CRÓNICA PATEADA 139

Touro 11-08-2012

  Salimos tan puntuales como siempre, hacia Touro, los dos patitos más un ganso: veintitrés congostreñ@s en total. Todos estaban intranquilos por miedo a no encontrar el punto de salida. Todos menos una segura congostreña que decía ser del lugar y no necesitar la nota con el recorrido y la ubicación.

 La vegetación de helechos se había aliado para esconder la señalización en los cruces y aumentar la adrenalina. Salíamos del área recreativa de Santaia, pero algún gracioso situó este lugar en una entrada posterior al cartel de SANTAIA, así que la mayoría necesitó varios intentos hasta encontrarla. La congostreña que decía conocer el lugar, llamó por teléfono, para verificar que ya estaban todos y así hacer una entrada triunfal y lucir palmito.

 El circuito transcurre entre las orillas de los ríos Ulla, Beseño y Lañas. Se sabía largo y pedregoso en los primeros kilómetros, aun así, una nueva congostreña, decidió desafiarlo y calzarse unos zuecos de madera, que era lo mejor –decía ella- porque tenía una uña encarnada. Más de uno, en bajito, la estaría poniendo verde. A pocos kilómetros, un zueco se negó a continuar, así que hizo uso de unas zapatillas más propias para el evento. En un descanso, una compañera le prestaría unas sandalias que iban más a juego con su uña, con las que terminó el recorrido. 


Salimos sobre las once menos cuarto por un sendero cubierto de una amalgama de piedras y tierra rojiza, que conducía a Bustelo, un pequeño pueblecito identificado por un inconfundible olor a excedente de vaca. Queda un pequeño tramo todavía para llegar a la zona de bosque. Entramos descendiendo por un camino a la sombra de castaños, robles y alcornoques. Se formaron, como siempre, distintos grupos para debatir los problemas trascendentales del mundo mientras se camina.


 Con los cuerpos cansados y acalorados, llegamos a un lugar del río Ulla, concretamente “O Pozo do Pego” que a pesar de la tranquilidad aparente, es peligroso por sus corrientes internas. Cuentan que si te sumerges en él, las corrientes te arrastran hasta muchos metros río abajo. A veces incluso con vida. En este tranquilo paraje, mientras unos se dedican a la contemplación del pozo, otros pasan a cosas más terrenales: buscan un buen lugar donde descansar y alimentar el cuerpo. Trabajo en cadena que sigue el resto del grupo. En poco tiempo retornamos al camino. 


Debido a la monotonía y a la contemplación del bosque de robles (“carballos”), el congostreño más joven, se sintió inspirado, y quiso compartir con la audiencia, el significado de la frase: “Tener agallas”. Contó que el significado no tiene nada que ver con los pulmones de los peces sino con unas protuberancias de la corteza de algunos árboles como el roble, causadas por las picaduras de ciertos insectos que depositan sus huevos en ellas. La forma de las "agallas" recuerda remotamente a las de los testículos, a los que tradicionalmente se asocia con la valentía y el arrojo.


 En este mismo tramo de bosque, toca subir una cuestecita. Dos congostreños con excedente de energía llegan a la cima y se sientan sobre un deforme tronco. Un asiento necesitaba del contrapeso del otro para mantener el equilibrio. Este hecho trajo a la mente del congostreño ocurrente, la ley del equilibrio de Arquímedes y su frase: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Quiso mostrar su utilidad con un ejemplo: Al tercer congostreño que llegaba casi sin aire del esfuerzo, ofrecieron un asiento del tronco, manteniendo el contrapeso al otro lado. Cuando se creía seguro y descansado, eliminó, solo por un instante, el contrapeso, -con la única intención de darle una sorpresa-. La sorpresa se la llevaron tanto el bromista como el afectado. Uno al comprobar que no tenía los pesos calculados; el otro al verse descender de espaldas hacia unas silvas que, raudas, le mordieron un brazo. ¡uff, qué susto! 


Era temprano, sobre las dos menos cuarto, cuando llegamos a un lugar donde se encontraba una catarata (“fervenza”). La primera intención era localizar una navaja perdida, pero la escasa posibilidad de encontrar un sitio mejor y el hambre, hicieron el lugar idóneo para comer. El propietario de la navaja extraviada, tachó la precipitación fluvial como “unha fervenza de merda”. No era cierto, era de agua. Estaba ubicada en el interior de una gran gruta formada por maleza, dando lugar a un ambiente fresco con abundantes puntos secos aprovechados para asientos. La gruta actuaba como “el más allá”. Ninguno de los que iban volvía para decir que tal se estaba. Y como ocurre con el otro mundo, fue tragándose a todo el grupo. Tal era el efecto de satisfacción que emitía el lugar que tardamos en arrancar casi una hora, incluso un congostreño muy inquieto, (sí, el que todos pensáis), se dio una ducha en la mismísima pendiente del agua.


 Una vez fuera de la hipnosis de la catarata, seguimos camino. Algunas preguntaban si no estábamos volviendo otra vez por donde habíamos venido. Aún no estaban desintoxicadas del todo. El sendero cruza un bosque de alcornoques (sobreiras) que habían sido desprovistos de la camisa, quedando con un colorido peculiar. Tenían el mismo aspecto que las ovejas que acaban de esquilar. El mismo congostreño de ocurrencias anteriores, portaba dentro de su mochila un trozo de corcho de un metro de largo y unos treinta centímetros de diámetro. Tenía la apariencia de una pequeña barca a la que le faltaba la proa (delantera) y la popa (trasera). Esta imagen en el camino hacía evidente su parecido con Obélix, salvo por su tamaño: - Obélix de pequeño se cayó en la marmita en la que Panorámix preparaba la poción. - Es evidente la predilección del primero por las caídas. - Obélix era tallador de menhires, para dar salida a su exceso de vitalidad, por lo que es común verlo con uno cargado a su espalda. - ¿Quién cargaba con el alcornoque a las espaldas? Otro arrebato de inspiración hizo que pasase el tronco de la espalda a ponérselo de sombrero para mostrar en qué consiste ser un cabeza de alcornoque.


 Entre tanto bosque y río, llega el tramo “step”; constaba de varios kilómetros en los que la organizaçao había distribuido unos quinientos pasos que sería necesario subir al ritmo que diese el cuerpo. El calor aprieta. Se agradecería un lugar para dar un bañito. Cuando se habían superado más de la mitad de los distintos tramos llegamos a un remanso del río. El distinto grado de tolerancia al calor, hace fragmentar el grupo. Una mitad se niega a seguir subiendo sin antes darse un refrescante bañito. La otra mitad decide seguir hasta llegar a la cascada “Salto das pombas” localizado en Montes de Fao, con una caída de diez metros de altura y unas pozas aptas para el baño. Una representación de tres hombres y otras tantas mujeres, se atrevieron a darse un baño. El resto se refrescó los pies o simplemente descansó antes de acometer el último tramo de escaleras. 

Como el pelotón de cabeza parecía descansado, la organizaçao decide incorporar más emoción, añadiendo al circuito, un elemento vivo. Consiste en introducir una vaca con su ternerito en el camino, en un tramo angosto vallado con alambre por un lado y el río por el otro, una única salida y entrada. El truco estaba en pasar la valla y separarse lo suficiente para no asustar al ternero. A donde va el ternero, lo sigue la vaca. No tod@s reaccionaron con la misma rapidez. A más de un@ se le atascó la mochila. Mientras se acercaba la vaca: los pies derrapando en la hierba, los brazos dando bandazos al aire, los ojos muy abiertos zigzagueando entre el prado y la vaca, el corazón a cien, la adrenalina por las nubes. ¡Dios, que subidón!

 En el tramo entre los dos grupos, el corcho había cambiado de manos. Alguien preguntó a qué se debía. La contestación fue que era una idea para la lucha contra las participaciones preferentes. ¿Quieres participar? Pues toma. El tronco había vuelto a cambiar de manos hacia el preguntón. La participación no consistía en portar el tronquito, sino a todo un inventario de objetos productos de la tierra: el tronco, una piña, una rama de arbusto y una pluma. La dueña de la idea, vio como el nuevo porteador trataba con rudeza al tronco. Se dio cuenta que tal actitud solo sería posible si había perdido la pluma. Efectivamente la encontraron en el camino y devolvieron a su lugar. ¡Ya notaba yo esto más ligero! dijo el porteador. Una vez reunidos todos en el salto de las palomas, ya queda poco para la meta, apenas unos kilómetros. Todos llegamos sin incidentes. 


Unos estiran otros encogen. Una vez refrescados por fuera, toca refrescarse por dentro. Momento cañas. Nos dispusimos alrededor de cuatro mesas del restaurante Ó Barranco, los veintitrés. Pedimos los refrescos y cervezas. Ya sabíamos que adolecían de generosidad, por lo que alguien sacó unos cacahuetes para sugestionar a la camarera. El resultado no fue todo lo bien que se esperaba. A la llamada de los cacahuetes, respondieron con unas tacitas de un coctel de mezcla muy rara. Una compañera le pide a la camarera que nos ponga algo de picar. Lo hizo. Consistía en unas lonchas de algo que rondaba entre el jamón cocido y la cabeza de jabalí o algo parecido y pan. A pesar de todo tuvo mucho éxito, se terminó hasta la última miga. A la hora de pagar, nos encontramos que el precio había aumentado. Pensábamos que había cambiado la fama de “generosos” y nos habían obsequiado con ése ágape. Habían entendido algo para picar, no en sentido de comer, sino en sentido de ponernos de mala leche. Lo consiguieron.


 Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.

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