CRÓNICA PATEADA 131

As pozas de Melón (Ourense)


Llegamos a Melón diecisiete congostreñ@s sobre las diez de la mañana. Un congostreño veterano se retrasaba con la excusa de vivir en un lugar con distinto huso horario. Rellenamos el tiempo visitando el exterior del monasterio que permanecía cerrado. El frío cubrió con una capa de hielo la charca decorativa con intenciones de ser una fuente. Como no todos nos conocíamos bien, aprovechamos para romper el hielo con el bastón y hacer fotos del evento.

Una llamada nos indica que el tardón no vendrá. Así que nos dirigimos a la salida. Serpenteamos cuatro kilómetros calle arriba de Melón a Tourón. Aparcamos los coches en una explanada con marquesina para autobuses que parecía estar preparada por los organizadores.

Una vez preparados para la marcha, con la mochila al hombro, llega como exhalación el congostreño que se retrasaba. ¡Sorpresa! Causó gran alegría y revuelo porque su capacidad de ilustración de los distintos aspectos de la naturaleza es muy apreciada. Salimos como tourones atravesando el mini-pueblo, donde destacaba una casa rehabilitada con gran gusto. Al final del pueblo enlazamos con un camino que atravesaba un bosque en pleno estado otoñal. Era tan grato el camino y la compañía que el novel guía se despista unos pocos metros, pero el “hippy ese” saltó las alarmas para volver al camino. El pequeño despiste fue motivo de jolgorio del guía de la pateada anterior, reprochaba que no se hubiera tomado el comodín de la llamada. Seguimos pues, por un cortafuegos que, rodeando la montaña, nos dirige a los pies de la cantera.

Para llegar a la cantera, había que hacer un poco de escalada de cabras en una ladera de tierra movida. Ninguno se descolgó. Llegamos a una valla de alambre de espino que franqueaba el paso. El ritual exigía que unos sujetasen el alambre y los demás pasaran cantando: “páseme sí, páseme so por las puertas del reloj…”. Como no se había practicado, nadie fue capaz de cantar, incluso fue difícil no enganchar la mochila mientras se pasaba. Cruzamos la cantera por un lateral y salimos a un sendero donde incluso las vacas autóctonas casi se pierden. En un tramo de subida soleada y ventosa, se enciende una chispa de motín, se rumoreaba que el guía sólo pensaba en el camino, no en los estómagos. Se hace una pausa en un lateral del camino donde el viento se sentía más cálido, para poner el tente en pié. El resto de sendero estaba suficientemente marcado. Rompe la monotonía del sendero, unas muestras de deposiciones de color negro con pelo en un extremo. Nuestro ilustrador nos comenta que se trata de los restos de un caballo una vez pasados por el estómago de un lobo. Pasados varios metros aparecen otras muestras, pero esta vez los restos eran de conejo. Llegamos a un cruce donde había un especie de corralillo en formato embudo que utilizan los ganaderos para marcar los animales. En este punto se reagrupa a la gente para pasar a otro camino que se pierde entre la maleza.

Muchos dudaban de si habría camino o si era una broma. Como el guía se había metido y no regresaba, hubo que pelearse con los altos tojos y tratar de no pisar las boñigas tan recientes que humeaban. Tras unos cien metros de calvario, apareció el mismo camino, pero acondicionado para dar acceso a fincas. Luego confluimos en un cruce de caminos con muros construidos de piedrecitas sujetas tan sólo con su propio equilibrio. Un auténtico cruce de foto de pueblo.

El sitio era ideal para comer, soleado, alfombrado de hierba seca y sin viento, pero queda poco de senderistas aventureros y se prefiere retrasar la hora de comer para hacerlo en el bar del comienzo del sendero de las pozas. Un voluntario, se pone en contacto telefónico con el bar para solicitar unas cuantas tortillas calentitas y unas cervezas frías. El encanto de la cocinera y el control natural de persona nacida para el negocio dan una respuesta: “no puedo hacer más tortillas, no me da tiempo. Tengo una aquí, si queréis os la reservo”. Esta frase rezumbó en la cabeza de todos. Había tortilla sólo para cuatro. En contra de lo podía parecer, esta noticia desanimó a l@s pateantes que cada vez caminaban más lent@s.

Llegamos sobre las tres y media al bar. Cruzamos las dos puertas para ir al patio trasero, dotado de mesitas tipo merendero. Es aquí, bien sentados y cómodos, donde tomamos lo que llevábamos en las mochilas. No merecían que les tomásemos nada. Un cafecito, si que cayó.

El congostreño que había encargado la tortilla, no sólo la había encargado, la había pagado, la había dividido en dieciocho trozos y la ofrecía por las mesas. ¡Qué encanto de camarero! Daba ejemplo a la desabrida cocinera que no pareció entenderlo. Había que soplar la tortilla antes de tomar un trozo. No para enfriarla, era para quitarle el polvo. Estaba fría, dura y seca. La calificación de los restaurantes de la Guía Michelin se hace esperar, bastante.

Con el regustillo de la tortilla en la boca comenzamos el ascenso por la ladera izquierda del río Cerves. El paso era relajado, los fotógrafos aprovecharon para cargar sus cámaras y plasmar las preciosas cataratas. En lo más alto de las cataratas, había contratado un extra para hacer el salto del ángel en pelota picada. El decretazo sobre las contrataciones perturbó el desarrollo de las negociaciones y lo único que se consiguió fue una exhibición en pelotas un poco picado por el frío.

El camino estaba recién acondicionado, aunque se comenzaba a ver la falta de mantenimiento. A pesar del frío, en la poza superior, bajo un puente de hierro enrejado pintado en tonos de madera, dos valientes congostreños se zambulleron en las gélidas aguas. Uno veterano, otro novel, como para representar a la totalidad del grupo. El veterano desafiando al frío, el novel con calzas de pernera larga. Gran revuelo con la situación tanto desde el puente como desde la poza. Unos reclamando participación y otros negándola.

Quedan un par de kilómetros de sendero y doscientos metros de asfalto hasta los vehículos. Dado el trato del bar, se decide tomar las cervezas de remate en la gasolinera de la Cañiza.

Hacia allí nos dirigimos, pero antes pasamos por la choricera de Melón para aprovisionarnos de material. Allí dos congostreños discuten por el tamaño de sus respectivos chorizos y hacen comparaciones, considerándose uno estafado pues le ha cobrado mas que al otro por los mismo chorizos, y es que el vendedor vendió la mercancia a ojo.


A la salida de la compra, descubrimos que estaba abierto el claustro, por lo que aprovechamos para hacer una merecida visita. Muros de piedra con huecos de puertas y ventanales que a pesar del tiempo y la falta de atenciones se erigen majestuosos a gran altura. También estaba abierta la iglesia, que pasamos a visitar. Suelo conquistado por los líquenes hacen juego con las figuras religiosas.

De camino a La Cañiza, el congostreño tardón, se pone delante de la caravana. Como es costumbre ya, nos dirige por un camino sin salida y se ríe de nuestras caras de sorpresa cuando tenemos que retroceder. Luego se pierde en la carretera y nos espera en el ventanal de la terraza del bar. Como si no fuese con él el tema.

Dentro del bar, se brinda con vino y copas vacías. Los camareros hacían lo que podían. Los cacahuetes y las patatillas quedaron para otro día, bebida a palo seco. Alguien aportó unas rosquillas para amansar el vino.

Desde aquí cada coche sigue su camino hasta el próximo día. Aburiño…

Miguel Carbó

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