CRÓNICA PATEADA 221



Río Maneses – Carballeira de San Xusto (Pontevedra) 01/04/2017

Llegamos al punto de encuentro puntualmente a las diez. (Leer bajito: todos menos la tardona que cada vez trae una excusa nueva y llegó a las diez y dos minutos). Salimos, cruzando “a carballeira da Capela de San Xusto”. Primera mentira, salir salimos, eso es verdad, pero de “xusto”, nada, nos prometieron lluvia hasta el mediodía y cargamos con el paraguas, pero la lluvia no apareció. Todo lo más, hierba mojada y un poco de llovizna, orvallo, sirimiri o la mejor: calabobos, que es como quedamos todos, “calabobados”.

Bajamos por la pista asfaltada y tomamos la senda del Río Lérez. A las orillas del río había unas instalaciones de un balneario, creo. La zona del parque de recreo tenía una construcción reciente que daba pena,  no te lo perdonamos Manuela Carmena !! Se trata de unos baños públicos con mesitas de merienda en el patio y dos bañeras de cemento imitando piedra o cerámica. Si analizas bien, podrías pensar que rinden culto a la digestión y sus procesos; ya que cuenta con cinco dispensarios con placas turcas oxidadas y adornadas con telarañas; para utilizarlas debes manejar bien el equilibrio y los malabarismos. El equilibrio se desarrolla sobre dos pisadas del número cuarenta y uno. Para ello, se ocupan las dos manos manteniendo la ropa a una altura superior al suelo mientras te sitúas en cuclillas. Debes guardar silencio si ayudas la sujeción con la boca. Algún parlanchín se dio cuenta tarde y...

Lo que ya no estaba es el supuesto balneario, ya que lo único que encontramos es el esqueleto de piedras colonizadas de vegetación. Desde aquí comenzamos una subida por un estrecho sendero en fila india. Este sendero nos comunica con otro, más ancho pero de las mismas características: muros de piedras recubiertas de musgo y repletos de hojas secas que almohadillan el paso. La verde vegetación es una constante en todo el camino gracias al ambiente húmedo que proporcionan los riachuelos.

Bajamos casi una hora, cuando nos topamos con un puente romano que atravesaba el Río Lérez, pero no lo cruzamos, desde el otro extremo sería desde dónde volveríamos de regreso. Seguimos bajando por el margen izquierdo hasta Cotobade. Cruzamos un puente que sostiene la carretera y cambiamos de margen del río.

En el primer contacto con campos de cultivo, nos encontramos una solitaria vaca desayunando. Tenía buena estampa, más grande y nutridas que las portuguesas pero con menos cuernos. A pesar de lo ruidosos que somos, no despertamos su interés.

El camino comienza a enfangarse, que consigue mayor concentración sobre dónde pisar y menos en hablar. Subimos hasta la carretera de Cutian. Durante la subida, una congostreña, sufrió un ataque de fe y se arrodilló de repente llamando la atención de los presentes. Parece que se le apareció la Virgen, o eso creí oír en forma de grito (no sé si era ¡Ay, La Virgen! O ¡Ahí, La Virgen! Acudieron numerosas compañeras para constatar la aparición y ayudar en el trance.

En la carretera, esperamos a reunirnos todos: los creyentes y los ateos;  y continuamos otra vez monte arriba. Desde lejos, a lo lejos se divisaba un prado, alguien dijo: mira, un caballo y ¿un potrillo?,¿un perro?. No, no, es Superman, dijo alguien con peor vista. Ninguno acertaba, era una familia monoparental que estaba constituida por una yegua y un cabritillo. ¡El mundo, que está cambiando!

Seguimos alternando caminos entre terrenos de cultivo y monte sin limpiar. No pocas dificultades tuvimos que pasar para sortear troncos, ramas y barro que parecía puesto a propósito para no dejar pasar. No conocen la tenacidad de los contostreños, sí, sí, también las congostreñas, para que no se enfade Sanchez.

Llegamos a un sendero caballar y lo seguimos a orillas del río hasta una carretera que lo atravesaba en los límites de Cotobade con Campo Lameiro. Llevaba berreando media hora un famélico que quería comer, cuando acampamos en la playa fluvial que ofrece el Lérez.

Está playa, está dotada de mesitas de piedra con sus bancos y un bar en las alturas que permanecía cerrado. Dos acalorados, en menos que canta un gallo, se tiran al agua y hacen un exhibido largo cruzando el río (kikirikí, uno bañado, kikirikí, el otro también). Los demás, más cuerdos, se toman el bocata descansados.

Desde este merendero, comenzamos la ruta del Río Meneses. Salimos por un puente de madera húmeda que tenía su intríngulis el cruzarlo. La congostreña cuya visión de la Virgen no le fue productiva, decidió que ya que arrodillarse no le reconfortó, realizaría la petición, de culo y a ello se puso: alza los brazos al cielo, emite un sonido de trance y se sienta repentinamente en la rampa del puente. Levantó la misma expectación entre los asistentes pero no oí si se le apareció alguien, seguramente a juzgar por el braceo. No sé si quería transmitir algo o si quería espantar la aparición. Prometió un tercer intento, así que supongo que tampoco hubo fruto a sus oraciones.

Salimos del molino de Constantino del Río Meneses y seguimos la orilla. Este tramo está mejor documentado y señalizado. Hay a lo largo del camino unos letreros plastificados con los nombres de la vegetación más destacable. El Meneses no tiene nada que envidiar al Lérez, salvo el caudal.

Durante el recorrido, encontramos a dos vacas, apáticas, como arrepentidas de ser vacas. Como hechas a toda prisa. Una tenía incluso los cuernos al revés apuntando a un ojo, lo tenía cortado para que no le hiciese daño.

Nos reagrupamos en un camino asfaltado y de ahí bajamos una pequeña cuesta. Un congostreño de fe dudosa, animaba a la solicitante de milagros a que lo intentase una tercera vez, pero ésta no tenía el cuerpo para milagros.

Nos encontramos a una pareja multirracial de vacas de cuernos cortos. Una negra y otra castaña. La castaña era del campesino y la negra… también. Parecían llevarse mal y estaba cada una en un extremo del campo.

La atención a las vacas y las ramas y troncos del camino hacen retrasar a algunos del grupo que tienen que acelerar el paso. En uno de estos pasos conflictivos, una congostreña con poco equilibrio, decide sentarse a pesar de la humedad, y así pasar más segura. Un congostreño le advierte: “vas a manchar el culo” ¡Qué le den! Responde airada, como si no fuese suyo.

En un cruce en pleno monte, entran las dudas de la dirección. No había visibilidad y no se apreciaban ruidos. En busca de indicios de paso, encontramos en el suelo, un sello en forma de lacre con una pisada sobre una pasta verduzca aún humeante que nos indica la dirección. ¡Mucha mierda! Será por eso que lo dicen, así no se pierden.

Un camino acotado con muros de piedras repletas de musgo, nos lleva a las puertas del Parque Arqueológico de Arte Rupestre de Campo Lameiro. Avistamos las instalaciones poco antes de las dos de la tarde. La cita era para las dos y media.

Utilizamos las instalaciones de la cantina rupestre: Tuvimos mala suerte, estaban fuera de temporada y no pudimos probar los platos típicos, que seguro que serían costillas de mamut a las brasas, entrecot de brontosaurio o quizás ciervo con castañas sobre petroglifos, pero tuvimos que conformarnos con las mesas y la máquina de refrescos a base de monedas. Cómodos y calentitos se nos pasó la media hora en apenas treinta minutos.

Mientras no era hora de la salida guiada, nos recorrimos el centro, interpretando cada uno lo que veía. Lo más destacado era un habitáculo con unos seres en movimiento vistos a través de una cristalera. El centro estaba poco iluminado y sonaba una música ambiental que sugestionaba a sentirse como en la época. Una congostreña llama la atención a un compañero diciendo que hay un ser que se parece mucho. Al fijarse con más detalle, uno exclama: ¡coño, si es un espejo!

A las tres en punto salimos en grupo con guía para visitar el parque. Lo primero que probamos como niños revoltosos, fue un laberinto de planchas de hierro en forma de espiral. Era más difícil salir que entrar.

La segunda figura era un petroglifo trampa, lo habían construido unos empleados para comprobar la técnica. Luego pasamos a un recinto llamado Outeiro das Ventanillas. Se llama así porque los más claro de aquellas rayas  que hicieron unas gallinas escarbando para localizar grano, se encontraban dos perfectas ventanitas. El siguiente es Laxe dos Carballos, esta piedrecita la encontraron unos vecinos que intentaban arreglar el camino. Lo más destacable era un gran ciervo que podría ser de ese tamaño por tres motivos: por cercanía con respecto al artista, por importancia de la caza, o quizás por se le acabó la tinta para pintar al cazador. El siguiente es el Outeiro dos Cogoludos. Consistía en un montón de laberintos circulares y animalitos que corren hacia un lago. Está situado como viñetas de un tebeo y hay que interpretar cada viñeta. A lo lejos había otro dibujito que parece ser que eran unos cazadores esperando la llegada de los ciervos. Si se trata de interpretar, también podrían ser unas cocinas con vitrocerámicas y unos niños jugando en el parque.
Lo más vistoso era el poblado de casetas con techo de paja. No las había en ese lugar, pero lo acondicionaron para ambientar el lugar. A las puertas de la caseta más grande del poblado, nos hicimos las fotos de grupo como auténticos cuaternarios.

Salimos al mundo real por o Laxe dos Cabalos. Hasta las cercanías de Lamosa y volvimos a las orillas del río. En un momento dado, el guía se queda reparando los bajos. El grupo va adelantando y sigue por dónde no hay marcas. Un grupo toma un sendero hacia arriba entre los tojos con resignación. Al llegar a un claro, se ven como van surgiendo congostreñas de entre un matojo de tojos, como si de un nacimiento de congostreños se tratase. Lo más bonito llegó cuando nos comunicaron que había que desandar el camino para volver al sendero correcto.

El camino entre monte y campos nos lleva a Fentáns, luego monte vecinal hasta alcanzar el sendero caballar. Visitamos los petroglifos de esta localidad, (Pedra das Ferraduras y Laxe dos Cebros). Ya veíamos surcos en cada piedra que nos cruzábamos.

Llegamos a la ermita de N.S. de Lixo, pasadas las seis de la tarde. Un bulto con patas nos hace acelerar el paso y cada uno se va rascando la urticaria que produce la noticia. Así conseguimos llegar al puente romano desde la otra orilla y nos sentamos en sus muros. Algunos aprovecharon para liberar tensiones líquidas. Luego subir y subir.

Un congostreño reciente no controló el consumo y se había quedado sin combustible. El motor no subía. Unos compañeros lo conducen por un atajo entre campos con ortigas para reanimarlo. No consiguieron el objetivo y perdieron el grupo. Aceleran el paso en dirección hacia los coches. Cuando llevamos unos metros de asfalto, vemos a alguien que berrea y agita los bastones. ¡Coño, serán los vecinos cabreaos por haberles pisado las ortigas! No, era así, era el resto del grupo que había cambiado el trayecto sin que pudiesen verlos los últimos. Moraleja: no pierdas el culo del de delante y si es bonito no te despegues !!
 
Las cañas son en el Bar Manolo. Uno de los pocos bares dónde podemos encontrar cintas de casete con los grandes éxitos de Sergio y Estibaliz...

Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,
¡Hasta la próxima! Agur…

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