CRÓNICA PATEADA 240


14/04/2018 Serra d’ Arga (Portugal)



Cuando llegamos a Arga de Baixo, justo enfrente a la “Taberna do Horacio”, nos faltaba el guía, que como manda la tradición, llega más tarde con una buena excusa.

Mientras esperábamos, decidimos entrar en el bar, para tomar algo calentito para espantar el frío:

-          Me pone un café con leche, le dice a Horacio un iluso congostreño.

-          Máis leite não há, só café”, contesta Horacio con la tranquilidad que le da la edad.

-          No puede ser, reprocha el congostreño, ¿cómo no tiene leche?

-          Acabouse”. Claro y conciso el razonamiento.  Mas eu ponho mais agua.

El significado de Horacio significa en griego, ”consagrado a la Diosa Horas”, la Diosa del orden en general y de la justicia. Y de la tranquilidad, si es en Portugal.

Comenzamos los veinticuatro participantes, sobre las diez y media, hora española, con un café con leche, sin leche pero con más agua, otros sin nada. El paisaje estaba sembrado de rocas de todas las formas y tamaños. Granito, dice un entendido, es un paisaje de granito. De granitos nada, son piedras bien tochas, replica otro con visos de no conocer los componentes de las rocas y calificándolas por su tamaño.

Hasta el “Mosteiro de São João D’ Arga” recorremos senderos anchos de piedra y caminos encharcados entre árboles, a orillas de un río que creo que es afluente del “Coura”. El monasterio está impecablemente restaurado y la fachada de piedra está como nueva. Aprovechamos este paraje para tomar el plátano y acallar a los famélicos. Algunos incluso tuvieron tiempo de tomar fotos antes de que el “negrero” gritase: c i n c o  m i n u t o s.

Nos dirigimos a “Nossa Senhora do Minho”. El sendero empedrado nos lleva al cruce con una carretera asfaltada, la cruzamos para continuar por otro sendero de piedras sueltas. El guía se lo tomaba con tranquilidad y buen criterio. A algún congostreño repleto de fuerzas, le resultaba más agradable tomar atajos impredecibles que no siempre traen buenos resultados.

Encontrándose dos congostreños en las alturas de un monte situado en dirección no correcta, observan como la tropa intenta seguirlos. El par de las alturas, comienza a hacer gestos con los brazos, intentando indicarles que no les siguiesen, pero resultó complicado.

-          ¡Por aquí no, a la derecha, que vayáis a la derecha! se desgañitaba uno mientras agitaba el brazo en la dirección que debería tomar el grupo.

-          ¡Qué sí, coño, que ya vamos! rumiaba alguno mientras intentaban alcanzarlos.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca para que el aire les dejase oír, volvieron las indicaciones:

-          ¿A dónde vais? Pero si os dijimos que por aquí no, que era a la derecha, advertía un montañero deshinchando los pulmones.

-          Pero si no es por aquí, ¿para qué nos llamas?, le reprende uno del grupo.

Moraleja: No pierdas de vista ni adelantes al guía. Si te sales del grupo, avisa.

Daba la una en el reloj portugués, cuando se decide aprovechar un rayito de sol para parar y comer. Un congostreño indica un lugar soleado y al abrigo del viento tapado por unos granitos tochos. No fue ahí, se come cien metros más arriba dónde el aire frío te entra sin permiso por cualquier abertura y te recorre el cuerpo. Es lo mejor para endurecer a los montañeros.

Para comer, el grupo se separa como si tuviesen miedo de perder el bocadillo al mínimo despiste. El que puede se cubre con alguna roca, se pone al sol o se abriga con ropa. La ceremonia es corta.

Otra vez en el sendero, nos encontramos con un trío de vacas, una era totalmente blanca y de cuernos pequeños. Nos observaba con cara incrédula y sin inmutarse. Seguro que era la que le había bebido la leche a Horacio y se la agotó.

Sobre las tres, hora española, alcanzamos “O santuário de Nossa Senhora do Minho que fica no alto de uma montanha, na Serra de Arga.” Palaciega construcción para estar en el monte.

Desde este punto, el grupo se divide. Cuatro disidentes, se amotinan con el guía y toman un atajo. Los demás, continúan hacia Cerquido.

La bajada se  hace por un sendero en zigzag por un camino totalmente empedrado de granitos de gran tamaño. Cada uno va a su ritmo. Al llegar un grupo a un cruce, el guía suplente, quedaba atrás. ¿Hacia dónde? Pregunta alguien. No sé, contesta otro. Dijeron que íbamos a Cerquido, y “muy cerquido”, no está, está un poco “lejido”, pero ya metidos, seguimos tirando.

Fuimos a Cerquido para cruzarlo y darnos el gustazo de volver a subir por un sendero de idénticas características que la bajada. En la subida había una construcción reciente constituida por tres casitas azules, dónde una, tenía dos paredes acristaladas que dejaban ver una piscina y unas sillas. Suscitó la envidia de todos.

En la subida, también se establecieron ritmos distintos. Alguno estuvo a puntito de cambiar de destino por no fijarse en las marcas del camino. Estas marcas, nos llevaron a “Arga de Cima” concretamente a “Gándara” donde curiosamente encontramos un supermercado español camuflado en una furgoneta blanca. Algún congostreño consultó con el dependiente ambulante para curiosear qué tipo de productos tenían salida en aquellos parajes y en qué meses.

Volvimos a la Taberna do Horacio. Allí estaban esperando los cinco disidentes. Había venido otro dependiente que parecía estar más consagrado al bar que a las diosas, quizás fuese el hijo de Horacio. Ya tenían leche y cervezas frías.

Desde aquí, después de besos, abrazos y despedidas…

Cada mochuelo a su olivo…

Hasta otra agur.

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