CRÓNICA PATEADA 238



24/03/2018 Castro Laboreiro (Portugal)



Cuando llegamos A Castro Laboreiro, nos esperaba Hugo, nombre cariñoso que le han puesto a una ciclogénesis explosiva que es cómo llaman ahora a los temporales de toda la vida. “Ó temporal é pos vellos Terito,  a Ciclogénesis explosiva é o futuro”.



Comenzamos aplaudiendo para espantar el frio de las manos y golpeando el suelo con los pies para lo mismo. Retrocedemos por la acera de la carretera y a pocos metros subimos a la izquierda hacia el monte. Ya en los primeros pasos nos encontramos con restos de nieve que decoraban los laterales del camino. Durante todo el trayecto nos dimos cuenta de la falta de personalidad de Hugo, no sabía si quedarse con el frío, el viento, el granizo o la nieve, así que nos aportó de todo.



Poco antes de Barreiro, encontramos una presa en su plenitud de caudal. Nadie hizo intenciones de un refrescante baño, no apetecía. Seguidamente tomamos un camino llamado Real, supongo que lo llaman así porque no es ficticio, pues allí no hay vestigios de ningún rey.



Dejamos Barreiro a un lado y nos dirigimos hacia el  puente de Assureira. No por muy visto carece de una belleza que hace retroceder unos siglos a la mente, para comprender cómo con unas piedras bien colocadas conseguían que esta obra perdure en el tiempo, y totalmente servicial, no como ahora, que te compras una lavadora y te dura menos que una novia. Y sino que se lo pregunten a Calatrava, el genios de los puentes.



Hugo estaba cabreado y nos mandó una nube cargada con un gran chaparrón que caía en ese momento y provocó que cruzásemos la carretera y nos adentrásemos en el bosque, quedando atrás el puente de Dorna y con él nos comimos unos cuantos kilómetros.



Atajamos directamente hasta el puente de Cavada Vehla. Espectacular, contiene un gran arco ojival que sostiene una pila de piedras a lo largo de unos diez metros a todo lo ancho del río Castro Laboreiro, (Parece que aquí todo se llama igual, incluso hay perros de raza castro laboreiro).



Llegamos a Cibeira acompañados de granizo. No paramos nada, nos dirigimos “o Bico do Patelo”. Se llama así porque se parece al pico de un pato. Llagamos sobre las doce y media. Algunos buscamos un hito que recordaba una hazaña de  la vez anterior que hicimos esta ruta.



Llegamos al camino dónde nos habían recogido los bomberos la vez anterior, pero esta vez con más frío y mejor suerte. Estábamos cerca del pueblo, pero retrocedemos para dirigirnos a un área de descanso dónde se celebran fiestas paganas y de culto.



El sendero era ancho para facilitar el acceso a los “carros”. Seguramente era de tierra, aunque esta vez estaba cubierto de una capa blanca de nieve virgen en la que nuestros pasos dejaban impresa nuestra presencia. Después de muchas marcas, llegamos al recinto. Menos mal que estaba abierto el palco de actuaciones. Nosotros actuamos sobre nuestros bocatas, y mientras lo hacíamos, caía un buen chaparrón que el bipolar Hugo descargaba con rabia.


A pesar de estar amparados por un techo, hacía frío y muchos estábamos un poquito mojados, así que había que ponerse en movimiento. Retrocedimos el camino blanco con nuestras pisadas en dirección contraria. Subimos el monte hasta las cercanías de Padrosouro también nevado. Visitamos el puente de Calnheiras, pero para llegar tuvimos que atravesar fincas inclinadas y anegadas, parecíamos una desbandada de lobos, cada uno por dónde podía y esperando encontrar menos fango que los demás. El puente era de piedra, pero no tan vistoso como los otros, apenas sobresalía de la altura del suelo.



El último puente, es el más antiguo, o por lo menos el que estaba en peor estado. Su nombre es Velha (vieja); ya estaba próximo el final de la pateada. Allí nos hacemos una foto de grupo incluyendo al fotógrafo, que después de pulsar el botón, se da una carrera para aparecer casi perdiendo el equilibrio.



Llegamos a Castro Laboreiro, nadie quiso visitar el castillo, la proximidad de un baño y una bebida calentita desanimó a todos. Llegamos a los coches y aprovechamos el baño del bar para ponernos algo seco y tomar un pastelito típico con cerveza o café.



Desde aquí, después de besos, abrazos y despedidas…

Cada mochuelo a su olivo…

Hasta otra agur.

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