Crónica Pateada 136

Corrubedo. 27/05/2012

Llegamos al Almas Perdidas para salir a las nueve, y casi lo conseguimos.  Quedamos en la salida ciento cuatro de la autopista, en dirección a Catoira. La lluvia nos acompañó durante el recorrido en coche, insistiendo  mucho en su presencia en algunos casos. Tanto que el limpia parabrisas casi no conseguía abrirse paso. Llegamos de los últimos. Constatamos que algunos no corren, vuelan bajito.

La carretera elegida estaba cortada. Menos mal que entre los congostreños tenemos compañeros con dilatada experiencia en carretera que tomaron la cabecera y nos dirigieron por otra alternativa. El retorno fue por Padrón directamente. Ya lo recomendaban los rótulos de la autopista.

Estacionados en el aparcamiento de las dunas, nos preparamos para la salida. Damos comienzo a la pateada, dieciocho congostreñ@s. Comenzamos por un camino en forma de túnel cubierto de vegetación. Interrumpimos la intimidad que necesitaba un congostreño para miccionar. Es que en senderismo, ya se sabe, hay que cerrar bien la puerta, que puede entrar cualquiera.

A los ciento y pico de metros de la salida, el crecimiento de la vegetación hizo patente que las cosas cambian. Un camino sin mantenimiento en poco tiempo es absorbido por la vegetación. Las dudas de por donde era salen a relucir. El tom tom da su sentencia. Rodeamos el instituto pisando hierbas de medio metro, cruzamos la carretera y entramos en el bosque por un camino marcado por mesas y bancos que nadie usa. Las dudas volvieron en algunas ocasiones por culpa de la hierba crecida, hasta que llegamos a un sendero limpio. Éste nos llevó hasta un montículo al lado de una antena. Había una enorme cruz de hierro clavada en la roca.


En principio sólo era una visita corta  para contemplar el paisaje, pero alguien mencionó algo sobre un plátano. La voz se corrió y la gente se amotinó. En un instante, todos estaban sentados hurgando en sus mochilas. Era la hora y el lugar del tentempié, a pesar de los fríos soplidos que nos daban de vez en cuando.

Volvemos al camino. Éste nos lleva a través de verdes campos hasta la laguna de San Pedro de Muro, con un mirador de aves a gran altura. Un congostreño se subió y sacó medio cuerpo por el mirador caricaturizando un sindicalista dando un mitin: “compañeiros… …si isto non se amaña, caña, caña, caña”. Desde aquí, seguimos por detrás de las dunas, siguiendo un camino marcado por pivotes clavados en la arena. Las recomendaciones son que se respete la vegetación, y no pisar fuera del sendero marcado. Caminar por arena cansa mucho las piernas. Pasamos la “laguna de Xuño” que contaba con otro observatorio. Se diferencia de la anterior, por ser más pequeña y no estar alimentada directamente por el mar.

Llegamos a un punto de la playa donde comenzamos un sendero-puente de madera. El espíritu aventurero se desvanece ante la mirada de un bar en el horizonte, donde tomar el almuerzo en compañía de una cañita fría situado en la “Praia das Furnas”, que algún vecino renombró como “Praia de San Pedro de Regos”. Esta playa está llena de rocas y acantilados. Fue aquí precisamente donde el popular Ramón Sampedro, tuvo el accidente que lo dejó parapléjico y en el que se basó la película “Mar adentro”.

No hay prisa para comer, la gente tiene más interés por ver el punto donde se produjo el accidente. Un medallón de cemento de medio metro de diámetro, y con inscripciones conmemorativas, marcaba el punto exacto del accidente (RAMÓN SAMPEDRO CAMEÁN, DEFENSOR DA VIDA E A MORTE DIGNAS. MARIÑEIRO EN TERRA, POETA VECIÑO E AMIGO). Un busto de bronce de Ramón Sampedro, justo a la entrada de los acantilados, recuerda su aventura.

Por fin, llega la mejor hora del día. Nos sentamos en la terraza del bar, unos de espaldas otros mirando el mar. El sol calienta lo que enfría la brisa del mar. La rapidez del camarero es equiparable a la de un oso perezoso. Algunos ya habían acabado su almuerzo cuando llegaron las bebidas.

Punto de retorno. Comenzamos la vuelta por la playa, desandando parte de lo andado. La larga fila congostreña cubre el sendero-puente. Si os fijasteis, veríais placas clavadas en la madera con inscripciones “DPMT Nº ¿?” (Dominio Público Marítimo Terrestre) que comprende la línea de bajamar y el límite máximo que alcanzan las olas en los mayores temporales conocidos y comprobados. También había postes con la misma inscripción a lo largo del camino.

Casi al final de la playa, se dejaba sentir un olorcillo que haría las delicias de cualquier carroñero. Un bicho, que parecía un león marino, reposaba en la playa desde hacía varias semanas.

Tres congostreños lobos de mar decidieron bañarse en las bravas aguas de “A Ladeira”. El resto siguió su camino con paso cansado sobre la arena intentando no mojarse con las olas. ¡Como cuesta caminar por la arena!

Seguimos el camino de la intuición errando tan solo una vez. La costa era nuestra orientación. Volvimos a reunirnos en el faro. El cansancio de los primeros hizo que se sentasen en la primera zona donde no soplaba el viento, pero la sed de alguno, le hizo ver unas sillas rojas de plástico características de los bares. No era un espejismo, un avispado lugareño había restaurado un pequeñísimo local y convertido en un kiosco-bar. Allí nos tomamos unos refrigerios a precio de “un sincuenta”. Cuando llegó el líder de la manada, nos echa una pequeña reprimenda por parecerse más a ir de vinos que a una pateada. Advierte también de que cruzaremos el pueblo con varios bares a la vista, con el peligro que eso entraña para la voluntad.

El camino combina perfectamente el paisaje, mar a la derecha, monte bajo a la izquierda. En ocasiones ni siquiera se ve el mar, tan sólo grandes extensiones de terreno colonizadas con tojos verdes y sus flores amarillas.

Después de varias horas de caminar por la desértica arena, llegamos a la playa flanqueada por el mar y la “Duna movile”. Pasamos por delante de sus narices sin molestarla. ¡Trabajo nos costó rodearla! Ya que tiene, al parecer unos veinte metros de alto por trescientos metros de ancho y mil trescientos de largo. ¡Ah! y tres mil años de edad, aunque eso no interfiera para cruzarla, es bueno saber que es una venerable anciana a la que no hay que molestar.

Llegamos al punto de salida. Completamos el círculo. Queda la visita a la anfitriona duna. Algunas congostreñas llevaban un letrero luminoso en la frente que decía “Non podo máis” otras “Vai a ir a ver a p… duna …”

La duna no fue visitada por todos, pero sí todos se apuntaron a las cañas. La habilidad del líder hizo que, sin planearlo, topásemos un restaurante-bar con más mesas que clientes, donde nos acomodamos para ver el fuerte chaparrón que descargaba en ese momento.

El asombrado camarero, nos atendió con la celeridad de la zona. Cada uno pidió lo que le apetecía. Básicamente cerveza y café. Al camarero le llovían las preguntas sobre qué había para comer. “¡Tranquilos, ajora estou coas bebidas, despois xa falamos diso¡” se defendía el camarero. Nos obsequió con unos minúsculos platitos con algunos cacahuetes dentro. También traía otro platito con unos cuadraditos de rancia tortilla que tocaban a tres comensales por cuadrado de tortilla. Para colmo había que partirla con un palillo.
La escasez  de picoteo, alertó a una congostreña que se desplazó a su coche para sacar de su mochila un tuppper con distintos frutos secos. Cuando lo estaban abriendo, llega el camarero con más tortilla y más manises.  Se esconde el tupper bajo la mesa. Se produce una situación incómoda sabiéndose pilladas por el camarero y salen unas risas nerviosas.

El camarero con mucho temple para su edad, sabe salir del atolladero con la frase “¿Qué che pasa muller, quen se quedou sin tortilla?, aquí hai a tortilla  que faja falta”. Más risas nerviosas.

El precio fue a “canalillo” también conocido como a escote. Ya sabéis “un sincuenta” en primera instancia, pues los cálculos fueron hechos por bancarios y no tuvieron en cuenta la prima de riesgo, y es que la “prima”  no había tomado nada. Una vez auditadas las cuentas, se vio que había diferencias y pidieron un rescate al gobierno. Como todos sabéis lo pagan los ciudadanos. Diez céntimos más nos costó el rescate.

Desde aquí se hacen las pertinentes despedidas y quedadas para la próxima ocasión.

Aburiño…

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