CRÓNICA PATEADA 148


Portela de Leonte (Gerês) 02/03/2013.

Salimos puntuales a las ocho y media dieciocho Almas Perdidas. Hicimos una parada técnica para repostar en Rio´s Bar de Castro Laboreiro. Otros pararon en Lobios. Sobre las once estábamos subiendo la empinada cuesta desde Leonte. El día era propicio. Un sol radiante y una temperatura agradable. Para refrigerar nuestros circuitos en la subida, circulaba un vientecito fresco que evitaba que nos desabrigáramos.

A medida que subíamos, nos encontrábamos con síntomas de la gélida temperatura que habría en la noche anterior. Corrientes verticales o pequeñas cataratas, estaban solidificadas en hielo. También se apreciaba en todo el camino, capas de hielo con vida interna. Se traslucían pequeños riachuelos que circulaban en su interior cual gusanos reptando.

A la media hora de camino nos encontramos con la primera “branda” con su chalecito de pastor. La atravesamos indiferentes sabiendo que nos esperaba otra mejor. Quince minutos más de subida y aparece otra “praderita” no muy bonita, pero apreciada como mirador. Paramos poco tiempo, algunos posaban para la foto con el infinito a sus espaldas. Piedras y más piedras hacían entretenido el camino de subida. Eran tales las posturas que había que adoptar para cruzar en algún sitio, que inspiraban a los fotógrafos a realizar fotos de contraposto (lo opuesto a la armonía).

El paisaje es gélido. Todo hueco capaz de retener agua, está ahora con una capa cristalina donde se refleja el sol. Con la vista en una antena en la cumbre de un montículo, subimos por la cresta de unas rocas, justo por donde el sol había secado el camino para que Congostra pasase. Llegamos al pie del monte de la antena sobre las doce y media. Nuestro organismo pide plátano, así que paramos unos minutos para reponer fuerzas.

Con la barriga llena, se decide no subir hasta la antena, sino rodearla. Nuestro objetivo es Rocacalva, así que dejando la antenita de hierro a unos metros a la izquierda, pasamos sin parar.  Ahora toca bajar. Sorteamos en zigzag las enormes rocas de la ladera de bajada hasta llegar al río del valle. Durante la bajada, podíamos observar una columna de humo que evidenciaba que no éramos los primeros. Un río casi seco que nos lleva hasta el “curral de Rocalva”, dejando un dúo de montañas llamada Rocanegra.

Es aquí, en este paradisíaco paraje donde nos sentamos a tomar los bocatas. Compartimos el césped con un grupo de portugueses muy sociables. Entre ellos había una portuguesa cargada de vitalidad que corría aparentemente sin dirección fija. El relax del momento motivó el intento de adivinar la razón del reprís con el que salió la intrépida portuguesa hacia unos matorrales de carqueixa. A un congostreño se le ocurrió un paralelismo entre el evento con un suceso ocurrido entre tres intelectuales: dos de ellos discutían sobre que sería lo más rápido del mundo. El primero no dudó en decir que sería el rayo. El segundo indicó que la luz sería más rápida que el rayo. El tercero, con cara de indiferencia matiza: La diarrea, cuando te da, te levantas como un rayo, no te da tiempo a encender la luz y ya lo tienes por la pata abajo. No había truenos ni luz eléctrica… pero la portuguesa quizás lo había notado.

Apenas media hora nos llevó el bocata. Sobre las dos y media ya estábamos caminando bajo la ladera de Rocalva. No nos atrevemos a subir dadas las condiciones resbaladizas del terreno. Seguimos el sendero marcado durante media hora, hasta un montículo de rocas coronadas de nieve y hielo. Desde aquí no había sendero marcado, sólo una dirección a la vista. Daba pena estropear la estampa nevada con nuestros resbalones en las rocas, así que hicimos lo que pudimos para dejar las piedras como estaban y cruzamos por unos matojos que nos superaban en altura. Ladera abajo, por donde ni el jabalí cruzaría. Contra todo pronóstico, lo conseguimos todos.

Sobre las tres y veinte llegamos “o curral do conho”. Diez minutos fueron suficientes para relajarnos. Salinos del curral  subiendo otra empinada ladera. En la cima nos topamos con más rocas nevadas que procuramos no alterar. A partir de aquí toca bajar, el grupo juguetea esquivando las piedras. El siguiente descanso es en un “campito” a una hora del punto de llegada.

Un tronco de árbol caído fue utilizado con mucha imaginación para construir unas mesitas y unos asientos. Los primeros los utilizaron mientras llegaban los demás. Una congostreña tenía dudas de si le responderían las piernas al parar, por lo que algunos la acompañaron a continuar. El grupo se dividió, llegando los primeros a los coches sobre las seis menos cuarto.

Como los restantes tardaban, un congostreño retrocedió sobre sus pasos a su encuentro, pero ellos habían decidido cambiar el recorrido para evitar el asfalto. Este cambio evitó el encuentro. Una pareja congostreña que tenía prisa, cuando bajaba en coche por la carretera había localizado al aventurero. Le confirma que los lentos no pasaron por la carretera. El aventurero sube hasta el “campito” y al no encontrar a nadie, bajó su desconcierto hasta la carretera. Otro coche lo localiza y le anuncia que el resto del grupo estaba boceando al mundo su nombre, como si de un ídolo se tratase. Su cuerpo llegó, pero su alma sigue vagando por el monte.

Toca caña de despedida en el café Lusitano, en Lobios. Algunos tenían prisa y no pudieron venir.

Hasta otra…Abur… 
Miguel Carbo desde el lugar de los hechos.

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