cares.
Sobre las seis de la mañana, tres coches cargados con cuatro congostreñ@s cada uno, salen de distintos puntos para encontrarse de camino a los Picos de Europa. Se hace una parada técnica para reunirse y tomar un desayuno a horas más decentes. A la llegada, los domicilios temporales aún no están preparados, por lo que se continúa camino hasta la salida de la primera pateada.

La Ruta del Cares está situada en el Parque Nacional de los Picos de Europa. Transcurre a lo largo del desfiladero que sigue el río. Conocida como la “Garganta Divina”, está tallada literalmente en las rocas de las montañas, es un trayecto de poco más de once kilómetros de distancia entre el pueblo de Caín (León) y Poncebos (Asturias).

Es una ruta muy popular y fácil, no por eso carente de peligro. Es aconsejable llevar agua suficiente y no realizarla a las horas centrales del día si hace calor. Aquellos que desoigan estas recomendaciones, se darán cuenta cuando caminen bajo la rabia de Lorenzo, sin poder esconderse en varios kilómetros y con el agua a temperaturas más altas que la de la ducha.

Pasaban de las doce del mediodía cuando comenzamos, todos, la ruta desde Valdeón; un congostreño veterano, que ya había realizado esta ruta, se va a explorar nuevas posibilidades. Los demás, nos reunimos para comer, sobre las dos y cuarto,  en un lugar con sombra y una fuente de agua fresca. ¡Creo que es la única del camino!

Se veían vigilantes del recorrido, disfrazados de cabra, situados en los puntos estratégicos, incluso una becaria de reducido tamaño iba advirtiendo de los peligros caminando a la par de la gente. “Bee, bee, bee,”, que en el idioma de los vigilantes sería más o menos: “cuidado de no caerse”. El encargado se distingue por tener dos protuberancias óseas adornando la frente, peinadas hacia atrás.

A mitad del recorrido hay una modesta construcción, que deben utilizar como invernadero. Si entras para refugiarte del sol, debes tener cuidado de no pisar el curioso cultivo: se trata de unas hojas blancas de pasta de celulosa a modo de flor sobre un fertilizante pastoso. Si vas a colaborar en el cultivo, debes tener cuidado de no superponer el tuyo en el trabajo de los anteriores.

No todos los congostreños terminaron la ruta de ida y vuelta. Los que lo consiguieron, pasaron los rigores del calor, sobre todo al iniciar la cuesta de Los Collaos y hasta Poncebos. Se trata de una prueba de fuego. Tu propia sombra no se proyecta más que dos centímetros debido a la altura del sol. No hay una puñetera sombra y a las horas que pasamos no daba ni una mísera brisa, el aire caliente carece de oxígeno y el esfuerzo favorece el mareo. En Poncebos había un bar, donde poder beber un refresco y dar la vuelta. A la subida de retorno, te das cuenta de que deberías traer agua para el camino.

Cuando se consigue superar la maldita cuesta, comienza el descenso hasta la primera aparición de agua. Allí se concentra la gente en busca de refresco; sin ser una fuente, el agua transcurre entre las piedras. Un congostreño acalorado, toma su sombrero a modo de vasija y se lo pone repleto de refrescante agua. Siempre había querido hacerlo desde que vio una película de vaqueros que lo hacían. Poco dura ese refresco, pero alivia.

A la llegada al punto de dónde se sale, estaban esperando unos resignados compañeros tomando una caña a la sombra. Una vez reunidos todos, nos desplazamos a nuestros refugios para darnos una merecida ducha y comer algo.

Unos se alojaban en Sta. Marina de Valdeón y otros en Posada de Valdeón, en una bonita casita que alquila habitaciones con desayuno incluido. El único inconveniente es que hay un baño para cada planta. ¡Ah! Incluye frisuelos hasta que te aburras. (Frisuelos: tortitas, filloas, fritos, tortilla de maíz, chulas).

La cena corre a cargo de la comunidad en el Tombo la Risa, la casa de Sta. Marina. Unas son más predispuestas que otros. Aunque sencilla, se disfruta una barbaridad, sobre todo del ambiente y la tertulia, aunque sea desde la altura de un sofá y la nariz al ras de la mesa.


Domingo día 14, Ruta del Mercadillo.
Pasaba poco de las ocho de la mañana y estábamos subiendo por la carretera de Sta. Marina dirigidos a Fuente De (no preguntéis ¿de qué? porque no hay respuesta).

El pueblo va quedando pequeño a la vista. Antes de llegar al Collado Remoña, tuvimos la oportunidad de saborear arándanos salvajes que crecen en el camino. Descendemos por el sendero del otro lado del camino, contemplando las montañas y rebaños de aburridas vacas. Las mamás vaca, habían dejado a sus terneritos a cargo de otra en una improvisada guardería, unos tumbados y otros correteando, nos observaban con el mismo interés que nosotros a ellos.

Sobre las once y media, llegamos a un pueblecito que antaño debió ser de curas a juzgar por el nombre: Pido. Seguimos bajando y nos cruzamos con una gente enferma pedaleando agónicamente la pendiente que nosotros bajábamos. También nos cruzamos con otros más cuerdos montados a caballo.

Sobre las doce, estábamos en Fuente De. Aquí el grupo se reparte en tres; unos locos por subir la montaña por Vega de Liordes; otros prefieren subir al funicular y ver la montaña más descansados, a pesar de las dos horas de cola; los últimos prefieren visitar el pueblo para ver si encuentran de qué es la fuente.

Los más osados fueron subiendo la cuesta en zigzag según sus propias energías. A la única congostreña que se atrevió, se le agotaron las pilas. Los dos congostreños más veteranos fueron animándola y haciendo experimentos: sacaron de la mochila una manta térmica y se la colocaron atada al cuello a modo de capa de Superman. No funcionó, no cayeron en la cuenta de que sin el peinado con rulo de la frente y el calzoncillo por fuera del pantalón, la capa no funciona.

Utilizando el método de la observación, vieron que la susodicha, caminaba de puntillas, cosa que le cargaba los gemelos y los mellizos. Subsanada esta fea costumbre, consiguió llegar a la cumbre.

Llegamos al collado Remoña: Una planicie entre montañas con aspecto de volcán relleno con la hierba seca y apenas una fuente escondida debajo de las piedras. Había también una cueva natural fresquita y una casita pequeña para el pastor. Hay que seguir subiendo un poco más. Una cancilla con un letrero, corta el paso. Advierte que dejen la puerta cerrada. El refrán dice que no se le pueden poner puertas al campo, pero no dice nada del monte.

Al llegar al supuesto punto de encuentro, se repone el agua en un abrevadero de vacas, pero del chorro, ¡Eh! Una vez contactado con los demás y constatar su retraso, se continúa camino.

Entre los primeros, que llegaron pasadas las seis y media, se encontraba un congostreño al que le faltaba la pareja. Decide salir a su encuentro. Cómo se encontraba aún con humor, se esconde detrás de un árbol para darle una sorpresa-susto. Cuando sale de detrás del árbol emitiendo un sonido “asustador”, los componentes del grupo reaccionan de forma diferente: las últimas se asustan, la pareja del asustador le reprende, y el cabecera del grupo salta escapando  sin mirar para atrás. “¡Sí,oh, o que tiña que protexernos ahí o vai”, dice una voz.

Ese día cae un chaparrón que dura apenas diez minutos. A unos los pilla en casa, a otros en el desplazamiento a la casita para ducharse. Una vez en la casita, el cansancio les había mermado el oído. Una inquilina francesa atisba por la puerta del baño común y grita bajito. Un congostreño mantiene un dialogo de besugos con ella:
Franchute: “Ramón”
Congostreño 1: Aquí no hay ningún Ramón
Franchute: “Mamut”
Congostreño: Tampoco hay un mamut. Si te conformas con un elefante grande…
Congostreño 2: Calla hombre, que está llamando a la madre. Y, dirigiéndose a la tímida cabecita que brotaba de la puerta preguntó: ¿llamo a la puerta?
Franchute: ¡No, por dios! Con un gesto que se interpretaba: no me la lieis más.

Subimos a dar cuenta de las judías con lomo. La butaca seguía ahí, no había crecido.


Lunes día 15, Ruta del Collado Jermoso.
Comenzamos más tarde que los días anteriores. Subimos sendero para coches todo terreno, durante un buen rato. Nos adelantaron algunos coches dejando el aire cargado de polvo. Llegamos al mismo Collado que habíamos pasado el día anterior. Bajamos durante un buen rato y comienza lo bueno. Hay que subir por unos senderos con una buena inclinación. Se va subiendo en zigzag. Después de una hora de subida, se busca desesperadamente una sombra para sentarse y tomar el plátano.

Seguimos las marcas hacia el Collado Jermoso. Algunos nos preguntábamos para qué habían hecho un refugio tan lejos y si querían clientes para qué lo esconden tanto y por qué no hacen un camino decente. Y collado, lo será pero jermoso… para gustos.

En el camino nos encontramos con otros caminantes en sentido contrario, que nos animan a subir. Rompe la rutina un trío de mulos, dos comen hierba, aburridos, el tercero, de dos patas, hace ñoñerías para que le saquen fotos. Los cuadrúpedos continúan, pero el bípedo se va sustituyendo. (Bípedo quiere decir de dos piernas, no de dos pedos, que sé que los hay mal pensados).

Deben ser las alturas o el porcentaje de oxígeno, que sé que afecta de una forma diferente a las mujeres. A unas, con sólo oír un trueno, se le despierta un instinto de competición y no hay quien las pare hasta llegar a la meta; en cambio otras se vuelven cariñosas y buscan el contacto humano.

La subida hasta el dichoso Jermoso, se fue llevando con resignación, aunque alguien dijo “dijeron que esta era media alta, pero a mí me tocó el panty”. Pasaba de la una y media cuando avistamos una casita en medio de la nada. Esto crea un estímulo para seguir caminando. Se huele la cañita a kilómetros. Media hora nos llevó desde que la vemos hasta que la tocamos. Algo menos para alguna que había oído un trueno y se le aceleró el paso.

Este refugio, a 2.064 metros de altura, está situado sobre la canal de La Sotín y bajo las principales Torres del sector del Llambrión, en un lugar rocoso. Las piedras se aprovecharon del lugar, pero las vigas de madera se subieron a lomos de seis trabajadores por viga. Su inauguración fue en 1940, y se añadió la guardería en 1944. En 2008 se rehabilitó variando su forma.

Hoy se ve una casita de piedra con tejado a dos alturas. La piedra a tono con las del lugar, y la techumbre no es teja, está compuesta de láminas negras impermeabilizadas, moldeadas con calor.

El servicio es agradable. Tienen una lista de productos de consumo de precios no tan altos como su ubicación. Disponen de una familia de gallinas que corretean libremente por el lugar. Un congostreño se jactaba de comer un bocadillo de “juevos de jaliña do Collado Jermoso”.

No podía ser menos, a las horas que eran, las seguidoras del “trueno” tomaron por asalto una mesa de la terraza, el resto se situó donde pudo.

Antes de bajar, nos aprovisionamos de agua en un grifo exterior de la casa. Había, al lado, otra curiosa fuente que consistía en un recipiente con un pulsador en su interior. Debajo había un letrero que indicaba “BEBEDERO MULAS – NO USAR”. Para tener que poner ese letrero, es evidente que los hay tercos. Alguno se hacía el gracioso llamando a otro, indicándole que le habían construido una fuente dedicada. 

La bajada no se hace esperar. Una vez abandonada la confortable silla de la terraza, comienza el descenso. Esta bajada tiene más pendientes que las sevillanas en la Feria de Abril.

El cariño y la ternura surgieron, así, de repente. ¿Me das la mano, por favor?, dice una congostreña al guía. El pobre, mira a los lados para comprobar si hablaba con él. Llegados a un acuerdo cariñoso, bajaron media ladera de la manita. Iban hablando de varios temas: pon el pie aquí, ahora aquí. Los hombres siempre pensando en lo mismo. No te me alejes. Lo típico en las parejas recientes. Detrás de la parejita, venía otro congostreño de carabina, para evitar que las cosas fuesen a mayores.

En un momento dado, el trio se cruza con otro caminante que asciende aplastado con una enorme mochila derrapando en la roca. El guía cruza unas palabras con el caminante y se toma un descanso. El sediento caminante pide agua. El guía le da el agua en la que disuelve una pastilla que le da un sabor asqueroso que, según el guía, aporta minerales y sales que dan energía al que la bebe. Yo creo que se la echa para que no se la beban. Solamente le gusta a él.

La congostreña cariñosa, decide aventurarse y dar unos pasitos, pero al verse comprometida, solicita ayuda al carabina: ¿Me das tú una mano?, a lo que contesta en el tono cariñoso que lo caracteriza: “Nada de manitas, que soy un hombre casado, yo te indico cómo tienes que situarte y dónde poner los pies, pero nada de mariconadas… ¿Pero tú crees que a estas alturas voy a querer algo?” dice sorprendida. “Ni a estas alturas ni allá abajo, tienes que aprender a apañarte”, contesta el carabina.

Volvió a recuperar la manita que ya conocía por el tacto. El retraso del trío despertó la curiosidad de otro congostreño veterano, que al ver la situación, también quiso participar. A la cariñosa, no le importó cambiar de pareja, pero el carabina seguía siendo el mismo. Aprovechaba para sacar fotos de las situaciones para documentar en caso de reclamación. La nueva pareja reaccionaba de dos formas: él se reía constantemente, minimizaba la percepción del riesgo y daba ánimos; ella, cuando conseguía sacar los ojos de las piedras, maldecía al fotógrafo.

El carabina pasaba el rato en sacar fotos de distintas perspectivas. Hubo un momento, que en una fracción de segundo, se le ocurrió un nombre para una casa rural. Si ya existía una que se llamaba “El Tombo”, otra “El Tombo la Risa”, siguiendo la secuencia, esta podría ser “El Tombo la Risa y Dolor de Culo”. Claro que estaría repartido en dos plantas, la risa es para unos y el dolor de culo para otros.


Cuando consiguieron llegar abajo, soportaba las risitas sabiéndose intacta, veía desde donde y por donde bajó y no daba crédito. No era cariño lo que sentía, era terror a las alturas. Agradecía a los dos contostreños que la hubiesen ayudado, y no como el “otro” que la asustaba más.

Tanta emoción hizo que la congostreña de la capa de Superman, se dejase llevar e intentase darse un revolcón. Menos mal que allí estaba su marido para pararle los pies. Se trata de una mujer de pata corta que se dejó llevar con el calor de la emoción y , ahora que sabe pisar bien, entre risas, dio una zancada que creía suficiente, pero no lo fue, lo que la llevó rodando al suelo. Su marido que estaba muy cerca, reacciona, suelta todo lo que tiene en sus manos y, con la efectividad de un portero de la liga de primera, se lanza a sus pies y logra detenerla. Tal fue la cuestión y tan rápida, que todos se quedaron helados, sin saber si gritar o aplaudir. Ese hombre tuvo que jugar de portero en su infancia, sinó no se entiende. Las preguntas no eran si se habían lastimado, sino la felicitación por aquel paradón.

Por el camino nos sorprende un chubasco que apenas le da tiempo a mojar. Los conductores se adelantan para recoger los coches en la zona de partida y venir al punto de llegada.

Durante la ceremonia del preparado de la cena, la congostreña asustada por las alturas, baja por unas escaleras más pendientes que la montaña. Lo hace ataviada con un vestido de verano blanco adornado con unas flores que rompían el monótono color, que provoca comentarios en la vecindad. Desciende en perfecto equilibrio y sin “manita”, lo que hace preguntarse si el miedo sería a las alturas o a las piedras.

Martes día 16: el retorno.
Dada la dureza de las pateadas, se decide hacer un regreso pausado. Nos levantamos más tarde y tomamos camino de retorno. Visitamos León a lo turista japonés. Paramos después en Sanabria  para comer. Durante la comida, un congostreño visitó el baño. Mientras utilizaba el urinario enganchado a la pared, se apaga la luz. Creyendo que llevaría un sensor de movimiento, el desesperado congostreño, mientras con una mano mantiene la direccionalidad del chorro, con la otra intenta activar la luz haciendo movimientos para captar el sensor. En un momento dado, se abre la puerta y con el reflejo exterior, se ve a un señor bajito con cara de susto contemplando  un individuo montando el urinario como si fuese un toro mecánico a oscuras. Cuando el jinete intenta excusarse, no le da tiempo. El bajito, con los ojos como platos, cierra la puerta y desaparece del baño, del comedor, y del edificio.

El tímido congostreño calla su aventura y salen al exterior para despedirse y dirigirse a casa. Al jinete de urinarios, le parece ver al pequeñín escondido detrás de un árbol esperando a que se piren…

Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.

¡Hasta la próxima! Agur… 

PATEADA 209


FOTOS PIRINEOS 2016



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CRÓNICA DE UNOS CONGOSTREÑOS INVITADOS A PIRINEOS

Congostra en los Infiernos Pirinaicos, 26 de julio al 2 de agosto/2016


Llegamos el martes al Gran Hotel de Jaca; dos vascos amantes de las alturas, nos esperaban en el jardín de la piscina, tomando unas cañas. En ese hotel pasamos la noche para dirigirnos al tormento.

Cenamos, “shopping-amos” en el Barrabás y desayunamos como marajás en los establecimientos del lugar. Planificamos, cargamos los trastos y salimos hacia el destino.

Miércoles día 27, subida al Refugio Ángel Orús.

Por la mañana, no muy temprano, nos dirigimos a Benasque para completar los víveres. La carretera transcurre por una garganta rocosa a orillas del río Eriste, entre dos enormes muros. Eso mientras hay asfalto. Cuando se comienza a zigzaguear para subir al aparcamiento Espigantosa, los coches se niegan a subir. Ni en primera, con gas a fondo, se lograba avanzar normalmente.

Una vez situados, tomamos los bártulos y subimos, subimos, subimos…y durante más de dos horas  y media seguimos subiendo más de siete kilómetros con las mochilas cargadas. Hicimos unas cuantas paradas para que descansasen las mochilas, para comer un poco y refrescarnos. Después de muchas cataratas, caminos pedregosos y una borrachera de paisajes, avistamos el refugio de Ángel Orús. Subiendo un poco más, llegamos. La gente gesticulaba, pensamos que habría que guardar silencio, pero no era esa la clave, era que no tenían aire suficiente para hablar.

El refugio consta de dos edificios pegados, con tres plantas. Se sitúa en un lugar privilegiado, con unas vistas espectaculares. Las habitaciones cuentan con una tarima con una serie de colchones juntitos que facilitan las relaciones personales.

“Tío, joder, deja de empujar, que llevas toda la noche empujando. ¡Qué noche me estás dando, joder!”
El tío joder, contesta con dos ronquidos…”jrom, jrom”.

Cuentan, además con dos baños en la habitación, que ya hace tiempo necesitan mejoras. ¡Ah! Si al abrir la puerta, la encuentras un poco dura, no tires fuerte, puede venirte una señora berreando, colgada del pestillo de la puerta, más preocupada del susto que de su intimidad.

Las cenas y desayunos son las típicas de montaña: una taza con agua caliente de color blanco, un potaje y una carne hervida. Y de beber… agua.

A las siete menos cuarto ya había movimiento en las literas del “Tio joder”, parecía que habían tocado una alarma insonora que todos percibían. Se formaban colas para tomar una bandeja y aprovisionarse de cosas que desayunar. No se sabe cuándo será la próxima comida, un minúsculo bocata en el monte.

Jueves día- 28 subida al pico  Posets. (3.371m.)

Abandonamos el refugio sobre las ocho de la mañana. El sol ya calentaba de lo lindo. Subimos y subimos. Con la excusa de hacer una foto, descansábamos un poco e inmortalizábamos las mismas vistas desde metros más arriba. Es el paraíso de cualquier cantero, de vocación, claro.

Llegadas las diez de la mañana, tenemos que subir una lengua de nieve de un valle sombrío. En la montaña los llaman neveros. Para ello, íbamos provistos de unos artilugios tipo herradura con pinchos, que se conocen como crampones. Subimos el primer nevero sin incidentes, salvo el que dos minúsculos perritos nos adelantaron por la derecha sin avisar. Nos despojamos de los crampones y subimos unos metros más. Volvimos a necesitar los artilugios. A partir del segundo nevero, ya no volvimos a ver la nieve en el camino hasta la bajada. Todo se volvió tierra y piedras.

Sobre las doce del mediodía, hicimos cumbre. El miembro más veterano dice: ¿Qué, es bonito eh? Seguro que por falta de oxigenación en el cerebro, me dije: sin duda tengo que ir al oculista, yo no veo más que piedra en todo el camino, y bonitas, bonitas no lo son. Cuando conseguí ponerme sobre las dos piernas y respirar, comprendí a qué se refería: Estábamos en el segundo pico más alto de los Pirineos: todo lo que se veía estaba por debajo. Los montes con manchas blancas de nieve, los picos con orlas de niebla alrededor, los verdes valles, las cascadas fruto del deshielo... Tuve que empaparme de toda la visión y sacar fotos, aunque no hacen justicia a lo que se ve con los ojos. No creo que vuelva a contemplar esto en la vida.

Se reconoce la cumbre, por un pivote de cemento con unas banderitas de tela de varios países. Además, a modo de refugio contra el viento, hay un medio iglú sin techo, formado con piedras. Aunque era temprano y a algunos, ni agua les quedaba, tomamos el bocata para reponer fuerzas para bajar. Tenían ventaja los que supiesen patinar, mantendrían el equilibrio mientras resbalaban con las botas por la arenisca o la nieve.

El menos veterano del grupo, había comprado unos bastones para la ocasión, pero no tuvo la precaución de ajustarlos y apretarlos, así que en una bajada por el primer nevero, pierde el equilibrio al cargar su peso sobre un bastón, éste cede y lo deja a merced de la cuesta, resbalando con sus posaderas y la mochila, como una tortuga panza arriba. Para evitar chocar con los compañeros de delante, grita: ¡cuidado, que voy! Los compañeros miran hacia atrás, y hacen lo que cualquier compañero haría: apartarse para no fastidiar la diversión. (Coño, que venía de verdad).

Si a las doce comimos y la bajada se hace en la mitad de tiempo, llegamos muy temprano al refugio. Nos tomamos la cañita, nos adecentamos y jugamos unas partidas para matar el rato hasta la hora de la cena, que en unos casos era a las siete y otras a las ocho. Luego camita y a madrugar otra vez.


Viernes día- 29 cambio de refugio.

Cambiamos del refugio de Orús al de Estós. Esto nos permitió deshacernos de la materia sobrante y reponer la necesaria. El camino es mucho más fácil que el anterior, no por eso se hace corto. Salimos sobre las once y cuarto y cuatro horas más tarde estábamos en la terraza del refugio saboreado una cerveza de lata. Aquí no hay de barril.

Este refugio es un poco más necesitado que el anterior. Su apariencia externa convence, pero una vez dentro se notan las diferencias.

Cómo llegamos sobrados, decidimos ir a visitar un hermoso lago a unos metros más arriba. Ibón lo llaman. Salimos sobre las cinco y regresamos justito para la cena. Nada, apenas tres horas, subiendo, subiendo, subiendo. Lo que tenía de hermoso, era el color azul cobre del agua entre pedriscas, lo que los no entendidos llamamos un charco grande.

La cena consistió en lo mismo pero cambiando de refugio: pocillo de agua caliente con sabor a algo, lentejas y filetes cocidos.

Después de la cena, consideramos necesario una ducha para poder compartir habitación sin que nos invitasen a abandonar la casa.

Las duchas son un añadido, a una de las fachadas y de reducido tamaño, dos para toda la tropa. El lugar de apoyo consiste en una hendidura en la pared, y como perchero, dos soportes al lado de la puerta. Tampoco dispone de soporte para sujetar la ducha. Supongo que está diseñado para estimular el ingenio de los montañeros.

El miembro menos experto del grupo, coloca la ropa limpia en el perchero, y la toalla en el manubrio de la puerta. Cuando se encuentra indefenso bajo la ducha que sujetaba con la mano derecha, un montañero intenta abrir sin saber que estaba ocupado; la toalla del manubrio se desprende; por reflejo intenta atraparla con la pierna izquierda; pierde el equilibrio y suelta la ducha para recuperarlo; la ducha va a parar al suelo con el chorro hacia arriba regando todo el compartimento; mientras recupera el equilibrio, pisa la ducha y da un brinco, se mueve hacia atrás y vuelve a perder el equilibrio, se agarra por instinto a la ropa seca, y… sale con cara de circunstancias con toda la ropa mojada en las manos y la toalla como faldita sexy.

Por la mañana temprano, cuando nos dirigimos al baño, encontramos un objeto que creía desaparecido: una placa turca: consiste en un cuadrado al que le han insertado un agujero y dos huellas de pies para localizar el tiro. Un fuerte olor sale de algún sitio a pesar de la aparente limpieza. En la puerta hay un letrero que dice que no se arrojen al agujero objetos ni papel higiénico. ¿Entonces que se hace con él? Al levantar la tapa de la papelera…¡sorpresa! Mientras unos lavan los dientes, otros a sus espaldas tamborilean alegremente en posición de cuclillas.


Sábado día- 30 Perdiguero (3.221m.)

Sobre las ocho, estábamos en la terraza preparando los bártulos. Menos mal que nos colamos el sendero original, subimos por unas laderas verdes muy empinadas, pero nada que ver con la original, por la que bajamos: zigzagueante y empinada. En cuanto tocamos piedra, no volvimos a ver otra cosa. Piedras de distintos tamaños conformaban las laderas, los montes y el camino. Este pico seguramente se llamaría “Pedriguero” y alguien cambió la “R”. No se divisaba ninguna perdiz y sí muchas piedras. Más que un pico de Pirineos, parecía un montículo de residuos de una cantera.

Para colmo, cuando llegamos a la cumbre, esperaba unas perdices asaditas con guarnición y una jarra bien fresca de cerveza. Nada de nada. Piedras y más piedras.

Había un par de huecos hechos con piedras para resguardar del frío. Uno estaba habitado por una pareja de escaladores que habían pasado la noche allí. Uno de ellos se prestó para hacernos la foto de grupo.

Estábamos de regreso en el refugio para pelearnos con las duchas, sobre las ocho de la tarde, justito para cenar. A las duchas ya se iba con lo justo, para evitar accidentes.

Domingo día 31, cambio de refugio.

Salimos sobre las ocho; éramos los últimos del refugio. Unos volvieron por el mismo camino que subimos, otros por el de los ibones.

Volvimos a Benasque a callejear y tomar unas cañas con tapa en una cafetería que no se daba mucha prisa. Estábamos haciendo tiempo para ir a casa de unos amigos del más veterano. Nos habían invitado a comer unas ensaladas que nuestro cuerpo necesitaba. Así son los vascos, amigos desprendidos.

La subida al último refugio se hizo larga y bonita. Podría decirse que era el camino de las cascadas. Como siempre, llegamos a la hora de cenar. Este refugio ya es otra cosa: de cinco estrellas. Un único edificio en forma de casita de dos pisos y gran capacidad. Se sitúa sobre la ladera de un lago-embalse. Las habitaciones cuentan con literas, pero con un pasillo entre cada una, las taquillas están en la habitación y los baños son contiguos, a los que se accede por un pasillo desde la habitación. No hace falta tirar porque las puertas no se atascan, y si tiras, no viene nadie detrás berreando.

La cena tenía un mejor aspecto, y de beber… ¡no era posible! ¿Eso de la jarra es vino? Sí claro responde el camarero. ¿y entra en el menú? Sí claro vuelve a responder.


Lunes día 01, Picos del Infierno (3073 m.)

Comenzamos el ascenso, sobre las ocho, como siempre. Rocas e ibones van quedando atrás. Hubo que pasar un nevero, pero no hizo falta más que las botas. Ya en las alturas el camino se pierde y hay que sortear rocas cortantes y “crestear” las montañas decidiendo hacia dónde prefieres caer, derecha o izquierda. El viento te ayudaba a decidir.

Como el camino no está marcado, el cansancio te hace ver zonas más fáciles que resultan no tener salida. Te ves colgado a una considerable altura sujeto a una piedra que no sabes si va a ceder o si otro colega te va a enviar una desde arriba como recuerdo. El consejo es la resignación. Si un camino no sale, se retrocede y se busca otro. Coincidimos en la cumbre, con otros vascos y bastantes catalanes. La gente sube, ve a su alrededor y vuelve a bajar. La meta es llegar.

Que poca visión de negocio hay en la zona. A poco que se adecente el Pico, se montan unas tumbonas y unas sombrillas, se le pone un barril de cerveza a cada vasco que suba y se forran. Allí no se para nadie, subirían, se tomarían la caña fresquita y para abajo. Nada de tapas, para que no se amontonen.

Debo decir que fue el último día cuando descubrí por qué era  el refugio de cinco estrellas. La última noche, dormía una niña pequeña en una litera, por lo que todos los mayores tenían especial cuidado de no hacer ruido ni encender la luz. De repente, en medio de la oscuridad se escucha un grito sordo: ¡Hostias! Un bulto que estaba subiendo por la escalera de la litera, se encoge ronroneando rabioso sujetando el dedo gordo del pie derecho. Lo elevaba hasta lo más cercano a la cara que podía, como si quisiera chuparlo o verlo de cerca. Yo creo que vio más de cinco estrellas. También es mala suerte, más de seis días subiendo y bajando cuestas, tres picos de tres mil metros de altura y te vas a cargar el dedo gordo del pie en la escalerilla de la litera.

Martes día 2. El regreso.

Pasamos por Jaca para tomar algo fresco y despedirnos. Luego tomamos camino cada uno a su nuevo destino. Por el camino, suenan los móviles a la llegada de infinitas fotos de los distintos lugares.


Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.
¡Hasta la próxima! Agur… 

CRÓNICA PATEADA 208



Sendas do Arenteiro (Carballiño) 09/07/2016

Llegamos a la capilla  de la Virgen de la Saleta sobre las diez y veinte. Está en un bosque entre Boborás y Carballiño. Tomamos dirección “A Gousiña” atravesando el bosque que se presentaba sombrío y lleno de rocío. La vegetación había tomado un tamaño que refrescaba cerca de la cintura.

Un congostreño, que llevaba la cabeza en la mochila, se percata que el apetitoso bocadillo, se le había quedado en el bar, el guía le indica un lugar dónde podría comprar otro. Al llegar a un pueblecito llamado Barro, se acerca el sin cabeza al bar “Casa Pisco” sobradamente conocido y publicitado.
-        Buenos días, tendrías algo con que hacerme un bocadillo.
-        Es quéee… no ha llegado el cocinero.
-        Vele, no hace falta que sea caliente, de chorizo, o queso o cualquier otra cosa.
-        Es quéee… no sé dónde lo guardó.

El sin cabeza pensó que seguramente habrían jugado al escondite por la noche, y el cocinero había ganado el primer premio y aún estaba celebrándolo. Sólo eran las once y cuarto. Hubo que apañarse con unas oreo y pistachos.

Para dirigirnos a Paciños, nos adentramos en un bosque de árboles jóvenes custodiados por una jauría de perros que nos recibieron con quejas en su idioma. Seguramente nos decían que el camino estaba cortado, pero no hicimos caso.

En mitad del camino, se levantaba un portal negro, mucho más robusto que el de Belén. Estaba dotado de un ingenioso sistema para que no se pudiese abrir sin la llave. Permanecía sujeto a dos fuertes columnas de gran envergadura con un capitel en forma de pirámide.

El congostreño con la cabeza en la mochila, haciendo alarde de su poco juicio, realiza un intento: se sube al portal queriendo franquear la gruesa columna sujetándose al capitel, pero las manos no tienen la adherencia esperada. Esto era debido a la crema solar de protección 20% aplicada recientemente, si fuese del 50% protegería más.

El resultado fue que se desploma hacia el suelo, dando la misma imagen que un pollo desplumado, cuando se cae de espaldas de su nido. Trata de aletear intentando recuperar el equilibrio, pero no es posible, se desploma sobre su propia mochila, que le amortigua el golpe. Moraleja: si eres un pajarito, ponte mochila.

Una vez recuperados del susto de la caída, levanta expectación un arcángel que se sitúa de rodillas a los pies de la columna. Ataviado con una camiseta de tipo Batman de un blanco inmaculado y un sombrero vaquero a juego,  parecía estar pidiendo perdón por los pecados cometidos.

¿Te pasa algo? Le pregunta el congostreño volador. “¡Claro que me pasa, joder, me deche unha hostia!, eu Iba a collerche o pau que che caia, e boom, arreasme coa man nas jafas”.

Parece que con la adrenalina en sus máximos y un enérgico aleteo, no reparó en que había debajo nada más que el suelo. Si lo había, era su compañero que le intentaba ayudar llevándose la peor parte. El golpe sobre las fuertes gafas, le había abierto una pequeña brecha sobre la nariz. Supongo que de situaciones como esta saldría el refrán “meter la nariz dónde no te llaman”. El más apto del grupo, le puso un apósito para que cicatrizase y dejase de sangrar. La cura terminó siendo una tirita color hueso que le destacaba sobre su moreno natural, dándole una imagen de indio sioux con gafas.

Después de todo este trabajo, un congostreño mañoso, aparece al otro lado sin mucho esfuerzo. Había un caminito que rodeaba el portal mucho más fácil. Llegamos a Paciños, allí había una fuente para refrescarnos y lavar las heridas.

Llegamos “A Piteira” de camino de “Souto”. En una fuente casi a la sombra, nos tomamos el plátano. Algún gracioso avisaba de que llegaba el protagonista de la historia del portal, para que la gente se apartase. Unos lo tomaban a risa, otros se apartaban.

“Souto” lo cruzamos por la carretera general asfaltada. Nos dirigimos a “Mosteiro”. Se trata de un pequeño pueblecito donde seguramente se inspiró el trabalenguas: el pueblo está enladrillado, quién lo desenladrillará, el desenladrillador que lo de desenladrille, buen desenladrillador será.

Aquí, visitamos la iglesia de San Pedro de Lobás, pegada a las ruinas del monasterio conocido por “O Mosteiro”. Edificio del siglo XII. El pueblo, aunque muchos de sus habitantes no lo saben, recibe el nombre debido a la importancia que tuvo antes de estar en ruinas.

Ya toca retorno. Nos dirigimos a las orillas del Río Arenteiro. Recorremos el margen izquierdo. Había un lugar que parecía bueno para el baño, pero todos se cortaron al ver un letrero que decía “Talla mínima 19 cm.” Se trataba de la medida de la trucha, pero aun así no se atrevieron.

En una zona fresca, a la orilla del río, nos tomamos los bocatas, los que lo tenían. Al congostreño con la cabeza en la mochila, le ofrecieron de todo, pero estaba abochornado y se conformó con sus oreo y sus pistachos. Alguno aprovechó para un bañito rápido, pero a la media hora volvíamos al camino. A apenas un kilómetro, cruzamos un puente de piedras y cambiamos de orilla. Lo hicimos en varias ocasiones, hasta llegar a un lugar idóneo para el baño y sin letreros. Allí se separaron: los niños con los niños y … no sé qué más.

La siguiente fuente tenía algunas propiedades. Por lo menos olfativas. Si no percibías el aroma a “Tufel nº 5”, tenías problemas otorrinolaringológicos. Seguimos sendero hasta Carballiño. Un ruido característico de niños y chapoteo llegaba a nuestros oídos. Era la piscina local o área recreativa. Rodeamos unos campos de hierba muy crecida, por un largo puente de madera. Por un puente también de madera, volvemos a cruzar el río. Por el camino, nos topamos con una antigua piscifactoría, en sus aguas había gente refrescándose, pero nuestro interés estaba en la Peña de los enamorados. Hasta allí se sube por unos fornidos escalones de madera, que ya han quitado algunos, para dar mayor realismo. Representan los tropiezos que han en la vida de los enamorados hasta el final feliz, el matrimonio. De momento queda así. Lo del matrimonio merece un capítulo aparte.

La cúspide de los enamorados es hacerse una foto contra unas piedras que parecen caras acercadas por el amor. Yo sólo vi unos peñascos informes, claro que ya llevo algunos años casado.

Se realizan fotos, tipo fotomatón, por parejas y con la carita arrimada. De las parejas hablaremos en otra ocasión.

Seguimos bajando, hasta un antiguo molino. Allí montaron una atalaya en un puente de madera sobre el río,  para poder contemplarlo desde arriba. Lo aprovechamos y realizamos muchas fotos.

El sendero nos lleva hasta “Enfesta”, la cruzamos con la promesa de una barra con dos surtidores. Era cierto, había una barra y dos surtidores, pero de agua fresquita. Incluso en un abuso de galantería, dejaron un vaso de uso público.

Llegamos a los coches sobre las seis y media. A medida que iban llegando, iban ocupándose de sus cosas. Unos cambiaban de ropa, otros estiraban. Una nueva congostreña, muy cantarina, parecía querer subir a un contenedor de basura y no le daba la pierna. Sólo parecía, en realidad estaba estirando, y su elasticidad era tanta que llegaba a la tapa.

Las cañas las tomamos en la pulpería Fuchela de Carballiño,. Nos juntamos unas mesas y corrieron las cervezas y un café con hielo. Corrieron las cervezas porque el camarero no corría mucho, Trajo las patatillas cuando los vasos estaban casi vacíos. Menos más que siempre hay un congostreño que trae algo de picar para que no caiga la cerveza en vacío.

Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.
¡Hasta la próxima! Abur…