CRÓNICA PATEADA 281


Portela de Alvite – 25/01/2020 (Portugual)
Al llegar a Portela, algunos estaban ocupando unas vacantes en el bar y otros por llegar. La puntualidad británica se fue con el brexit.

Una vez acomodados aún tardamos un rato a hacernos con el camino hasta el mirador de “Estrica”, menos mal que unas vacas nos indicaron la dirección con su larga cornamenta.

La última vez que estuvimos en este mirador, no se veía cuatro en una vaca (a falta de burro). La espesa niebla y el fuerte viento impedían lo que ahora podemos contemplar: Sistelo el “pequeño Tibet portugués” con sus verdes bancales o “socalcos” que recorren las laderas de la montaña y que definen la difícil relación de sus habitantes con el terreno.

Tampoco dedicamos mucho tiempo ni a las vistas ni a la pequeña capilla de 1921, porque alguno tenía prisa por ir a hacer no sé qué.

Del mirador, bajamos por el pequeño grupo de casas de la ladera, mientras saludamos a dos tiernas viejecitas, que parecían tan contentas como sorprendidas de ver vida por esos lares.

Este recorrido fue elegido especialmente para contemplar un bosque de robles  que se erigen en una ladera no cultivada. Es en este bosque, dónde algunos con más prisa que otros, van bajando desperdigados haciendo peligrar el equilibrio. En un momento dado, el congostreño adelantado, quiso avisar:
-          - Cuidado con las hojas que… (Termina la frase sentado en el suelo) … se resbala.
-          Ya me di cuenta, (le contesta el aludido aguantando la boca con la mano para que no se note la sonrisa).

Mientras se divierten en la cabecera, otros hacen lo propio en la cola, por lo que al llegar al puente tuvimos que esperar por dos rezagados medio perdidos.

Llegamos al centro de Sistelo, en la zona de la capilla, donde montaron un trio de bares y restaurantes. Allí nos topamos con un grupo de caminantes mucho más numeroso que los veintiuno que éramos nosotros. Era el grupo de la Universidad de Vigo. Solo conocimos a un integrante que en ocasiones nos acompaña.

Volvemos a subir arrimados a uno de tantos muros de piedras verdes por la colonización del musgo. También contemplamos unas casetas realizadas a base de piedras, con forma de “iglú” de reducido tamaño que suponemos, sería un refugio temporal para guardar las crías del ganado para que sus madres pudiesen comer tranquilas. En el muro cercano nos tomamos el plátano, y despedimos a un congostreño que tenía que ir a cotizar para levantar el país.

Volvemos a la subida hasta encontrarnos con un cruce dónde había un rebaño de vacas que nos observaban incrédulas. Su pastor conversaba con un interesado congostreño, indicándole que eran vacas tipo cachena y otro que no recuerdo si eran  frieiresa o vianesa. La diferencia está en el tamaño y en la cornamenta. La cachena es una raza bovina, típica de Portugal, cuyo nombre deriva de la etimología, dado que cacheno significa “trozo de una cosa” en portugués, indicando su pequeña estatura.

Ya pasaban de las dos y media, cuando nos topamos con una caseta de pastores, donde la vez anterior nos llevamos algunas garrapatas. ¡Cómo picaban las condenadas!  Devolverlas, ya amaestradas, era el objetivo de esta vez.

Con la confianza que daba el indefenso animal, nos sentamos en las recientes mesas tipo merendero del entorno. Comimos tranquilos hasta que una puñetera nube nos tapó la presencia de Lorenzo. Ya refrescaba, así que nos ponemos en camino hasta otro paisaje que parecía idéntico al que habíamos llegado. En un instante se dibujó una idea maléfica en la mente de un congostreño. Los que venían cansados en la retaguardia escuchaban:

-          Hay que volver, que camiñamos en círculos e estamos no mismo sitio.
-          ¡…oder, co cansados que imos!

En plena ascensión, nos cruzamos con un canal de agua, al que le habían atrancado una piedra, con la intención de reubicar el riego y como efecto secundario salía un fuerte chorro que levantaba tanta agua como un pequeño géiser.  Este invento despertó el interés del grupo que se acerca para mojarse desde más cerca.

Nos encontramos el camino atascado con troncos. Tuvimos que sortearlo, y cuando habíamos avanzado varios metros, oímos a lo alto:
-          “Pa onde é que van”, era una lugareña que no daba crédito a lo que veía. (como cualquier banco cuando pides un préstamo, no da crédito)
-          Vamos para Portela de Alvite.
-          “Van mal, teñen que ir para atrás, por ahí dan muita volta, están tolos”.

Aquí nos quedamos sin tres caminantes que tenían que fichar y ya se hacía tarde. Los demás hicimos lo contrario del consejo de la buena señora.

Llegamos al Rio Vez, y otra vez un congostreño volvió a bañarse.

Mientras el bañista se secaba, algunos perdían el culo por llegar. Ya empiezan a sobrar kilómetros y el cuerpo ya no responde igual. En un momento dado, un congostreño con el calzado adecuado, da un salto para atravesar un terreno mojado y resbaladizo. Con la gracia de un cisne, desplaza su pie derecho hacia delante dejando el izquierdo con el empeine en el suelo mientras se sienta en el talón izquierdo, a la vez balancea los brazos para no perder el equilibrio. 
(9),(10),(8), resonaba esta puntuación de los jueces, en la mente de un observador.

-          ¡Jope!, “mollei o pantalón no cu”, fue su única preocupación, cuando le preguntaron si estaba bien.
-          “Tiña unha pequeña molestia e agora co estiramento millorou” comentaba.

Ya falta poco y el grupo va desperdigado. Media docena de cachenas, se cruzan con el grupo. Las vacas se paran en seco. Una pequeña señora sale de detrás de una vaca y les sacude el lomo con una vara. A la vez del golpe , la enfadada señora emite ciertos improperios en portugués que no consigo recordar.

Las vacas temen más a los congostreños que a la señora, les resulta una cara conocida, así que toman monte arriba hasta atravesar el grupo desconocido.
Mientras pasamos, en la parte de arriba del camino se oye a la pastora como dialoga amablemente con sus vacas.


Las cervezas son en el mismo bar que ahora tiene muchas vacantes. Además tiene un bizcocho riquísimo.


Y al terminar… cada mochuelo a su olivo, y otros a buscar un móvil. El bañista vuelve acompañado por otro senderista a la poza donde se bañó por si quedó alli, pero no estaba. Lo encuentra al día siguiente entre  los matorrales del monte después de utlilizar la mas sofísticada tecnología. Y es que ya  son varios las hazañas de localización y recuperación de los objetos mas variapintos.

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