
FOTOS PATEADA 126
Y las esperadas fotos de Ana, Leibovitz ? no, de Ana de Congostra, que nos presenta la realidad con menos artificios y extravagancias que la famosa Annie Liebovitz, pero sacando belleza de lo vulgar y anodino y dándole categoría de bello. Espero que gusten.
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https://picasaweb.google.com/lh/sredir?uname=103549130641157233797&target=ALBUM&id=5667513934730677201&authkey=Gv1sRgCKrooqzKyYjd4wE&feat=email
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CRÓNICA PATEADA 126
Oscos: días 14, 15 y 16 de noviembre de 2011
Día 14.- Ida, encuentro y cenita:
Tuvimos una diferencia de opiniones de por dónde sería el mejor camino hasta Oscos. La experiencia y la recomendación de la Organizaçao, se imponen a la tecnología. Pasamos por Ourense y Chantada, que tantos recuerdos traía a algunos viajeros. Ruta acertada. Ni que decir tiene que era la ruta más bonita.
Llegamos a Villanueva de Oscos a las 3,45h de recorrido. Dimos varias vueltas a la espera de encontrarnos con alguna edificación que nos pareciese conocida. No hubo suerte. Nos ponemos en contacto con la Organizaçao y nos remite a unos km más lejos, a Santa Eufemia. Llegamos dudando. La poca luz no nos permitía apreciar la belleza del lugar. Se trataba de unas casitas típicas asturianas con tejaditos de pizarra. No éramos los últimos, por lo que tuvimos la suerte de contemplar los aposentos y decidir en consecuencia.
Una vez que estábamos todos los que éramos, y después de acomodados, nos dirigimos al lugar del papeo, aunque solo cuatro se aventuran a ir andando y disfrutar del cielo estrellado y los sonidos de la noche.
Entramos otra vez en Villanueva de Oscos con objeto de preparar la intendencia y reponer el cuerpo. ¡Hay que ver que hambre da el viajar!. Teníamos algunas personas esperando para servirnos. Era el menú, pero la generosidad del lugar permitió que se dispusiese la cena en cuencos comunes y cada uno se sirviese en su plato según gustos y necesidades. (Todos tenían gustos masivos y necesidades variadas). Como remate del día, el grupo se reúne en la “casa grande” para comentar incidencias y ultimar preparativos para la pateada del día siguiente. No más tarde de las doce ya estábamos meditando en cama.
Día 15.- Pateada oficial y cultural.
El desayuno, en la “casa grande”, todos comían de todo. Todos preparaban de todo. Bueno algunos no.
Para prepararnos, salimos del pueblecito de residencia en dirección a Santa Eulalia. El primer coche sabía el camino, el segundo, imitó a las películas de “polis” cuando dicen: “siga a ese coche”, pero eran más las dudas que las curvas, y al perder de vista el primer coche, el segundo tomó una ruta alternativa temporal. Tras las indicaciones del veterano de las C.O.E.S, llegaron al punto de encuentro. Es aquí, en Santa Eulalia donde recargamos líquidos y nos aprovisionamos de alimento. La panadería tardaría unos diez minutos en cocer unos ricos bollitos, por lo los más desesperados compraron bollas más grandes y contundentes. (Arrepentidos a la hora de comerlas).
Nos desplazamos en coche hasta el lugar de salida de la “Ruta de la Coba”. Aparcamos e hicimos los típicos rituales que asemejan a quejas de la tercera edad más que a estiramientos. Tomamos el camino por dirección prohibida en sentido descendente, para luego subir varios kilómetros. El atractivo de la subida era un mirador, desde donde se apreciaba el rio y zonas de influencia. En este mirador, había un tronco agujereado y tapado con pizarra. Este singular objeto despertó gran polémica al intentar determinar de qué se trataba. Unos decían que el tronco ocultaba un enjambre, y otros decían que no podía ser por aparentar estar tranquilo y en silencio. La discusión pacífica trajo consigo la duda de cómo se llamaba el círculo de piedras que protegía las colmenas de miel. En Portugal las llaman oseras, ¿pero aquí?
Cortinos: antiguas construcciones de planta circular con altos muros de piedra destinadas a proteger los colmenares de los ataques del oso. En el interior se colocan los “truébanos”, colmenas tradicionales fabricadas con troncos huecos de castaño y corteza de alcornoque.
En el camino nos encontramos un pueblecito fantasma que todavía tenía las herramientas y material en el taller-santuario. También había vestigios de que hubo corriente eléctrica. Llamaban la atención una serie de detalles: en una casita de grandes dimensiones y lamentable estado, destacaba una lona que tapaba la parte alta del tejado, a todo lo largo, a modo de franja de dilatación; otro elemento era la actualización en tendencias retro en materia de cercados, donde con gran gusto tenían tapando la entrada a una cuadra, una cancilla en imitación a un somier de cama, consiguiendo incluso el tono color a óxido; también sorprendía el tratamiento que daban a los tractores, desplegando una cinta de caucho negro a lo largo del camino hasta el garaje, imitando la alfombra roja de los grandes artistas.
El próximo pueblecito, daba nombre a la ruta: “La Coba”. Poco que decir de este pueblo que no se encuentre en cualquier otro, salvo que cuenta con una iglesia con su entrada acondicionada de bancos protegidos de la lluvia, por lo que en otras pateadas donde confluye la lluvia y la hora de comer, se utiliza este lugar. Como no era nuestro caso, decidimos cruzarlo y comer al amparo de la naturaleza. Lo hicimos en un caminito franqueado con un muro de piedras, que alguna utilizó para ubicarse cual gallinita de corral. Conseguimos ganarle la partida a la dichosa bolla de pan. Incluso había quien tenía chocolate y más aún habían cargado con una botella de vino hasta ese lugar.
Gran parte del camino estaba plagado de castaños, manzanos y nogales, que entretuvo a más de uno. La castaña consigue doblegar a l@s pateantes hasta hacerl@s arrastrarse por el suelo, e incluso llorar de pena cuando, ya hartos, tienen que dejar buenos ejemplares escondidos entre las hojas. Contábamos, en el grupo, con un experto oteador de frutas que no se le escapaba casi ninguna.
En un momento del camino, el guía nos mostró un habitáculo de piedra, llamado “corripa”, parece ser que son frecuentes en zonas de castaños. Se utilizan para guardar los erizos de castaña y que se mantengan comestibles, las castañas, desde su recolección en octubre hasta mayo.
El final se completó pasando triunfantes por debajo de un extraordinario hórreo de madera, donde los más rápidos esperaron bajo un nogal buscando entre las hojas caídas.
Dada la resistencia que se supone a Congostra y que la pateada también era cultural, nos dispusimos a visitar el redundante “Mazo de Mazonovo”. Se trataba de un mazo impulsado por la fuerza del agua y que tal hazaña cuesta tres euros verla. Estaba cerrado. Sólo vimos los alrededores.
La cosa no podía quedar tan agria. La organizaçao nos acompaña a visitar otra riqueza etnográfica: el Museo Casa Natal del Marqués de Sargadelos. Tras una pequeña espera se presenta el “Marqués”. Señor de gran porte, regio y militaresco. Nos comenta, antes de cobrarnos, las características más interesantes del exterior de la casa y los alrededores. La gran facilidad de palabra y el dominio del tema hacen que los oyentes vayan perdiendo compostura y cedan al cansancio. Antes de entrar y empaparse de más cultura, algún congostreño saturado y con la zona cultural llena, nota cierto calentamiento de los engranajes. Este estado requiere urgente repuesto de líquido refrigerante. Dudan entre enfriarse a la sombra o acudir al pueblo de al lado a llenar directamente el circuito. El remordimiento hace que se refrigeren de forma acelerada, pero de regreso se enteraron de que el “Marqués” tenía el record de hablar de su cocina durante seis horas, lo que los tranquilizó. Gran merito tiene el “Marqués”, que viviendo en su infancia en esa casita, consigue ahora vivir de ella.
Conseguimos que soltase al grupo, no con poco esfuerzo, pero cuando estábamos en la sidrería Veredas, tomando una “sidrina” y encargando la comida del día siguiente, nos dimos cuenta de que nos faltaba un coche. El “Marqués” aún no había soltado a un congostreño conductor, por lo que teníamos el grupo mermado. Los encontramos otra vez en Santa Eulalia, haciendo labores de mantenimiento.
Una vez allí, se discute de si se compra material y se hace la cena familiar en casita o de si se aprovecha la coyuntura y se cena en “Casa Pepe” que hace unos chorizos con huevos fritos, de muerte. No eran de muerte, pero sí que sentaban mal.
Cuando pasa la camarera comanda en ristre, siete congostreñ@s piden los famosos chorizos, otros esquiroles se rajan, incluso un indeciso se atreve a decir: a mí, uno como el del señor que está de espaldas. Una veterana congostreña criada entre hacedores de chorizos (no concejales), pone cara de disgusto cuando muerde el primer bocado de chorizo. Al bocado lo acompaña con frases como “a mí no me sabe bien este chorizo, sabe como a…”. Lo dice cada bocado hasta dar cuenta del total del chorizo. Con el plato limpio, como le enseñaron sus mayores, observa a los otros seis, que en distintos grados de consumición del chorizo, lo van moviendo con el cuchillo como si fuese un bicho. A mí tampoco me gusta, fue la frase que se más se oía a los comensales del embutido. Los pobres chorizos quedaron solos a medio comer y abandonados en cada plato. Cuando el dueño se acerca para recibir los cumplidos, solo recibió gestos de disgusto y frases de descontento. Esto revierte en nuestro beneficio, pues cobra cuatro de siete servidos.
La fiesta no termina. Nos reunimos otra vez en la “casa grande” para tomarnos el último chupito y disfrutar del calor hogareño que da la chimenea encendida. Encendimos también la del pasillo y ya nos quedamos alrededor de ella. Contamos chistes blancos y un chiste verde. Como el cansancio tiraba de los músculos faciales y no dejaba reír, nos fuimos a dormir.
Día 16.- Pateada relax, comida y retorno.
Después del desayuno en la “casa grande”, quisieron algunos fijar el momento en instantáneas distintas. Proponen hacer una foto bajando por la calle subidos a un patinete “Skate”. Una pareja se muestra voluntaria. Se realiza un primer intento. Dado el éxito de la prueba se propone mayor distancia, mayor riesgo. Cuando la congostreña consigue elevar los dos pies por encima de la cabeza y sin apoyar las manos en el suelo, es cuando el fotógrafo pulsa el botón. Gran éxito. Gran regocijo. Se reúne el grupo para ver los logros y los efectos colaterales. El segundo participante también realizó un intento, pero sin conseguir tanta espectacularidad. Se necesita un leve masaje con Lasonil en un brazo de la ganadora para completar la experiencia.
Camino de la salida de la pateada, quiso el guía mostrarnos, durante algunos kilómetros, por donde no deberíamos ir. Una vez concienciado de que lo habíamos entendido nos dirige por el buen camino. Era la “Ruta de la Seimeira” que transcurre por la orilla de un río. Esta ruta tiene forma de “Y” donde una rama (busqueimado de 1,5 km) termina en la Capilla de San Pedro y la otra seimerao de 0,3 km) termina en una peculiar catarata.
Un congostreño inquieto, recorre el grupo de cabeza a la cola y de la cola a cabeza varias veces. Claro, no sufría los efectos perniciosos del “chorizo de muerte”, sino que “uno como el del señor que está de espaldas” resultó ser un chuletón de vaca enriquecido con proteínas de caminante y estaba bajo su influencia.
A poco de empezar, en las conversaciones intrascendentales surgen discusiones como la diferencia entre higos y brevas:
Las brevas e higos son los frutos de la higuera. La diferencia reside en el periodo de maduración. Las brevas son "los higos" que maduran antes, en el mes de junio y julio, mientras que los higos lo hacen en el mes de agosto y septiembre. Las brevas son de mayor tamaño que los higos, de sabor menos dulce, pero por contra de carne más prieta en su mayoría.
El higo aparece en algunos casos, ya que no todas las higueras dan dos frutos por año. En el caso de que así sea, el higo brota justo donde maduró la breva, no llegando nunca a superar el tamaño de su predecesora. El fruto del higo es de color verde, púrpura o azulado y de tamaño variable. Requiere un clima templado, no soporta bien las temperaturas bajas, aunque si aguanta períodos largos de sequía. Algunas higueras cultivadas producen dos cosechas de higos, una de brevas en primavera, de mayor tamaño, y otra de higos en otoño.
La catarata dio mucho juego para las fotos desde distintos ángulos, sobre todo para aquellos que pretenden quitarles el puesto a las cabras. La iglesia se encontraba al final de una cuestecita que no a todos encantó, bajo la sombra de tejos, árbol casi en extinción en España. Se aprovechó el esfuerzo para hacer fotos de parejitas y grupos.
Debo mencionar el esfuerzo del fotógrafo-pastor, que aquejado de dolencia de rodillas, culminó, las dos pateadas, ayudado de bastones de alpinista.
La comida en la sidrería Verendas estuvo a la altura de la primera cena. Todos (menos una) comieron parrillada de carne hasta que les dolían los sentidos. La carne venía acompañada de ensalada y patatas que la camarera traía de la cocina como si necesitase acabarlas.
Es desde aquí, desde donde nos despedimos y nos emplazamos hasta la próxima.
Miguel Carbó, para Congostra, desplazado en el lugar de los hechos .
Día 14.- Ida, encuentro y cenita:
Tuvimos una diferencia de opiniones de por dónde sería el mejor camino hasta Oscos. La experiencia y la recomendación de la Organizaçao, se imponen a la tecnología. Pasamos por Ourense y Chantada, que tantos recuerdos traía a algunos viajeros. Ruta acertada. Ni que decir tiene que era la ruta más bonita.
Llegamos a Villanueva de Oscos a las 3,45h de recorrido. Dimos varias vueltas a la espera de encontrarnos con alguna edificación que nos pareciese conocida. No hubo suerte. Nos ponemos en contacto con la Organizaçao y nos remite a unos km más lejos, a Santa Eufemia. Llegamos dudando. La poca luz no nos permitía apreciar la belleza del lugar. Se trataba de unas casitas típicas asturianas con tejaditos de pizarra. No éramos los últimos, por lo que tuvimos la suerte de contemplar los aposentos y decidir en consecuencia.
Una vez que estábamos todos los que éramos, y después de acomodados, nos dirigimos al lugar del papeo, aunque solo cuatro se aventuran a ir andando y disfrutar del cielo estrellado y los sonidos de la noche.
Entramos otra vez en Villanueva de Oscos con objeto de preparar la intendencia y reponer el cuerpo. ¡Hay que ver que hambre da el viajar!. Teníamos algunas personas esperando para servirnos. Era el menú, pero la generosidad del lugar permitió que se dispusiese la cena en cuencos comunes y cada uno se sirviese en su plato según gustos y necesidades. (Todos tenían gustos masivos y necesidades variadas). Como remate del día, el grupo se reúne en la “casa grande” para comentar incidencias y ultimar preparativos para la pateada del día siguiente. No más tarde de las doce ya estábamos meditando en cama.
Día 15.- Pateada oficial y cultural.
El desayuno, en la “casa grande”, todos comían de todo. Todos preparaban de todo. Bueno algunos no.
Para prepararnos, salimos del pueblecito de residencia en dirección a Santa Eulalia. El primer coche sabía el camino, el segundo, imitó a las películas de “polis” cuando dicen: “siga a ese coche”, pero eran más las dudas que las curvas, y al perder de vista el primer coche, el segundo tomó una ruta alternativa temporal. Tras las indicaciones del veterano de las C.O.E.S, llegaron al punto de encuentro. Es aquí, en Santa Eulalia donde recargamos líquidos y nos aprovisionamos de alimento. La panadería tardaría unos diez minutos en cocer unos ricos bollitos, por lo los más desesperados compraron bollas más grandes y contundentes. (Arrepentidos a la hora de comerlas).
Nos desplazamos en coche hasta el lugar de salida de la “Ruta de la Coba”. Aparcamos e hicimos los típicos rituales que asemejan a quejas de la tercera edad más que a estiramientos. Tomamos el camino por dirección prohibida en sentido descendente, para luego subir varios kilómetros. El atractivo de la subida era un mirador, desde donde se apreciaba el rio y zonas de influencia. En este mirador, había un tronco agujereado y tapado con pizarra. Este singular objeto despertó gran polémica al intentar determinar de qué se trataba. Unos decían que el tronco ocultaba un enjambre, y otros decían que no podía ser por aparentar estar tranquilo y en silencio. La discusión pacífica trajo consigo la duda de cómo se llamaba el círculo de piedras que protegía las colmenas de miel. En Portugal las llaman oseras, ¿pero aquí?
Cortinos: antiguas construcciones de planta circular con altos muros de piedra destinadas a proteger los colmenares de los ataques del oso. En el interior se colocan los “truébanos”, colmenas tradicionales fabricadas con troncos huecos de castaño y corteza de alcornoque.
En el camino nos encontramos un pueblecito fantasma que todavía tenía las herramientas y material en el taller-santuario. También había vestigios de que hubo corriente eléctrica. Llamaban la atención una serie de detalles: en una casita de grandes dimensiones y lamentable estado, destacaba una lona que tapaba la parte alta del tejado, a todo lo largo, a modo de franja de dilatación; otro elemento era la actualización en tendencias retro en materia de cercados, donde con gran gusto tenían tapando la entrada a una cuadra, una cancilla en imitación a un somier de cama, consiguiendo incluso el tono color a óxido; también sorprendía el tratamiento que daban a los tractores, desplegando una cinta de caucho negro a lo largo del camino hasta el garaje, imitando la alfombra roja de los grandes artistas.
El próximo pueblecito, daba nombre a la ruta: “La Coba”. Poco que decir de este pueblo que no se encuentre en cualquier otro, salvo que cuenta con una iglesia con su entrada acondicionada de bancos protegidos de la lluvia, por lo que en otras pateadas donde confluye la lluvia y la hora de comer, se utiliza este lugar. Como no era nuestro caso, decidimos cruzarlo y comer al amparo de la naturaleza. Lo hicimos en un caminito franqueado con un muro de piedras, que alguna utilizó para ubicarse cual gallinita de corral. Conseguimos ganarle la partida a la dichosa bolla de pan. Incluso había quien tenía chocolate y más aún habían cargado con una botella de vino hasta ese lugar.
Gran parte del camino estaba plagado de castaños, manzanos y nogales, que entretuvo a más de uno. La castaña consigue doblegar a l@s pateantes hasta hacerl@s arrastrarse por el suelo, e incluso llorar de pena cuando, ya hartos, tienen que dejar buenos ejemplares escondidos entre las hojas. Contábamos, en el grupo, con un experto oteador de frutas que no se le escapaba casi ninguna.
En un momento del camino, el guía nos mostró un habitáculo de piedra, llamado “corripa”, parece ser que son frecuentes en zonas de castaños. Se utilizan para guardar los erizos de castaña y que se mantengan comestibles, las castañas, desde su recolección en octubre hasta mayo.
El final se completó pasando triunfantes por debajo de un extraordinario hórreo de madera, donde los más rápidos esperaron bajo un nogal buscando entre las hojas caídas.
Dada la resistencia que se supone a Congostra y que la pateada también era cultural, nos dispusimos a visitar el redundante “Mazo de Mazonovo”. Se trataba de un mazo impulsado por la fuerza del agua y que tal hazaña cuesta tres euros verla. Estaba cerrado. Sólo vimos los alrededores.
La cosa no podía quedar tan agria. La organizaçao nos acompaña a visitar otra riqueza etnográfica: el Museo Casa Natal del Marqués de Sargadelos. Tras una pequeña espera se presenta el “Marqués”. Señor de gran porte, regio y militaresco. Nos comenta, antes de cobrarnos, las características más interesantes del exterior de la casa y los alrededores. La gran facilidad de palabra y el dominio del tema hacen que los oyentes vayan perdiendo compostura y cedan al cansancio. Antes de entrar y empaparse de más cultura, algún congostreño saturado y con la zona cultural llena, nota cierto calentamiento de los engranajes. Este estado requiere urgente repuesto de líquido refrigerante. Dudan entre enfriarse a la sombra o acudir al pueblo de al lado a llenar directamente el circuito. El remordimiento hace que se refrigeren de forma acelerada, pero de regreso se enteraron de que el “Marqués” tenía el record de hablar de su cocina durante seis horas, lo que los tranquilizó. Gran merito tiene el “Marqués”, que viviendo en su infancia en esa casita, consigue ahora vivir de ella.
Conseguimos que soltase al grupo, no con poco esfuerzo, pero cuando estábamos en la sidrería Veredas, tomando una “sidrina” y encargando la comida del día siguiente, nos dimos cuenta de que nos faltaba un coche. El “Marqués” aún no había soltado a un congostreño conductor, por lo que teníamos el grupo mermado. Los encontramos otra vez en Santa Eulalia, haciendo labores de mantenimiento.
Una vez allí, se discute de si se compra material y se hace la cena familiar en casita o de si se aprovecha la coyuntura y se cena en “Casa Pepe” que hace unos chorizos con huevos fritos, de muerte. No eran de muerte, pero sí que sentaban mal.
Cuando pasa la camarera comanda en ristre, siete congostreñ@s piden los famosos chorizos, otros esquiroles se rajan, incluso un indeciso se atreve a decir: a mí, uno como el del señor que está de espaldas. Una veterana congostreña criada entre hacedores de chorizos (no concejales), pone cara de disgusto cuando muerde el primer bocado de chorizo. Al bocado lo acompaña con frases como “a mí no me sabe bien este chorizo, sabe como a…”. Lo dice cada bocado hasta dar cuenta del total del chorizo. Con el plato limpio, como le enseñaron sus mayores, observa a los otros seis, que en distintos grados de consumición del chorizo, lo van moviendo con el cuchillo como si fuese un bicho. A mí tampoco me gusta, fue la frase que se más se oía a los comensales del embutido. Los pobres chorizos quedaron solos a medio comer y abandonados en cada plato. Cuando el dueño se acerca para recibir los cumplidos, solo recibió gestos de disgusto y frases de descontento. Esto revierte en nuestro beneficio, pues cobra cuatro de siete servidos.
La fiesta no termina. Nos reunimos otra vez en la “casa grande” para tomarnos el último chupito y disfrutar del calor hogareño que da la chimenea encendida. Encendimos también la del pasillo y ya nos quedamos alrededor de ella. Contamos chistes blancos y un chiste verde. Como el cansancio tiraba de los músculos faciales y no dejaba reír, nos fuimos a dormir.
Día 16.- Pateada relax, comida y retorno.
Después del desayuno en la “casa grande”, quisieron algunos fijar el momento en instantáneas distintas. Proponen hacer una foto bajando por la calle subidos a un patinete “Skate”. Una pareja se muestra voluntaria. Se realiza un primer intento. Dado el éxito de la prueba se propone mayor distancia, mayor riesgo. Cuando la congostreña consigue elevar los dos pies por encima de la cabeza y sin apoyar las manos en el suelo, es cuando el fotógrafo pulsa el botón. Gran éxito. Gran regocijo. Se reúne el grupo para ver los logros y los efectos colaterales. El segundo participante también realizó un intento, pero sin conseguir tanta espectacularidad. Se necesita un leve masaje con Lasonil en un brazo de la ganadora para completar la experiencia.
Camino de la salida de la pateada, quiso el guía mostrarnos, durante algunos kilómetros, por donde no deberíamos ir. Una vez concienciado de que lo habíamos entendido nos dirige por el buen camino. Era la “Ruta de la Seimeira” que transcurre por la orilla de un río. Esta ruta tiene forma de “Y” donde una rama (busqueimado de 1,5 km) termina en la Capilla de San Pedro y la otra seimerao de 0,3 km) termina en una peculiar catarata.
Un congostreño inquieto, recorre el grupo de cabeza a la cola y de la cola a cabeza varias veces. Claro, no sufría los efectos perniciosos del “chorizo de muerte”, sino que “uno como el del señor que está de espaldas” resultó ser un chuletón de vaca enriquecido con proteínas de caminante y estaba bajo su influencia.
A poco de empezar, en las conversaciones intrascendentales surgen discusiones como la diferencia entre higos y brevas:
Las brevas e higos son los frutos de la higuera. La diferencia reside en el periodo de maduración. Las brevas son "los higos" que maduran antes, en el mes de junio y julio, mientras que los higos lo hacen en el mes de agosto y septiembre. Las brevas son de mayor tamaño que los higos, de sabor menos dulce, pero por contra de carne más prieta en su mayoría.
El higo aparece en algunos casos, ya que no todas las higueras dan dos frutos por año. En el caso de que así sea, el higo brota justo donde maduró la breva, no llegando nunca a superar el tamaño de su predecesora. El fruto del higo es de color verde, púrpura o azulado y de tamaño variable. Requiere un clima templado, no soporta bien las temperaturas bajas, aunque si aguanta períodos largos de sequía. Algunas higueras cultivadas producen dos cosechas de higos, una de brevas en primavera, de mayor tamaño, y otra de higos en otoño.
La catarata dio mucho juego para las fotos desde distintos ángulos, sobre todo para aquellos que pretenden quitarles el puesto a las cabras. La iglesia se encontraba al final de una cuestecita que no a todos encantó, bajo la sombra de tejos, árbol casi en extinción en España. Se aprovechó el esfuerzo para hacer fotos de parejitas y grupos.
Debo mencionar el esfuerzo del fotógrafo-pastor, que aquejado de dolencia de rodillas, culminó, las dos pateadas, ayudado de bastones de alpinista.
La comida en la sidrería Verendas estuvo a la altura de la primera cena. Todos (menos una) comieron parrillada de carne hasta que les dolían los sentidos. La carne venía acompañada de ensalada y patatas que la camarera traía de la cocina como si necesitase acabarlas.
Es desde aquí, desde donde nos despedimos y nos emplazamos hasta la próxima.
Miguel Carbó, para Congostra, desplazado en el lugar de los hechos .
CRÓNICA PATEADA 125
Muiños-Covelo
Una vez reunidos en el Almas Perdidas, realizamos recuento y sopesamos la posibilidad de variar el lugar donde pisar las próximas horas. El guía estaba averiado, y el sustituto presentó una moción de cambio que fue secundada. Nos fuimos a la tierra de la infancia del nuevo guía, que también tiene molino.
Llegamos a Covelo sin dificultad, solo necesitamos una parada para reagrupar los coches cuando el camino presentaba alguna posibilidad de desviación indeseada. Acicalados y sazonados al gusto, despegamos diecinueve congostreñ@s entre los que había dos nuevas adquisiciones.
El día se presentaba bochornoso. El calor y la humedad cansaban nuestros pasos. La gente se sentía perezosa a los pocos metros de salir. La primera parada se realiza bajo el techo de una fuente-lavadero del pueblo, donde se hace acopio de agua fresca y se sientan los más desganados. L@s que realizaron este recorrido la vez anterior recordaban que éste era el lugar donde se había quedado una sesionada en espera de su rescate.
El primer edificio emblemático de la zona era una pequeña capillita donde se celebraban encuentros religiosos. El guía nos ofreció parte de sus recuerdos de infancia con respecto al santo edificio. Aprovechamos su fachada para retratar al grupo completo y ofrecerlo a los rescatadores en caso de algún extravío. Desde aquí nos desplazamos pocos metros hasta lo algo de una montaña pelada, donde destacaba una cruz de piedra. Desde lo algo de esta montañita, pudimos ver con claridad todos los alrededores. También en esta ocasión hubo ilustración por parte del guía.
Salimos del encantador pueblecito por un camino que, en la infancia del guía, era de tierra y piedras. Todos los animalitos daban señales de conocer a nuestro intrépido guía: Los perros ladraban intensamente; unas vacas mugían y hacían sonar su cencerro, otras simplemente lo observaban con indiferencia, como si arrastraran alguna rencilla infantil que aun le tenían en cuenta; las ovejas se alejaban de su presencia, pero las cabras en cambio, acudían a su encuentro erguidas con sus campanitas al cuello.
Después de una pequeña subida torrados al sol, llegamos hasta un molino impulsado por agua que hacía función, en sus tiempos, de aserradero, conocido como “Aserradoiro dos Carranos”. Nos contaron los dueños, que casualmente pasaban por allí, que era un artilugio único en el lugar, utilizan la fuerza hidráulica y la experiencia de los molinos de harina. Aumentando las dimensiones del aspa conseguían más fuerza para mover las sierras. Se dedicaban a todas las fases de la elaboración de carros de madera: cortar, moldear, encajar y fijar cada pieza. Se trabajaba por encargo. Los típicos carros de bueyes eran muy demandados en el apogeo de la agricultura gallega.
Continuamos alternando sol y sombra, tierra y asfalto. En una zona húmeda, a las orillas de un rio, sentimos un grito de la congostreña encargada de los sustos. Había divisado unos seres diminutos que saltaban escapando de la algarabía que siempre nos persigue. Las ranitas acaban de salir de su fase de renacuajo. Estrenaban piernas y las estaban estimulando con los saltitos. El hecho tuvo cierta relevancia, pues se agruparon muchas cabezas para observar el fenómeno. Ellas pensarían: ¿si les damos un besito ahora que podemos, se convertirían en príncipes?; ellos: ¿estarán tan ricas, las ancas como dicen?
Nos dirigimos al lugar del almuerzo. Por el camino nos encontramos con varios puentes romanos, que a pesar del tiempo, se mantienen robustos y en activo. Unos cuantos decidieron quedarse debajo de uno para comer y echarse un refrescante bañito antes. Los demás decidimos esforzarnos un poquito para disfrutar de otros placeres. Llegamos la casa rural Rectoral de Fofe, donde nos zampamos nuestro bocata de súper pollo, los que lo teníamos, otros su “taper” con arroz cuatro estaciones, entre otros manjares, pero nadie perdonó la bebida fresquita, la sombra y la brisita fresca. (Gente muy maja la de la Rectoral)
Por el camino hacia el río, pisamos más asfalto de lo deseado, en su defensa, el guía decía que aquél camino antes era un camino de cabras. No se equivocaba. A la llegada a la playa fluvial del Rio Tea, aunque tenía más de fluvial que de playa, ocurrieron dos sucesos dignos de mención:
1.- Nos encontramos con una congostreña tránsfuga que al sabernos por tierras de Fornelos, visitando los 36 molinos que bajan en forma de cascada por la sierra, cerca de La Guardia, decidió ir en sentido contrario para disfrutar de la paz del remanso de la zona en compañía de gente más tranquila. Al ver caras conocidas, no sabiendo cómo reaccionar, sintió el impulsa de salirnos al paso y mostrar su alegría. Algun@s recibieron besitos los demás nos dimos por besados. Éramos muchos y sólo le quedaban unos cuantos besitos para sus niños.
2.- Un rebaño de cabras lideradas por un macho de melena de color negro, pacía tranquila por el árido monte. Al oírnos llegar, una cabra levantó, apática, la cabeza para ver más gente llegar a la playa. De repente, sus cejas se levantaron, sus ojos se abrieron desorbitadamente, su boca se abre y de ella sale un imprevisto “beee”. Todas las demás cabras levantan la cabeza para comprobar si el “beee” era cierto. Sí, era cierto, habían reconocido a nuestro guía. A pesar de los años. El moreno macho ni se inmutó, pero el rebaño de cabras se precipitó a su encuentro. Él, rodeado los ungulados animales, busca con la mirada a los incrédulos. Con miradas alternativas a los incrédulos y a las cabras, acompañado de gestos con los brazos, parecía querer decir: ¿Qué, era un camino de cabras o no? No había duda, aún lo era a pesar del asfalto. Cuando nos fuimos algunas cabras se despidieron de él con un “bee”. El macho le mantenía la mirada sin decir nada, como si esperase una provocación.
Se acabó la parte fácil del recorrido. Nos esperan ahora unos cuatro kilómetros de árido camino por la ladera de una pelada montaña. El sol, que se mantenía aun muy alto, proyectaba tímidas sombras en los jóvenes eucaliptos de menos de dos metros. El camino estaba deformado por los vehículos que explotaban la madera del monte. El trasiego de vehículos conseguía un manto de polvo de varios centímetros a lo largo de todo el sendero. Nuestras botas se mimetizaban con el camino perdiendo su identidad. Polvo y más polvo. Si una empresa de limpieza, realizase una entrevista de trabajo en este entorno, el 90% de los solicitantes huirían montaña abajo. El grupo de caminantes estaba disperso. El polvo se respiraba en el ambiente literalmente. Hubo que realizar varias paradas de reagrupamiento para dar ánimos a los más rezagados y refrescar la garganta.
Por fin llegamos a Redondo. Desde aquí visitamos unos edificios religiosos que aunque estaban en buen estado, no pudimos visitar su interior.
Volvemos al río. Nos cuenta el guía, que le asaltan recuerdos de su infancia, donde su abuela lo llevaba en brazos mientras cruzaba el río a través de un puente creado por grandes piedras afiladas en un extremo y dispuestas a corta distancia entre ellas a todo el ancho del río. Observamos que aún se mantienen y que están desgastadas por el paso de los caminantes. Es en este lugar, donde el guía da permiso para que l@s más caluros@s se bañen. Los demás esperan comentando cositas. Sale un grito del lugar del baño. Estando el intrépido y reciente congostreño en el lugar, no me siento capaz de imaginar lo ocurrido.
Se nos viene la noche encima. Una nueva escapada va escalonando la llegada de los caminantes a los coches. Llegamos con los últimos rayos de luz.
Una vez reunidos, estiramientos, empaquetado y a casita.
Miguel Carbó
Una vez reunidos en el Almas Perdidas, realizamos recuento y sopesamos la posibilidad de variar el lugar donde pisar las próximas horas. El guía estaba averiado, y el sustituto presentó una moción de cambio que fue secundada. Nos fuimos a la tierra de la infancia del nuevo guía, que también tiene molino.
Llegamos a Covelo sin dificultad, solo necesitamos una parada para reagrupar los coches cuando el camino presentaba alguna posibilidad de desviación indeseada. Acicalados y sazonados al gusto, despegamos diecinueve congostreñ@s entre los que había dos nuevas adquisiciones.
El día se presentaba bochornoso. El calor y la humedad cansaban nuestros pasos. La gente se sentía perezosa a los pocos metros de salir. La primera parada se realiza bajo el techo de una fuente-lavadero del pueblo, donde se hace acopio de agua fresca y se sientan los más desganados. L@s que realizaron este recorrido la vez anterior recordaban que éste era el lugar donde se había quedado una sesionada en espera de su rescate.
El primer edificio emblemático de la zona era una pequeña capillita donde se celebraban encuentros religiosos. El guía nos ofreció parte de sus recuerdos de infancia con respecto al santo edificio. Aprovechamos su fachada para retratar al grupo completo y ofrecerlo a los rescatadores en caso de algún extravío. Desde aquí nos desplazamos pocos metros hasta lo algo de una montaña pelada, donde destacaba una cruz de piedra. Desde lo algo de esta montañita, pudimos ver con claridad todos los alrededores. También en esta ocasión hubo ilustración por parte del guía.
Salimos del encantador pueblecito por un camino que, en la infancia del guía, era de tierra y piedras. Todos los animalitos daban señales de conocer a nuestro intrépido guía: Los perros ladraban intensamente; unas vacas mugían y hacían sonar su cencerro, otras simplemente lo observaban con indiferencia, como si arrastraran alguna rencilla infantil que aun le tenían en cuenta; las ovejas se alejaban de su presencia, pero las cabras en cambio, acudían a su encuentro erguidas con sus campanitas al cuello.
Después de una pequeña subida torrados al sol, llegamos hasta un molino impulsado por agua que hacía función, en sus tiempos, de aserradero, conocido como “Aserradoiro dos Carranos”. Nos contaron los dueños, que casualmente pasaban por allí, que era un artilugio único en el lugar, utilizan la fuerza hidráulica y la experiencia de los molinos de harina. Aumentando las dimensiones del aspa conseguían más fuerza para mover las sierras. Se dedicaban a todas las fases de la elaboración de carros de madera: cortar, moldear, encajar y fijar cada pieza. Se trabajaba por encargo. Los típicos carros de bueyes eran muy demandados en el apogeo de la agricultura gallega.
Continuamos alternando sol y sombra, tierra y asfalto. En una zona húmeda, a las orillas de un rio, sentimos un grito de la congostreña encargada de los sustos. Había divisado unos seres diminutos que saltaban escapando de la algarabía que siempre nos persigue. Las ranitas acaban de salir de su fase de renacuajo. Estrenaban piernas y las estaban estimulando con los saltitos. El hecho tuvo cierta relevancia, pues se agruparon muchas cabezas para observar el fenómeno. Ellas pensarían: ¿si les damos un besito ahora que podemos, se convertirían en príncipes?; ellos: ¿estarán tan ricas, las ancas como dicen?
Nos dirigimos al lugar del almuerzo. Por el camino nos encontramos con varios puentes romanos, que a pesar del tiempo, se mantienen robustos y en activo. Unos cuantos decidieron quedarse debajo de uno para comer y echarse un refrescante bañito antes. Los demás decidimos esforzarnos un poquito para disfrutar de otros placeres. Llegamos la casa rural Rectoral de Fofe, donde nos zampamos nuestro bocata de súper pollo, los que lo teníamos, otros su “taper” con arroz cuatro estaciones, entre otros manjares, pero nadie perdonó la bebida fresquita, la sombra y la brisita fresca. (Gente muy maja la de la Rectoral)
Por el camino hacia el río, pisamos más asfalto de lo deseado, en su defensa, el guía decía que aquél camino antes era un camino de cabras. No se equivocaba. A la llegada a la playa fluvial del Rio Tea, aunque tenía más de fluvial que de playa, ocurrieron dos sucesos dignos de mención:
1.- Nos encontramos con una congostreña tránsfuga que al sabernos por tierras de Fornelos, visitando los 36 molinos que bajan en forma de cascada por la sierra, cerca de La Guardia, decidió ir en sentido contrario para disfrutar de la paz del remanso de la zona en compañía de gente más tranquila. Al ver caras conocidas, no sabiendo cómo reaccionar, sintió el impulsa de salirnos al paso y mostrar su alegría. Algun@s recibieron besitos los demás nos dimos por besados. Éramos muchos y sólo le quedaban unos cuantos besitos para sus niños.
2.- Un rebaño de cabras lideradas por un macho de melena de color negro, pacía tranquila por el árido monte. Al oírnos llegar, una cabra levantó, apática, la cabeza para ver más gente llegar a la playa. De repente, sus cejas se levantaron, sus ojos se abrieron desorbitadamente, su boca se abre y de ella sale un imprevisto “beee”. Todas las demás cabras levantan la cabeza para comprobar si el “beee” era cierto. Sí, era cierto, habían reconocido a nuestro guía. A pesar de los años. El moreno macho ni se inmutó, pero el rebaño de cabras se precipitó a su encuentro. Él, rodeado los ungulados animales, busca con la mirada a los incrédulos. Con miradas alternativas a los incrédulos y a las cabras, acompañado de gestos con los brazos, parecía querer decir: ¿Qué, era un camino de cabras o no? No había duda, aún lo era a pesar del asfalto. Cuando nos fuimos algunas cabras se despidieron de él con un “bee”. El macho le mantenía la mirada sin decir nada, como si esperase una provocación.
Se acabó la parte fácil del recorrido. Nos esperan ahora unos cuatro kilómetros de árido camino por la ladera de una pelada montaña. El sol, que se mantenía aun muy alto, proyectaba tímidas sombras en los jóvenes eucaliptos de menos de dos metros. El camino estaba deformado por los vehículos que explotaban la madera del monte. El trasiego de vehículos conseguía un manto de polvo de varios centímetros a lo largo de todo el sendero. Nuestras botas se mimetizaban con el camino perdiendo su identidad. Polvo y más polvo. Si una empresa de limpieza, realizase una entrevista de trabajo en este entorno, el 90% de los solicitantes huirían montaña abajo. El grupo de caminantes estaba disperso. El polvo se respiraba en el ambiente literalmente. Hubo que realizar varias paradas de reagrupamiento para dar ánimos a los más rezagados y refrescar la garganta.
Por fin llegamos a Redondo. Desde aquí visitamos unos edificios religiosos que aunque estaban en buen estado, no pudimos visitar su interior.
Volvemos al río. Nos cuenta el guía, que le asaltan recuerdos de su infancia, donde su abuela lo llevaba en brazos mientras cruzaba el río a través de un puente creado por grandes piedras afiladas en un extremo y dispuestas a corta distancia entre ellas a todo el ancho del río. Observamos que aún se mantienen y que están desgastadas por el paso de los caminantes. Es en este lugar, donde el guía da permiso para que l@s más caluros@s se bañen. Los demás esperan comentando cositas. Sale un grito del lugar del baño. Estando el intrépido y reciente congostreño en el lugar, no me siento capaz de imaginar lo ocurrido.
Se nos viene la noche encima. Una nueva escapada va escalonando la llegada de los caminantes a los coches. Llegamos con los últimos rayos de luz.
Una vez reunidos, estiramientos, empaquetado y a casita.
Miguel Carbó
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